.
La isla de Arturo
Un
crítico que hace tres o cuatro años hubiese intentado prever
el desarrollo de la narrativa italiana hasta hoy y, por absurdidad, hubiese
estado en posesión de los medios más seguros, desde los historiográficos
hasta los estadísticos, para hacerlo, no habría podido de
ninguna manera barruntar la aparición de la nueva novela de Elsa
Morante (ajena, naturalmente, a la historia interior de la escritora),
La
isla de Arturo (Einaudi, 1957, y Premio Strega de ese año).
La acogida
de esta novela extravagante e imprevisible ha sido, en general, jubilosa
pero apodíctica: la prensa oficial, como de costumbre, anodina,
ceremoniosa y restringente; la prensa fascista fétida, y la prensa
de izquierda, hay que decirlo, apresurada, esquemática: salvo dos
o tres excepciones (Pampaloni por ejemplo), sólo “hombres con gusto”
(tal vez de gran valore, como Cecchi y De Robertis) han sabido leer esta
obra. La isla de Arturo se presenta indudablemente, respecto a las
otras obras de los últimos años, como excéntrica,
como emergida desde un fondo existencial sin orientación de
no ser psicológica: de modo que como primer medio para aceptarla
como fenómeno se requiere una sensibilidad “simpatizante”, o precisamente,
si queremos, con gusto. Sin esta preliminar operación de carácter
casi olfativo, nos parece imposible llegar a la operación crítica
propiamente dicha.
El problema
es éste: ¿la obra de Morante es sólo un fenómeno
felizmente marginal y sobreviviente, como para permanecer aislada y sin
significado histórico, sin relaciones? ¿O bien, de algún
modo, forma parte de la fenomenología más reciente, modificando
por tanto esa fenomenología y perdiendo sus caracteres de extravagancia
y pura interioridad?
Nosotros
coincidimos con el segundo extremo del dilema. Es verdad, quizás
haya un límite, técnico-lingüístico-psicológico,
que tendería a presentar la novela circunscrita dentro de un aura
de absoluta gratuidad fantástica, carente de relación histórica
o actualidad.
Técnicamente,
la novela carece de una cierta medida, las primeras cien o ciento cincuenta
páginas podrían reducirse casi a la mitad, ya que la educación
sentimental de Arturo se intuye tan felizmente, en esa mezcla de real y
de inesperable que es típica de la fantasía menor de Morante,
que era inútil insistir en un “bulto redondo” previsto en seguida.
El trop-plein que se forma acentúa esos caracteres “decadentistas”
que a nosotros nos parecen aplicables sólo exteriormente a Morante
(Rimbaud, traducido en el tono sentimental de Morante, se convierte en
otra cosa, es simple paradigma de energía y de pureza).
También
lingüísticamente hay algo de excesivo: una ligera redundancia,
un cierto boato lexicológico (que un joven crítico, Citati,
definía erróneamente montiano), un exceso de fórmulas
exclamativas, especialmente al final del enunciado, un exceso de sustantivos
con mayúscula -por poner algunos ejemplos mínimos pero llamativos.
También en este caso, por tanto, desde fuera- para impresionar a
los superficiales, una cierta atmósfera de exquisitez decadente:
pero si se mira en profundidad la lengua de Morante se apreciará
que prevalece en ella una claridad humilde y transparente, una deliciosa
diligencia de pensum escolástico: una sustancial ingenuidad,
en Morante, contradice íntimamente cualquier exceso “decadentista”,
por el cándido respeto de la escritora hacia los institutos lingüísticos
tradicionales más comunicativos.
El examen
psicológico consiguiente al análisis confirma aún
mejor esta situación; sentimentalmente frente al mundo, como objeto
de representación, Morante es profundamente modesta, casi ligada
por un complejo de inferioridad, práctico y cognitivo, que ella
vence a través de los impulsos de criatura humildemente amorosa.
Su consecuencia
es una dilatación de la grandeza, de la importancia y de la bondad
del mundo. La humildad de Morante se transforma así en una especie
de orgullo: orgullo de tener dentro de sí una chispa de ese mundo,
a través del amor que la vincula a él. Este orgullo se reviste,
expresivamente, de alguna actitud de faccioso, de gratuidad: pero esta
nueva instancia decadentista a la que así hemos llegado tampoco
tiene más que un valor puramente marginal, si se piensa en su verdadero
origen, tan adorablemente ingenuo.
Esta
relación de Morante con la realidad se refleja en sus personajes
en este sentido: que, dada la apriorística grandeza, importancia
y bondad del mundo, lo “negativo”, el “mal”, no pueden ser en serio no
digo representados, sino siquiera concebidos: ellos son accidentes, puras
contingencias, cuando no incluso flatus vocis.
La única
forma de mal que amenaza el maravilloso mundo sumergido en la psicología
de los personajes es una cierta carencia de bien: o sea, el único
pecado en que Wilhelm, Arturo o la misma Nunziata pueden incurrir es una
forma de incoherencia con su propia alma apasionada, un riesgo de egoísmo
en el que no exaltar al máximo la energía o vitalidad benigna
que hay en ellos. Véase -casi paradigma del fenómeno- Tonino
Stella, un delincuentillo romano al que el padre de Arturo está
ligado por morbosa y angustiada ternura: caso clamoroso en el que Morante
demuestra su impotencia para representar el mal como bajeza, y lo justifica
obstinadamente, en su personaje, a través de su exuberancia y su
belleza: descarado, egoísta, pero naturalmente, y en el fondo, en
su violencia, predilecto.
Morante
participa -elevándolas directamente al plano estético- de
la salud, de la vitalidad y de la predilección de sus personajes.
Ahora
el decadentismo que permanece en la producción literaria italiana
de la segunda mitad del siglo XX, en la línea de la prosa artística
y del hermetismo (porque para el surrealismo la anárquica violencia
heterónoma llevaría a otras conclusiones) es sobre todo:
1) sentido del dominio del mundo (reaccionarismo en el ámbito político);
2) certeza, al límite de ese dominio, del privilegio lingüístico
(estetismo); 3) angustia, es decir, continua sensación del mal como
interrupción de la corriente vital, interna ruina en la sociedad
y en el yo (la llamada “crisis”). No hay nada de todo esto -a pesar de
ciertos soportes expresivos exteriores- en Morante. Y hasta ahora hemos
realizado, someramente, el examen sobre los elementos subjetivos de la
novela: sobre ese aspecto de Arturo, o de Wilhelm, que no se diferencia
de la propia Morante.
En cambio,
si observamos la novela en su calidad novelesca de objeto -o sea, sobre
todo la historia del amor de Arturo y Nunziata (Nunziata es la cosa estupenda
de la Isla: con cuanto es partícipe de su sustancia, desde
la perrita Immacolatella, digamos, hasta el niñito Carmine), entonces
nuestros argumentos resultan aún más persuasivos. El background
de Nunziata, y toda Nunziata, se insertan de manera curiosísima
en la tradición del naturalismo meridional (que es la mejor tradición,
junto a la manzoniana, pronto traicionada, de la literatura moderna). En
ella Morante se mueve con asombrosa comodidad -en la continua “alusión”
a ella- a lo largo de páginas y páginas y páginas;
su representación de Nunziata, con los retazos de la vida familiar
napolitana y los datos de su extraña vida presente en Procida, no
ceja ni un instante, no tiene ni una discordancia, ni un error: es milagrosamente
rigurosa, en su extrema dulzura y abandono.
Indicamos
al lector, como ejemplares y casi paradigmáticas, las páginas
de la noche en la que el muchacho corre a llamar a la matrona: son unas
de las páginas más bellas de la narrativa italiana del siglo
XX, pero aparte de esto, el lector verá concentradas en ellas las
dos características principales de la narrativa de Morante: la “alusión”
a la gran novela imaginariamente tradicional que se configura “en fragmentos”,
y la ascensión de la Italia real, en el caso en cuestión
meridional -descubierta en toda la inmediatez de lo concreto-sensible,
según la más reciente poética- a una luz de fantasía
pura, que da una pátina a esos minutos cotidianos y vivaces, casi
“luz universal” de retablo profano.
Volvemos
así al corazón del argumento: la obra de Morante es excéntrica
e irrepetible sólo en la medida que es necesaria para toda obra
de arte. En el marco histórico, no sólo se inserta con una
serie de relaciones mecánicos, sino que lo modifica por dentro con
su misma presencia, representando una nueva necesidad, que los críticos,
hasta los comprometidos ideológicamente, no pueden ignorar, o rechazar
según esquemas valederos hasta ayer. La presencia de la Isla
está ahí para demostrar que una segunda fase del realismo
de la posguerra está iniciando, evidentemente, de este lado del
estado de excepción en el que ha nacido. Es consecuencia de ello
la readmisión de formas que estaban superadas sólo aparentemente,
pero que en realidad, dentro del neorrealismo mismo, se habían transmitido,
como tradición reciente (en el caso en cuestión la irregularidad
sintáctica y narrativa e la exquisitez): y la formación de
nuevos tipos de “vaguedad”, ineluctables en toda situación literaria
normal. La obra de Morante indica sus modos con la necesidad de la poesía.
L’isola di Arturo
Un
critico che tre o quattro anni fa avesse cercato di provedere lo svolgimento
della narrativa italiana fino a oggi e, per assurdo, fosse stato in posseso
dei mezzi più sicuri, da quelli storiografici a quelli statisci,
per farlo, non avrebbe potuto in nessun modo preventivare la comparsa del
nuovo romanzo di Elsa Morante (al di fuori, naturalmente, della storia
interna della scrittrice), L’isola di Arturo (Einaudi, 1957, e Premio
Strega di quest’anno).
Le accoglienze
a questo romanzo extra-vagante e imprevedibile sono state, in genere, festose
ma apodittiche: la stampa ufficiales, al solito, anodina, complimentosa
e riducente; la stampa fascista fetida, e la stampa di sinistra, bisogna
dirlo, affrettata, schematica: accettuate due o tre eccezioni (Pampaloni
por esempio), solo “uomini di gusto” (magari de gran valore, come Cecchi
e De Robertis) hanno saputo leggere questa opera. L’isola di Arturo
si
presenta indubbiamente, rispetto alle altre opere degli ultimi anni, come
eccentrica, como affiorata da un fondo esistenziali senza orientamento
se non psicologico: sicché quale primo mezzo per accertarla
come fenomeno si richiede una sensibilità “simpatizzante”, o a punto,
se vogliamo, di gusto. Senza questa preliminare operazione di carattere
quasi olfattivo, crediamo impossibile giundere alla vera e propia operazione
critica.
Il problema
è questo: l’opera della Morante è solo un fenomeno felicemente
marginale e sopravvivente, tale da permanere isolata e senza significato
storico, senza rapporti? Oppure essa, in qualche modo, rienta nella fenomenologia
più recente, modificando quindi quella fenomenologia e perdendo
i priori caratteri di stravaganza e pura interiorità?
Noi siamo
per il secondo corno del dilemma. È vero, c’è forse un limite,
tecnico-linguistico-psicologico, che tenderebbe a presentare il romanzo
circoscritto dentro un’aurea di assoluta gratuità fantastica, priva
di rapporto storico o attualità.
Tecnicamente,
il romanzo manca di una certa misura, le prime cento o centocinquanta pagine
potrebbero essere ridotte quasi alla metà, poiché l’educazione
sentimentale di Arturo è intuita così felicemente, in quel
misto di reale e di inattendibile che è tipico della fantasia minore
della Morante, che era inutile insistere in un “tutto tondo” subito previsto.
Il trop-plein che se ne forma accentua quei caratteri “decadentistici”
che a noi invece sembrano applicabili solo esteriormente alla Morante (Rimbaud,
tradotto nel tono sentimentale della Morante, diventa tutta un’altra cosa,
resta semplice paradigma di energia e di purezza).
Anche
linguisticamente c’è qualcosa di troppo: una leggera ridondanza,
un certo sfarzo lessicale (che un giovane critico, Citati, definitiva erroneamente
montiano), eccedono le clausole esclamative, specie in fine periodo, eccedono
i sostantivi con la maiuscula - per dare degli esempi minimi ma appariscenti.
Anche qui, dunque, all’esterno - a impressionare i superficiali - una certa
atmosfera di squisitezza decadente: ma se si guarda un fondo la lingua
della Morante si avvertirà certo come prevalga in essa una chierezza
umile e trasparente, una deliziosa deligenza di pensum scolastico:
una sostanziale ingenuità, nella Morante, contraddice intimamente
qualsiasi ecceso “decadentistico”, per il candido rispetto della scrittice
verso gli istituti linguistici tradizionale più comunicativi.
L’esame
psicologico conseguente all’analisi conferma ancor meglio questa situazione;
sentimentalmente di fronte al mondo, come oggetto di rappresentazione,
la Morante è prodondamente modesta, quasi legata da un complesso
di inferiorità, pratico e conoscitivo, ch’essa vince attraverso
gli slanci di creatura umilmente amorosa.
Ne consegue
una dilatazione della grandezza, dell’importanza e della bontà del
mondo. L’umiltà della Morante si trasforma così in una specie
di orgoglio: orgoglio di avere dentro di sé una scintilla di quel
mondo, attraverso l’amore che la lega ad esso. Questo orgoglio si riveste,
espressivamente, di qualche attegiamento di faziosità, di gratuità:
ma anche questa nuova istanza decadentistica a cui così siamo arrivati
non ha che un valore puramente marginale, se si pensa alla sua vera origine,
così adorabilmente ingenua.
Questo
rapporto della Morante con la realtà si riflette nei suoi personaggi
in questo senso: che, data l’aprioristica grandezza, importanza e bontà
del mondo, il “negativo”, il “male”, non possono essere sul serio non dico
rappresentati, ma nemmeno concepiti: essi sono accidenti , pure contingenze,
quando non addirittura flatus vocis.
Unica
forma di male che minacci il meraviglioso mondo affondato nella pricologia
dei personaggi, è una certa carenza di bene: l’unico peccato, cioè,
in cui Wilhelm, Arturo o la stessa Nunziata possano incorrere è
una forma di incoerenza con la propia anima appassionata, un rischio di
egoismo in cui non esaltare fino al massimo l’energia o vitalità
benigna ch’è in loro. Si veda - quasi paradigma del fenomeno - Tonino
Stella, un delinquentello romano a cui il padre di Arturo è legato
da morbosa e angosciata tenerezza: caso clamoroso in cui la Morante dimostra
la sua impotenza a rappresentare il male come bassezza, e lo giustifica
ostinatamente, nel suo personaggio, attraverso la sua esuberanza e la sua
bellezza: sfacciato, egoista, ma naturalmente, e in fondo, nella sua violenza,
eletto.
La Morante
partecipa - assumendole direttamente all'ordine estetico - della salute,
della vitalità e della elezione dei suo personaggi.
Ora il
decadentismo quale permane nella produzione letteraria italiana del secondo
Novecento, sulla linea della prosa d’arte e dell’ermetismo (ché
per il surrealismo l’anarchica violenza eteronoma porterebbe ad altre conclusioni)
è suprattutto: 1) senso della padronanza del mondo (reazionarismo
in sede politica); 2) certezza, al limite di quella padronanza, del privilegio
linguistico (estetismo); 3) angoscia, cioè continua sensazione del
male come interruzione della corrente vitale, interna rovina nella società
e nell’io (la considdetta “crisi”). Niente dunque di tutto questo - malgrado
certe esteriori impalcaure espressive - nella Morante. E finora abbiamo
condotto, sommariamente, l’esame sugli elementi soggettivi del romanzo:
su quel tanto di Arturo, o di Wilhelm, che non si differenzia dalla Morante
stessa.
Se invece
osserviamo il romanzo nella sua qualità romanzesca di oggetto -
ossia soprattutto la storia dell’amore di Arturo e Nunziata (è Nunziata
la cosa stupenda dell’Isola: con quanto compartecita della sua sostanza,
dalla cagnetta Immacolatella, diciamo, al bambinello Carmine), allora i
nostri argomenti risulterebbero ancora più persuasivi. Il background
di Nunziata, e tutta Nunziata, si innestano in maniera curiosissima nella
tradizione del naturalismo meridionale (che, insieme alla manzoniana, presto
tradita), è la migliore tradizione della letteratura moderna. La
Morante ci si muove stupendamente a suo agio - nella continua “allusione”
ad essa - per pagine e pagine e pagine; la sua rappresentazione di Nunziata,
con gli scorci della vita famigliare napoletana e i dati della sua strana
vita presente a Procida, non cede un istante, non ha uno screzio, un errore:
è miracolosamente rigorosa, nella sua estrema dolcezza e abbandono.
Indichiamo
al lettore, como esemplari e quasi paradigmatiche, la pagine della notte
in cui il ragazzo corre a chiamare la levatrice: sono tra le più
belle pagine della narrativa italiana del Novecento, ma a parte questo,
il lettore vi vedrà concentrate le due caratteristiche pricnipale
della narrativa della Morante: l’“allusività” al grande romanzo
idealmente tradizionale che si configura “a frammenti”, e l’assunzione
dell’Italia reale, nella fattispecie meridioalistica - scoperta in tutta
l’immediatezza del concreto -sensibile, secondo la più recente poetica
- a una luce di fantasia pura, che patina quei minuti dati quotidiani e
vivaci, quasi “lume universale” da pala profana.
Ritorniamo
così in cuore all’argomento: l’opera della Morante è eccentrica
e irripetibile solo nella misura ch’è necessaria a ogni opera d’arte.
Nel quadro storico, non solo si inserisce con una serie di rapporti meccanici,
ma lo modifica all’interno con la sua stessa presenza, rappresentando una
nuova necessità, che i critici, anche ideologicamente impegnati,
non possono ignorare, o respingere secondo schemi valevoli fino a ieri.
La presenza dell’Isola è lì a dimostrare che una seconda
fase del realismo del dopoguerra si sta iniziando, evidentemente, al di
qua dello stato di emergenza in cui esso è nato. Ne consegue la
riassunzione di forme che solo apparentemente erano superate, ma che in
realtà, dentro il neorealismo stesso, si erano tramandate, quale
tradizione recente (nella specie l’irregolarità sintattica e narrativa
e la squisitezza): e il formarsi di nuovi tipi di “evasività”, ineluttabili
in ogni situazione letteraria normale. L’opera della Morante ne indica
i modi con la necessità della poesia.
|