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Mis proposiciones
sobre la escuela y la televisión
Hasta Moravia me
honra con sus deducciones. Se nota que son las deducciones de un hombre
inteligente, pero también que sólo gusta del «placer
del texto» con la condición -como cualquier otro autor, por
otra parte- de novelarlo.
Como novelista, ha visto en el episodio del crimen del Circeo y en la agresión
de Cinecittà, precisamente, dos episodios. Cristalinos, transparentes,
cortados, cerrados: microcosmos perfectos a su manera. Hasta el punto de
que, a través de ese «modelo narrativo», puede asimilar
el crimen del Circeo a su relato de 1927 Asesinato en el club de tenis.
También yo, análogamente, podría asimilar la agresión
subproletaria de Cinecittà a la agresión de los cuatro napolitanos
a Maddalena, la mujer de Accattone (1961). Pero yo sé que
la agresión de los cuatro napolitanos a Maddalena, la mujer de Accattone,
es idílica con respecto a esta otra del otoño de 1975 en
Cinecittà: y encaja perfectamente en un código de mala vida
que no excluye la humanidad. También Moravia debería darse
cuenta de que el asesinato del club de tenis es idílico con respecto
al asesinato del Circeo del otoño de 1975: no los une ninguna relación
histórica real. Entre los dos hay un salto cualitativo: un salto
cualitativo debido a lo enorme de la cantidad. Un asesinato que en 1927
era la expresión de un ambiente de élite es hoy la
expresión de un ambiente de masa. El asesinato gratuito,
«gideano», se ha convertido en un artículo de consumo.
Una opción personal se ha convertido en una coacción colectiva.
Lo cual no es poco.
Fíjense Moravia y el lector -en el mismo Corriere en el que apareció
el escrito polémico sobre la «abolición» (no,
no «abolición»: «suspensión») de
la escuela obligatoria- en las fotografías de los cuatro gamberros
que hicieron en Milán lo mismo que los subproletarios en Cinecittà
(robo rápidamente agravado por violencia carnal con fines libidinosos).
Son proletarios milaneses; es decir, están inmersos desde hace ya
más de un siglo en el «ambiente vital» de la pequeña
burguesía. El cuadro, pues, está completo.
No obstante, al recuadro del Corriere que contiene las imágenes
de esos cuatro canallas desenmascarados, añadan Moravia y el lector
con su fantasía los recuadros que contienen las imágenes
de todos los posibles canallas análogos sin desenmascarar. Si se
pusieran en fila estos recuadros no bastaría con la distancia entre
Roma y Milán. Más aún: esos rostros descarnados, peligrosos,
penosos, infelices, indescifrables, repelentes, siniestros, débiles,
presuntuosos, desprovistos de cualquier connotación de clase (ni
en sentido positivo ni en el negativo), son en realidad los rostros de
toda la «masa» de la juventud italiana tal como es hoy.
En mi artículo, con el que polemiza Moravia, escribí muy
claramente: la «masa» de los jóvenes ignora el tradicional
conflicto interior entre el bien y el mal; su opción es el endurecimiento,
el fin de la piedad; y esto es así casi por prejuicio, apriorísticamente:
tanto si se trata de delincuentes como si se trata de buenos chicos infelices,
la infelicidad no es una culpa menor, dije. Pero no pretendo que Moravia
se interese por saber qué son hoy, en concreto, los jóvenes.
¿Por qué habría de interesarse por eso? El no mira
las cosas desde dentro, sino desde lejos. Por esto su interés no
puede contemplar la concreción o la fisicidad.
Sin embargo, yo decía también en mi artículo que «hacen
falta miles de casos como esos de la juerga sádica del Circeo o
de agresividad brutal por problemas de tráfico para que ocurran
casos como los de los sádicos de Parioli o los sádicos de
Torpignattara». Este hecho estadístico, sociológico
e ideológico, por el contrario, sí debería interesar
a Moravia, y debería tomarlo en consideración. De haberlo
hecho, ni el episodio del Circeo ni el de Cinecittà le habrían
parecido dos episodios cristalinos, transparentes, cortados, cerrados y
absolutos sino dos confusas, magmáticas, desordenadas, irreductibles
y babeantes «muestras» de una calidad de vida. Y a Moravia
le habría sido imposible, por tanto, proseguir con su comparación
novelesca entre ambas, tan hábil, incisiva y en el fondo tan llena
de buen humor. Pues Moravia juega con los datos puramente externos: los
contornos del relato. El contenido se reduce a cifra. No mostraré
aquí mi patente de entendido en el caso (patente obtenida a través
de mi modo de vivir) que me ha ofrecido la oportunidad de mirar a la cara
cientos de veces durante cientos de noches a los protagonistas de centenares
de episodios que prefiguran casos extremos y trágicos como los del
Circeo y Cinecittà. Me limitaré a decir una sola cosa. Para
Moravia (que lo leyó en los periódicos), Rosaria Lopez es
una figura abstracta, como la «Mujer de los bastones» o un
prósopon
trágico (tal vez del teatro de arte): es la «Arrabalera».
Y sobre esta base construye en parte su interpretación. Por el contrario,
¡mira tú por donde!, yo conozco desde hace años al
hermano de Rosaria Lopez: es un chico muy angustiado y angustiante, al
que le gustaría ser operador de cine y que tiene un coche de carreras
rojo... Me limito, como se puede ver, a proporcionar dos datos claros y
sencillos. Pero falta poco para sacar al menos una primera deducción
sociológica.
Sabido todo esto (privado, y por ello concreto), llegamos a los
puntos de interés general. Primero, porque se refieren en general
a la civilización del consumo y a sus genocidios, y luego, porque
afectan a mis «modestas proposiciones» de suspender la escuela
obligatoria y la televisión. Sobre el primer punto, Moravia comete
dos errores, debidos a inferencias que hace de mis textos, inferencias
debidas, a su vez, a que Moravia atribuye mayor importancia a lo que no
digo y él adivina que a lo que digo.
A) Moravia, al reprocharme mi ingenua indignación contra el consumismo,
confunde continuamente el consumismo en general con el consumismo italiano
aunque ha comprendido perfectamente mi obsesiva y por otra parte bastante
evidente distinción entre los dos fenómenos. Ahora bien,
si me reprochase una ingenua indignación contra el consumismo en
general, tendría razón. Pero que demuestre que me indigno
contra el consumismo en general; es decir: que aporte un texto mío
que contenga una indignación semejante. En realidad, en lo que concierne
a la fase consumista del capitalismo mundial yo pienso exactamente lo mismo
que Moravia. Si, por el contrario, me reprocha una ingenua indignación
contra el consumismo italiano, entonces se equivoca. Porque sin indignación
sería
imposible hablar de ello. Hay que excluir la posibilidad de la objetividad
cuando la gestión de la revolución consumista ha sido manipulada
por los gobiernos italianos de un modo y en un contexto criminales. Que
Moravia me demuestre lo contrario.
B) Moravia dice que el aburguesamiento consumista no elimina las clases
sociales. Pero que me demuestre que yo haya dicho nunca semejante estupidez.
Que aporte un texto mío que contenga semejante estupidez. El aburguesamiento
forma parte de la lucha de clases. Por esto he citado hasta la obsesión
las expresiones de Marx «genocidio» y «genocidio cultural».
La clase dominante, cuyo nuevo modo de producción ha creado una
nueva forma de poder y, por consiguiente, una nueva forma de cultura, en
estos años en Italia ha procedido al más completo y total
genocidio de las culturas particularistas (populares) que recuerde la historia
italiana. Los jóvenes subproletarios romanos han perdido «he
de repetirlo por enésima vez?) su «cultura», es decir,
su modo de ser, de comportarse, de hablar, de juzgar la realidad: se les
ha proporcionado un modo de vida burgués (consumista): han sido,
clásicamente, destruidos y aburguesados. Su connotación clasista
es ahora, pues, puramente económica, ya no es también cultural.
La cultura de las clases subalternas ya (casi) no existe: existe tan sólo
la economía de las clases subalternas. He repetido ya una infinidad
de veces en estos malditos artículos míos que la atroz infelicidad
o la agresividad criminal de los jóvenes proletarios y subproletarios
se deriva precisamente del desequilibrio entre cultura y condición
económica: de la imposibilidad de realizar (salvo miméticamente)
modelos culturales burgueses a causa de la persistente pobreza enmascarada
por una mejora ilusoria del nivel de vida.
Pasemos entonces a la escuela obligatoria y a la televisión. Vaya
por delante que mis «dos modestas proposiciones» de abolición
pretendían claramente referirse a una abolición provisional.
Decía, en aras de la exactitud, «en espera de tiempos mejores,
es decir, de otro desarrollo. Este es el nudo de la cuestión».
En otras palabras: convocaba al PCI, a las mejores fuerzas de la izquierda,
etcétera, cuyo interés por una reforma radical de la escuela
y de la televisión no debería ser puesto en duda: pues es
algo esencial para la transformación del «desarrollo».
En espera de esa reforma radical, sería mejor abolir (sé
que es utópico, pero estoy firmemente convencido de ello) tanto
la escuela obligatoria como la televisión: porque cada día
que pasa es fatal tanto para los escolares como para los telespectadores...
En este punto estoy completamente de acuerdo con Moravia, como él
está completamente de acuerdo conmigo. Pues mi propuesta de «abolición»
-una vez más- no es sino la metáfora de una reforma radical:
y Moravia y yo compartimos ciertamente las mismas ideas a propósito
de esa reforma.
Ayer mismo, improvisando en un debate con enseñantes en un seminario
celebrado en Lecce, esbocé la que, en mi opinión, debería
ser la escuela obligatoria; y dije casi punto por punto justamente las
mismas cosas que Moravia (añadí, como materias de esta nueva
escuela obligatoria, la escuela guía, con anexos de urbanidad en
la calle, problemas burocráticos de todo tipo, elementos de urbanismo,
ecología, higiene, sexo, etcétera. Y, sobre todo, añadiría,
muchas lecturas, muchas lecturas libres libremente comentadas).
En cuanto a la televisión, mi propuesta de reforma radical es ésta:
es necesario hacer una televisión abierta a los partidos, es decir,
culturalmente pluralista. Es el único modo de que pierda su horrendo
valor carismático, su intolerable oficialidad. De lo contrario,
los partidos -como es bien sabido- se descuartizan en el seno de la televisión,
detrás del escenario, repartiéndose (hasta ahora abyectamente)
el poder televisivo. Se trataría, pues, de regular y sacar a la
luz esta situación, convirtiéndola así en democrática.
Cualquier partido debería tener derecho a sus emisiones. De este
modo cualquier espectador sería llamado a escoger y a criticar,
es decir, a ser coautor, en vez de ser un miserable que ve y escucha, tanto
más reprimido cuanto más adulado. Cualquier partido debería
tener derecho, por ejemplo, a su informativo; para que el telespectador
pueda escoger las noticias o compararlas con las otras dejando así
de sufrirlas. Añadiré, además, que cualquier partido
debería gestionar también los demás programas (tal
vez proporcionalmente a su representación en el Parlamento). Nacería
una estupenda competencia, y el nivel de los programas (también
el espectacular) subiría de golpe. Voilà.
APÉNDICE
Si el atribuirme novelescamente un odio teológico contra el consumismo
en general, como fenómeno tardío del capitalismo -atribución,
repito, injusta porque mi odio teológico se dirige por entero contra
el consumismo italiano, del mismo modo que no se dirige contra la
televisión, sino contra la televisión italiana, no
contra la escuela obligatoria sino contra la escuela obligatoria
italiana- me hace merecedor por parte de Moravia del calificativo de
prerrafaelita, ya es algo. En otra ocasión, Moravia me trató
de católico (como si los católicos, por definición,
se indignasen, fuesen quijotescos o descubriesen alguna vez el flanco).
Prerrafaelita es ya un calificativo de transición hacia eso que,
en lo que a mí se refiere, considero justo: es decir, reformista,
luterano, si se puede atribuir algún significado a estos calificativos
novelescos.
Il Corriere della Sera, 29
de octubre de 1975.
.
Le mie proposte su
scuola e Tv
Anche Moravia mi
onora deile sue illazioni. Sono illazioni di uomo intelligente, si sa;
ma si sa anche che egli prova il «piacere del testo» solo a
patto, come ogni autore del resto, di romanzarlo.
In quanto romanziere egli ha visto nell’episodio del massacro del Circeo
e nell’aggressione di Cinecittà, appunto, due episodi. Cristallini,
trasparenti, incisi, chiusi: rnicrocosmi a loro modo perfetti. Tanto è
vero che, attraverso un simile «modello narrativo», egli può
assimilare il massacro del Circeo al suo racconto del 1927 Delitto al
circolo di tennis. Anch’io, analogamente, potrei assimilare l’aggressione
sottoproletaria di Cinecittà all’aggressione dei quattro napoletani
a Maddalena, la donna di Accatone (1961). Ma io so che l’aggressione
dei quattro napoletani a Maddalena, la donna di Accattone, rispetto a quella
dell’autunno del ‘75 a Cinecittà, è idillica: e rientra perfettamente
in un codice di malavita in cui non è esclusa l’umanità.
Anche Moravia dovrebbe accorgersi che il delitto al circolo di tennis,
rispetto al delitto del Circeo dell’autunno 1975, è idillico: e
nessuna reale relazione storica li unisce. Tra i due c’è un salto
di qualità: salto di qualità che è dovuto all’enorme
quantità. Un delitto che nel 1927 era espresso da un ambiente di
élite, oggi è espresso da un ambiente di massa.
II delitto gratuito «gidiano» è diventato un genere
di consumo. Una scelta personale è diventata una coazione collettiva.
Non è poco.
Moravia e il lettore guardino - nello stesso «Corriere» in
cui è uscito lo scritto polemico sull’«abolizione» (no,
non «abolizione»: «sospensione») della scuola d’obbligo
- le fotografie dei quattro teppisti che hanno compiuto a Milano la stessa
impresa dei sottoproletari di Cinecittà (rapina aggravata, ratto
a fine di libidine, violenza carnale). Sono proletari milanesi, cioè
già da un secolo e più rientrati nell’«ambiente vitale»
della piccola borghesia. Il quadro dunque è completato.
Ma Moravia e il lettore aggiungano, con la loro fantasia, ai riquadri del
«Corriere» contenenti le immagini dei quattro mascalzoni smascherati,
i riquadri contenenti le immagini di tutti i possibili mascalzoni analoghi
non smascherati. A mettere in fila tali riquadri non basterebbe la distanza
tra Roma e Milano. Anzi, dirò di più: quei visi scavati,
pericolosi, penosi, infelici, indecifrabili, scostanti, sinistri, deboli,
presuntuosi, privi di alcuna connotazione di classe (in senso né
positivo né negativo), sono in realtà i visi di tutta la
«massa» della gioventù italiana com’è oggi.
Nel mio articolo con cui Moravia polemizza, l’avevo scritto ben chiaro:
la «massa» dei giovani ignora il tradizionale conflitto interiore
tra bene e male; la sua scelta è l’impietrimento, la fine della
pietà; e ciò quasi per partito preso, aprioristicamente:
sia che si tratti di delinquenti, sia che si tratti di bravi ragazzi infelici
- l’infelicità non è una colpa minore, dicevo. Ma non pretendo
che Moravia si interessi di ciò che sono in concreto i giovani oggi.
Perché dovrebbe interessarsene? Egli non guarda le cose stando in
mezzo, ma da lontano. Perciò il suo interesse non può riguardare
la concretezza o la fisicità.
Io però dicevo anche, in quel mio articolo, che «occorrono
migliaia di casi come quelli della festicciola sadica del Circeo o di aggressività
brutale per ragioni di traffico, perché si realizzino casi come
quelli de sadici pariolini o dei sadici di Torpignattara». Questo
fatto statistico, sociologico, ideologico, doveva interessare invece Moravia,
e doveva essere da lui preso in considerazione. Se ciò fosse avvenuto,
sia l’episodio del Circeo sia l’episodio di Cinecittà non gli sarebbero
apparsi come due episodi cristallini, trasparenti, incisi, chiusi, assoluti,
ma come due confusi, magmatici, disordinati, irriducibili, sbavanti «campioni»
di una qualità di vita. E sarebbe stato dunque impossibile a Moravia
eseguire il confronto romanzesco tra i due, così abile, saettante,
e in fondo così pieno di buon umore. Moravia infatti gioca sui puri
dati esterni: i contorni del racconto. Il contenuto è ridotto a
cifra. Non esibirò a questo punto la mia patente di intenditore
in concreto: patente ottenuta attraverso il mio modo di esistenza, che
mi ha offerto l’occasione di guardare in faccia centinaia di volte per
centinaia di sere i protagonisti delle centinaia di episodi che prefigurano
casi estremi e tragici come quelli del Circeo e Cinecittà. Mi limiterò
a dire solo una cosa. Per Moravia (che l’ha letto nei giornali) Rosaria
Lopez è una figura astratta, come la «Donna di Bastoni»
o un prósopon tragico (magari da teatro dell’arte): essa
è la «Borgatara». E su ciò egli costruisce parte
della sua interpretazione. Io invece, guarda un po’!, conosco già
da molti anni il fratello di Rosaria Lopez: è un ragazzo molto angosciato
e angosciante, che vorrebbe fare l’operatore cinematografico e possiede
una macchina da corsa rossa... Mi limito, come si vede, a fornire due dati
puri e semplici. Ma ci vuol poco a trarre almeno qualche prima deduzione
sociologica.
Premesso tutto questo (privato e perciò concreto), veniamo
ai punti di interesse generale. Prima, per quanto riguarda in genere la
civiltà dei consumi e i suoi genocidi, e poi per quanto ríguarda
le mie due «modeste proposte» di sospendere la scuola d’obbligo
e la televisione. Sul primo punto, Moravia commette due errori, dovuti
alle illazioni sui miei testi. Illazioni dovute a loro volta al fatto che
Moravia attribuisce maggiore importanza a ciò che non dico, e che
egli indovina, che a ciò che dico.
A) Moravia nel rimproverarmi la mia ingenua indignazione contro il consumismo,
confonde continuamente il consumismo in generale col consumismo italiano;
benché egli abbia perfettamente capito la mia ossessiva e peraltro
abbastanza ovvia distinzione tra i due fenomeni. Ora, se egli mi rimproverasse
un’ingenua indignazione contro il consumismo in generale, avrebbe ragione.
Ma mi provi che io mi indigno contro il consumismo in generale: produca
cioè un mio testo contenente una simile indignazione. In realtà,
per quanto riguarda la fase consumistica del capitalismo mondiale io la
penso esattamente come Moravia. Se invece egli mi rimprovera un’ingenua
indignazione contro il consumismo italiano, allora egli ha torto. Perché
senza indignazione sarebbe impossibile parlarne. È da escludere
la possibilità dell’oggettività, quando la gestione della
rivoluzione consumistica è stata manipolata dai governanti italiani
in un modo e in un contesto criminale. Moravia mi provi il contrario.
B) Moravia dice che la borghesizzazione consumistica non abolisce le classi
sociali. Ma mi provi che io ho mai detto una simile sciocchezza. Mi produca
un mio testo dove sia contenuta una simile sciocchezza. La borghesizzazione
fa parte della lotta di classe. Ed è per questo che io ho citato
e cito fino all’ossessione l’espressione di Marx «genocidio»,
«genocidio culturale». La classe dominante, il cui nuovo modo
di produzione ha creato una nuova forma di potere e quindi una nuova forma
di cultura, ha proceduto in questi anni in Italia al più completo
e totale genocidio di culture particolaristiche (popolari) che la storia
italiana ricordi. I giovani sottoproletari romani hanno perduto (devo ripeterlo
per l’ennesima volta?) la loro «cultura», cioè il loro
modo di essere, di comportarsi, di parlare, di giudicare la realtà:
a loro è stato fornito un modello di vita borghese (consumistico):
essi sono stati cioè, classicamente, distrutti e borghesizzati.
La loro connotazione classista è dunque ora puramente economica
e non più anche culturale. La cultura delle classi subalterne non
esiste (quasi) più: esiste soltanto l’economia delie classi subalterne.
E ho ripetuto già un’infinità di volte in questi miei maledetti
articoli che l’atroce infelicità o aggressività criminale
dei giovani proletari e sottoproletari deriva appunto dallo scompenso tra
cultura e condizione economica: dall’impossibilità di realizzare
(se non mimeticamente) modelli culturali borghesi a causa della persistente
povertà mascherata da un illusorio miglioramento del tenore di vita.
Passiamo ora alla scuola d’obbligo e alla televisione. Intanto va detto
che le mie «due modeste proposte» di abolizione intendevano
chiaramente riferirsi a una abolizione provvisoria. Dicevo, per la precisione:
«in attesa di tempi migliori: cioè di un altro sviluppo
- ed è questo il nodo della questione». In altre parole chiamavo
in causa il Pci, le migliori forze di sinistra ecc., il cui interesse per
una radicale riforma della scuola e della televisione non dovrebbe essere
messo in dubbio: se è essenziale alla trasformazione dello «sviluppo».
In attesa di una tale radicale riforma, sarebbe meglio abolire (lo so che
è utopistico, ma ne sono lo stesso fermamente convinto) sia la scuola
d’obbligo che la televisione: perché ogni giorno che passa è
fatale sia per gli scolari che per i telespettatori...
A questo punto mi ritrovo perfettamente d’accordo con Moravia, come egli
del resto si ritrova perfettamente d’accordo con me. Infatti la mia proposta
di «abolizione» - ancora una volta - non è che la metafora
di una radicale riforma: e Moravia e io, a proposito di tale riforma, non
possiamo certo che avere le stesse idee.
Soltanto ieri, improvvisando a un dibattito con degli insegnanti -
in un seminario tenuto a Lecce - delineavo quella che secondo me
dovrebbe essere la scuola d’obbligo: e dicevo appunto quasi esattamente
le stesse cose di Moravia (aggiungevo, come materia di tale nuova scuola
d’obbligo, la scuola guida, con annesso galateo stradale, problemi burocratici
di ogni tipo, elementi di urbanistica, ecologia, igiene, sesso, ecc. E
soprattutto, aggiungerei, molte letture, molte libere letture liberamente
commentate).
Quanto alla televisione la mia proposta di radicale riforma è questa:
bisogna rendere la televisione partitica e cioè, culturalmente,
pluralistica. È l’unico modo perché essa perda il suo orrendo
valore carismatico, la sua intollerabile ufficialità. Inoltre, i
partiti - com’è ben noto - si sbranano all’interno della televisione,
dietro le quinte, dividendosi (finora abiettamente) il potere televisivo.
Si tratterebbe dunque di codificare e di portare alla luce del sole questa
situazione di fatto: rendendola così democratica. Ogni Partito dovrebbe
avere diritto alle sue trasmissioni. In modo che ogni spettatore sarebbe
chiamato a scegliere e a criticare, cioè a essere coautore, anziché
essere un tapino che vede e ascolta, tanto più represso quanto più
adulato. Ogni Partito dovrebbe avere il diritto, per esempio, al suo telegiornale;
perché il telespettatore possa scegliere le notizie, o confrontarle
con la altre, cessando dunque di subirle. Inoltre direi che ogni Partito
dovrebbe gestire anche gli altri programmi (magari proporzionalmente alla
sua rappresentanza al Parlamento). Nascerebbe una stupenda concorrenza,
e il livello (anche quello spettacolare) dei progranmi, salirebbe di colpo.
Voilà.
APPENDICE
Se l’attribuirmi romanzescamente un odio teologico contro il consumismo
in generale, come fenomeno seriore del capitalismo (attribuzione, ripeto,
ingiusta, perché il mio odio teologico va tutto contro il consumismo
italiano, come esso non va contro la televisione, ma contro la tevisione
italiana, non contro la scuola d’obbligo, ma contro la scuola d’obbligo
italiana) mi fa meritare da parte di Moravia la qualifica di preraffaellita,
è già qualcosa. In altra occasione Moravia mi aveva dato
del cattolico (quasi che i cattolici per definizione si indignassero, o
fossero donchisciotteschi, o scoprissero qualche volta il fianco...). Preraffaellita
è già una qualifica di passaggio verso quella che, quanto
a me, riterrei giusta: cioè riformista, luterano, se fosse attribuibile
qualche significato a queste qualifiche romanzesche.
«Corriere della Sera»,
29 ottobre 1975
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