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Fiódor Dostoievski,
Crimen
y castigo
Un
joven hombre de veintitrés años -un chico guapo, aunque pálido
y delgado- está «traumatizado» por el amor de su madre
(y por extensión, de su hermana). La situación es, para nosotros,
clásica: se trata de una pasión infantil edípica.
Él ha quedado petrificado por ese amor con tanta violencia sentido
y correspondido, casi como en una prueba de laboratorio. De hecho, las
consecuencias son bien conocidas: la sexofobia, la frigidez sexual y el
sadismo. Él parece enamorarse de una chica fea, infeliz, inteligente
y enferma. Que muere pronto de tifus (podría decirse que como él
ha querido). En este amor no tiene cabida la sensualidad. Él siente
otras atracciones -pero que nunca llegan a ser sexuales- por otras dos
chicas muy jóvenes: una adolescente borracha o drogada que deambula
por la calle (y él la protege pidiendo como un «papagayo»
la ayuda -lo cual es sintomático- de un policía), y después,
por un instante, otra jovencita mendiga (que por eso da pena: y la pena
es humillante, puede ser humillante hasta el sadismo). A esta situación
sexual inconsciente (la relación edípica con la madre, extendida
a la hermana) se añaden otros elementos «objetivos»
y en gran parte conscientes. En efecto, nuestro chico, huérfano
de padre, estudia en la capital: es mantenido en los estudios por medio
de la mísera pensión de su madre, y su hermana se ve obligada
a trabajar como institutriz. Esto ha creado al chico unas obligaciones
hacia su familia. Terribles obligaciones de gratitud y de amor, que van
a sumarse, precisamente, a la violencia amorosa infantil y a la inconsciente
represión de la madre sobre él. Una madre buena, sí,
buena, es más, angelical; burguesa, pero dotada de todas las mejores
cualidades de la burguesía provincial: es decir, de ese especial
idealismo que no puede hacer de su hijo más que un ser adorado y
único.
Nuestro
héroe está guiado por su subconsciente, y se apresta, como
en una pesadilla kafkiana, a jugar el papel que se le ha asignado; de él
no puede sustraerse, como un autómata, pero sin embargo puede, sobre
él, buscar unas justificaciones, unos pretextos, unos (aberrantes,
como veremos) fundamentos moralistas y teóricos. Un día le
«viene una idea» -precisamente como si le viniese desde fuera,
desde arriba-, y él, como en una pesadilla, precisamente, se pregunta
cómo le ha venido semejante idea «no suya»; de hecho,
no puede saber que le viene desde abajo. Y así se apresta a elaborarla,
a adueñarse de ella (a través de la teorización).
Tal idea
es la de matar a una vieja usurera, a la que ha dado en prenda unos objetos
(de familia). Se resiste mucho tiempo a tal «envite», pero
al final, después de un largo ceremonial, cede. Él mata así
a su madre. Su madre, que le obsesiona con las obligaciones, que le crea
unos compromisos, que le humilla con su ansiosa comprensión, que
le pone frente a su propia impotencia: y que, de todos modos, anteriormente,
había suscitado en él un amor que, por ser horrendamente
punible, se había -como quiere el mecanismo- transformado en odio.
¿Pero no habíamos dicho que a la figura de la madre él
había anexionado también la figura de la hermana? Sí,
y en efecto, sucede que, recién asesinada la vieja usurera, entra
en la casa la bondadosa y dulce hermana de ésta. La puerta había
sido dejada abierta (casi adrede, para que ella pudiese entrar). Además,
nuestro asesino sabía que él habría podido matar a
la usurera entre las siete y las siete y media, precisamente porque su
hermana estaba fuera. En cambio, él llega al lugar del crimen con
retraso (por culpa -¡seguimos con el diagnóstico de manual!-
de un adormecimiento que se ha prolongado más de lo previsto). En
definitiva, él ha ido con retraso a casa de la usurera aposta para
dar tiempo a la hermana a regresar. Y así asesina también
a ésta. Por lo tanto, él no sólo elimina con las dos
viejas a su propia madre y su propia hermana, sino que elimina con ellas
esa «realidad doble» que es para él el amor hacia la
mujer: por un lado la realidad represiva, feroz, angustiosa (la usurera),
y por el otro la realidad tierna, afectuosa, dulce (la hermana de la usurera).
En su
teoría -de carácter nietzschiano-, nuestro chico considera
el delito un «delito gratuito», hecho para demostrarse a sí
mismo, por un lado, que es un hombre superior (que no duda en delinquir
con tal de alcanzar su objetivo: enriquecerse para estudiar, convertirse
en un científico, un filósofo, un benefactor de la humanidad),
y por el otro, que es incluso un «superhombre», más
allá de todo valor moral instituido. En definitiva, él fluctúa
entre el cinismo de la Realpolitik y la grandeza de la acción
pura. En todos los casos está claro que todavía estamos en
el laboratorio: de hecho, él tiene necesidad de superar su propio
«complejo de inferioridad» derivado de todas las circunstancias
que hemos visto.
Sin embargo -como fatalidad-, después de su espantosa hazaña,
él se verá obligado a hablar de «fracaso»: y
se encontrará de frente a su propia «inferioridad» (que,
sin embargo, en él se manifiesta sólo como incapacidad para
ocultar las huellas del delito y, sobre todo, como incapacidad para resistirse
a los impulsos de la moral común que requiere el remordimiento y
la confesión del crimen).
En realidad,
el «fracaso» reside en otra cosa. Reside en el hecho de que
librarse de su propia madre a través del asesinato de la usurera
«doble» (buena y mala) es una liberación simbólica.
En realidad, ahí está, la madre (con la hermana), que llega
en tren desde la recóndita provincia. Es una auténtica resurrección,
la reaparición de un fantasma. ¡El delito ha sido verdaderamente
«inútil»! La madre y la hermana llevan consigo, inocentes,
no sólo todo el horrendo fardo de amor infantil, sino, además,
todas las exigencias y las obligaciones de una vida por vivir, con sus
problemas prácticos y su despiadado idealismo inexcusable.
El destino
de nuestro asesino, por tanto, está aún totalmente por decidir
y por vivir. Todo está por volver a comenzar desde el principio.
Pero, ya, nuestro héroe no puede hacerlo. La suya es ya una vida
que transcurre por inercia, y él, por tanto, recorre todas las etapas
obligadas que suele recorrer -casi según unas perfectas normas fijadas
de una vez para siempre- un culpable que acabará siéndolo,
confesando y expiando su culpa. Ya, las que cuentan son las vidas de los
demás, que se desarrollan en torno a la suya.
Durante
su vía crucis (no evangélico, porque él, naturalmente,
está contrariado continuamente y hasta el fondo por la interpretación
«consciente» que él hace de los hechos: su desafío
moralista al mundo y su fallido intento de ser un hombre superior), sin
embargo, él continúa influyendo en una vida, más que
en las otras, antes de convertirse en un «muerto civil». Se
trata de la vida de una chica -una adolescente como las vislumbradas y
«apartadas» por la calle- en todo y por todo similar a la hermana
de la usurera y, por tanto, a la madre «buena, dulce, quimérica».
La identificación de esta chica con la hermana de la usurera y con
la madre de la infancia es perfecta: incluso literalmente. El sentimiento
de nuestro héroe hacia esta chica debería ser de amor (y,
de hecho, lo es): pero se trata de un amor carente de un elemento esencial,
es decir, el sexo. El cual se manifiesta (¡de nuevo e irremediablemente!)
a través del sadismo. En efecto, el joven le confiesa a ella, por
sadismo, su delito: y continúa, por otra parte, atormentándola
de todas las maneras. Ella, además, se ve obligada por la miseria,
aunque es casi una niña, a ser puta. Y eso desencadena aún
más la sexofobia y el puritanismo de nuestro héroe, que ignora
perfectamente tener un sexo. Naturalmente, nada más darse cuenta
de que tiene un sentimiento de amor hacia ella, él lo siente
de inmediato como odio. Y por contra, el amor ingenuo, inmenso e incondicional
de ella hacia él empieza de nuevo a crearle ese sentimiento casi
cósmico de intolerancia que le había creado el amor de su
madre. Es inútil decir que él, maltratando a esta chiquilla,
se maltrata a sí mismo. Como ya, matando a las dos ancianas mujeres,
se había ensañado consigo mismo. También esto es de
manual. Por eso, poco antes de romper con el hacha la pobre, indefensa,
tierna nuca de la malvada vieja (la madre, envejeciendo, se vuelve infantil),
nuestro héroe había tenido un horrible sueño: unos
jóvenes maleantes, en su pequeña ciudad de provincia, por
donde él caminaba agarrado de la mano de su padre (¡), matan,
maltratándola de un modo atroz, una pobre, flaca potranca (que al
final él, cuando esté finalmente muerta, irá a besar
desesperadamente en el hocico): pero el hecho relevante es que, aunque
se trate de una «potranca», él, al hablar de ello con
su padre y con los presentes, precisamente porque es niño, la llama
«potranco». Por tanto, ¿quién ha sido torturado,
maltratado, masacrado, matado: una potranca o un potranco?
Después
de la confesión de su delito y de su condena a trabajos forzados,
nuestro héroe es seguido, como por una perra fiel, por la puta a
la que él no admite amar o manifiesta su amor hacia ella a través
de la crueldad. Nada nuevo ha sucedido en lo más profundo de su
personalidad. Él ha seguido siendo la misma criatura cristalizada,
monstruosa, autómata -y, al mismo tiempo, el chico bueno e inteligente-
que era antes del delito. Nada se ha disuelto en él. Sus compañeros
de pena odian en él esta fidelidad inderogable a su propio ser,
este ascetismo de la diversidad ignota a sí misma. Hasta que la
madre real muere; muere de inocente dolor, entre delirios de bondad materna,
que aun intuyendo la verdad no quiere admitirla, etcétera. Tal muerte,
en principio, no significa nada. Es una muerte en el registro civil. Sin
embargo, era indispensable para que finalmente se disolviese algo dentro
de su obstinado hijo. Esto ocurre de golpe y sin ninguna razón.
Se asemeja
un poco a la que los cristianos llaman «conversión»
o los filósofos Zen «iluminación»: es decir,
un cambio radical que se produce en un momento cualquiera o incluso banal.
Una tarde, en una pausa de trabajo, sobre un desmonte, delante de una gran
llanura iluminada por un pálido y tibio sol, donde, a lo lejos,
están acampados unos nómadas, nuestro héroe siente
de golpe que ama a la chica que le ha seguido: que la ama de manera completa,
absoluta, como no había podido amar a su madre de niño. ¡Era
así de sencillo!
Dostoievski
no sólo ha prefigurado a Nietzsche y toda la cultura nietzschiana,
no sólo ha prefigurado a Kafka, es decir, al menos la mitad de la
literatura del siglo XX (de hecho, basta quitar la descripción del
delito, y dejar todo el resto tal cual: y Crimen y castigo se convierte
en un enorme y convulso Proceso), sino que incluso ha prefigurado,
precedido, pretendido a Freud. A menos que él supiese ya
todo lo que Freud habría descubierto. Éste mío no
es más que un humilde parloteo y un análisis psicoanalítico
improvisado; pero yo podría demostrar, en un ensayo documentado,
que en Crimen y castigo hay un número impresionante de expresiones
«explícitamente» psicoanalíticas. Esto me llena
de una inmensa admiración, equivalente al menos a la que siento
por la incomparable «escenografía» de la novela.

Fëdor Dostoevskij,
Delitto
e castigo
Un
giovane uomo di ventitré anni - un bel ragazzo anche se così
pallido e magro - è «traumatizzato» dall’amore della
madre (e per ampliazione, della sorella). La situazione è, per noi,
classica: si tratta di una passione infantile edipica. Egli è rimasto
impietrito da quell’amore con tanta violenza provato e ricambiato, quasi
come in una prova di laboratorio. Infatti le conseguenze sono quelle ben
note: la sessuofobia, la freddezza sessuale e il sadismo. Egli sembra innamorarsi
di una ragazza bruna, infelice, intelligente e malata. Che muore presto
di tifo (si direbbe, come egli ha voluto). In questo amore non trova posto
la sensualità. Egli prova altre attrazioni - che non divengono però
mai sessuali - per due altre ragazze giovanissime: una adolescente ubriaca
o drogata che se ne va per la strada (ed egli la protegge da un «pappagallo»,
chiedendo l’aiuto - il che è sintomatico - di un poliziotto) e poi,
per un attimo, verso un’altra giovinetta mendicante (che perciò
fa pena: e la pena è umiliante, può essere umiliante fino
al sadismo). A questa situazione sessuale inconscia (il rapporto edipico
con la madre, esteso alla sorella) si aggiungono altri elementi «oggettivi»
e in gran parte consci. Il nostro ragazzo, infatti, orfano di padre, studia
nella capitale: è mantenuto agli studi per mezzo della misera pensione
di sua madre, e sua sorella è costretta a impiegarsi come istitutrice.
Ciò ha creato degli obblighi al ragazzo verso la famiglia. Terribili
obblighi di gratitudine e di amore, che vengono ad aggiungersi, appunto,
alla violenza amorosa infantile e alla inconsapevole repressione della
madre su di lui. Una madre buona, sì, buona, anzi angelica; borghese,
ma dotata di tutte le qualità migliori della borghesia provinciale:
di quello speciale idealismo, cioè, che non può fare del
proprio figlio che un essere adorato e unico.
Il nostro
eroe è così guidato dal suo inconscio, e si appresta, come
in un incubo kafkiano, a giocare il ruolo che gil è assegnato; ad
esso non può sottrarsi, come un automa, ma può, su esso,
cercare tuttavia delle giustificazioni pretestuali, dei (aberranti, come
vedremo) fondamenti moralistici e teorici. Un giorno gli «viene un’idea»
- proprio come se gli venisse dal di fuori, dall’alto - ed egli come in
un incubo, appunto, si chiede come mai gli sia venuta una simile idea «non
sua»: non può sapere infatti che gli viene dal basso. E così
si appresta a elaborarla, a impossessarsene (attraverso la teorizzazione).
Tale
idea è di uccidere una vecchia usuraia, a cui ha dato in pegno degli
oggetti (di famiglia). Resiste a lungo a tale «invito», ma
alla fine, dopo un lungo cerimoniale, cede. Egli ammazza così la
madre. La madre che lo ossessiona con gli obblighi, che gli crea degli
impegni, che lo umilia con la sua ansiosa comprensione, che lo mette di
fronte alla propria impotenza: e che comunque, ancora prima, aveva suscitato
in lui un amore che, per essere orrendamente colpevole, si era - come vuole
il meccanismo - trasformato in odio. Ma non avevamo detto che alla figura
della madre egli aveva annesso anche la figura della soreila? Sì,
e infatti ecco che, appena uccisa la vecchia usuraia, entra in casa la
buona e mite sorella di questa. La porta era stata lasciata aperta (quasi
apposta, perché lei potesse entrare). Inoltre, il nostro assassino
sapeva che egli avrebbe potuto uccidere la usuraia fra le sette e le sette
e mezza circa, appunto perché la sorella era fuori. Egli giunge
invece sui luogo dell’assassinio in ritardo (per colpa - siamo sempre alla
diagnosi da manuale! - di un assopimento protrattosi più a lungo
del previsto). Egli insomma è andato in casa dell’usuraia in ritardo
apposta per dar tempo alla sorda di ritornare. E così ammazza anche
lei. Non solo dunque egli sopprime nelle due vecchie, la propria madre
e la propria sorella, ma sopprime in esse quella «realtà doppia»
che l’amore per la donna è per lui: da una parte la realtà
repressiva, feroce, angosciosa (l’usuraia) e dall’altra la realtà
tenera, affettuosa, mite (la sorella dell’usuraia).
Nella
sua teoria - di carattere nietzschiano - il nostro ragazzo considera il
delitto un «delitto gratuito», fatto per dimostrare a se stesso,
da una parte, di essere un uomo superiore (che non esita a delinquere pur
di raggiungere il proprio scopo: arricchire per studiare, diventare uno
scienziato, un filosofo, un benefattore dell’umanità), dall’altra,
di essere addirittura un «superuomo», al di là di ogni
valore morale istituito. Insomma egli ondeggia fra il cinismo della Realpolitik
e
la grandezza dell’azione pura. In tutti i casi è chiaro che siamo
ancora nel laboratorio: egli ha infatti bisogno semplicemente di superare
il proprio «complesso di inferiorità» derivante da tutte
le circostanze che abbiamo visto.
Senonché
- com’era fatale - dopo la sua spaventosa impresa, egli sarà costretto
a parlare di «fallimento»: e si ritroverà di fronte
alla propria «inferiorità» (che però a lui si
manifesta solo come incapacità a nascondere le tracce del delitto,
e soprattutto, come incapacità a resistere agli impulsi della morale
comune che richiede il rimorso e la confessione della colpa).
In realtà
il «fallimento» consiste in qualcos’altro. Consiste nel fatto
che la liberazione dalla propria madre attraverso l’assassinio dell’usuraia
«doppia» (buona e cattiva), è una liberazione simbolica.
Nella realtà, eccola, la madre (con la sorella) che arriva in treno
dalla profonda provincia. È una vera e propria resurrezione, la
riapparizione di un fantasma. Il delitto è stato davvero «inutile»!
La madre e la sorella portano innocenti con sé, non solo tutto l’orrendo
fardello di amore infantile, ma, per di più, tutte le esigenze e
gli obblighi di una vita da vivere, coi suoi problemi pratici e il suo
spietato idealismo da non tradire.
La sorte
del nostro assassino è dunque ancora interamente da decidere e da
vivere. Tutto è da ricominciare da capo. Ma, ormai, il nostro eroe
non può più farlo. La sua è ormai una vita che scorre
per inerzia, ed egli percorre dunque tutte le tappe obbligate che usa percorrere
- quasi secondo delle perfette norme fissate una volta per sempre - un
colpevole che finirà per costituirsi, confessare ed espiare. Ormai,
quelle che contano sono le vite degli altri, che si sviluppano intorno
alla sua.
Durante
la sua via crucis (non evangelica, perché egli, naturalmente,
è ostacolato continuamente e fino in fondo dall’interpretazione
«conscia» che egli dà ai fatti: la sua sfida moralistica
al mondo e il suo fallito tentativo d’essere un uomo superiore) egli tuttavia
su una vita, più che sulle altre, continua a influire, prima di
diventare un «morto civile». Si tratta della vita di una ragazza
- un’adolescente come quelle intraviste e «rimosse» per la
strada - in tutto e per tutto símile alia sorella dell’usuraia,
e quindi alla madre «buona, mite, idealistica». L’identificazione
di questa ragazza con la sorella dell’usuraia e con la madre dell’infanzia
è perfetta: anche letteralmente. Il sentimento del nostro eroe verso
questa ragazza dovrebbe essere d’amore (e infatti lo è): ma si tratta
di un amore privo di un elemento essenziale, cioè il sesso. Il quale
si manifesta (ancora e irrimediabilmente!) attraverso il sadismo. Il giovane
infatti confessa a lei, per sadismo, la propria colpa: e continua del resto
a tormentarla in tutti i modi. Essa oltre tutto è costretta dalla
miseria, benché quasi una bambina, a fare la puttana. E ciò
scatena ancor più la sessuofobia e il puritanesimo del nostro eroe
che ignora perfettamente di avere un sesso. Naturalmente, non appena egli
si accorge di provare un sentimento di amore verso di lei, lo sente
subito come odio. E per contro, l’amore ingenuo, immenso e incondizionato
di lei per lui, ricomincia a creargli quel sentimento quasi cosmico di
insopportazione che gli aveva creato l’amore della madre. È inutile
dire che egli, seviziando questa ragazzina, sevizia se stesso. Come già,
ammazzando le due vecchie donne, aveva infierito su se stesso. Anche questo
è da manuale. Non per niente poco prima di spaccare con la scure
la povera, indifesa, teneta nuca della malvagia vecchia (la madre, invecchiando,
diviene infantile), il nostro eroe aveva fatto un orribile sogno: dei giovinastri,
nella sua cittadina di provincia, per dove egli carnminava tenendo per
mano il padre (!) ammazzano, seviziandola in modo atroce, una povera, magra
cavallina (che egli alla fine, quando sarà finalmente morta, andrà
a baciare disperatamente nel muso): ma il fatto rilevante è che,
benché si tratti di una «cavallina», egli, parlandone
col padre e con gli astanti, appunto perché infante, la chiama «cavallino».
Dunque chi è stato torturato, seviziato, massacrato, ucciso: una
cavallina o un cavallíno?
Dopo la confessione
del suo delitto e la sua condanna ai lavori forzati, il nostro eroe è
seguito, come da una cagna fedele, dalla puttana che egli non ammette di
amare, oppure manifesta il suo amore verso di lei attraverso la crudeltà.
Niente di nuovo è successo nel profondo della sua personalità.
Egli è rimasto la stessa creatura cristallizzata, mostruosa, automatica
- e, nel tempo stesso, il ragazzo buono e intelligente - che era prima
del delitto. Niente si è sciolto in lui. I suoi compagni di pena
odiano in lui questa fedeltà inderogabile al proprio essere, questo
ascetismo della diversità ignota a se stessa. Finché la madre
vera muore; muore di innocente dolore, tra deliri di bontà materna,
che pur intuendo la verità non vuol ammetterla, ecc., ecc. Tale
morte in principio non significa nulla. È una morte anagrafica.
Eppure essa era indispensabilie perché finalmente qualcosa si sciogliesse
dentro il suo ostinato figlio. Ciò avviene di colpo e senza nessuna
ragione.
Assomiglia
un po’ a queila che i cristiani chiamano «conversione» o i
filosofi Zen «illuminazione»: cioè un mutamento radicale
che si verifica in un momento qualunque o addirittura banale. Un dopopranzo,
in una pausa di lavoro, sopra uno sterro, davanti a una grande pianura
illuminata da un pallido e tiepido sole, dove, lontano, sono accampati
dei nomadi, il nostro eroe sente di colpo di amare la ragazza che l’ha
seguito: di amarla in modo completo, assoluto, così come non aveva
potuto amare la madre da bambino. Era tanto semplice!
Non solo
Dostoevskij ha prefigurato Nietzsche e tutta la cultura nietzschiana, non
solo ha prefigurato Kafka, cioè almeno metà della letteratura
del Novecento (basta infatti togliere la descrizione del delitto iniziale,
e lasciare tutto il resto così com’è: e Delitto e castigo
diventa un enorme e convulso Processo) , ma addirittura ha prefigurato,
precorso, preteso Freud. A meno che egli non sapesse già
tutto ciò che Freud avrebbe scoperto. Questa mia non è che
un’umile chiacchierata e un’analisi psicanalitica a braccio; ma potrei
però dimostrare, in un saggio documentato, come in Delitto e
castigo ci sia un numero impressionante di espressioni «esplicitamente»
psicanalitiche. Ciò mi riempie di una sconfinata ammirazione, pari
almeno a quella che sento per la impareggiabile «sceneggiatura»
del romanzo.
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