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Ladies and gentlemen
Hablando con Man
Ray de mi película
Los 120 días de Sodoma ha habido
un punto en el que mi interlocutor no ha entendido. Man Ray es brillante,
inteligente, presente. Su manierismo es fresco como hace cuarenta años.
No hay ninguna razón en el mundo por la que él no pueda entender
algo.
Pero
más que falta de entendimiento había en él una oscuridad,
un vacío. ¿De qué se trataba? Yo le había dicho
que había ambientado la novela de Sade en 1945 en Salò. Era
eso lo que él no comprendía. No lo entendía porque
se le escapaba el hecho de que 1945 fuese un año especialmente significativo
(el fin de una guerra: ¿y bien? ¿En 1918 no había
acabado otra?), y, sobre todo, se le escapaba el hecho de que Salò
hubiese sido la capital de una pequeña república fascista.
Es más, incluso confundía Salò con “salaud”, con mi
completa satisfacción, por otra parte.
¿Andy
Warhol me habría entendido mejor? No sé si también
Warhol, como Man Ray, es un admirador de Sade. Sus travestidos tienen un
conmovedor atrevimiento que no es precisamente sadiano. ¿Pero para
Warhol es significativo el año 1945, y la palabra Salò le
dice algo?
Es una
pregunta un poco decorativa, lo sé. Pero la hago porque en ella
se aglutina una serie o, mejor dicho, una maraña de preguntas. ¿La
historia, para Warhol, puede ser dividida? ¿Puede haber un momento
en el que termine un modo de ser suyo y comience otro? ¿Puede haber
una división histórica en el universo en que vivimos y, por
tanto, en el pequeño universo concentrado y valioso en el que trabajamos?
¿Puede existir una línea divisoria entre los hombres? ¿Y
en particular en sus conciencias? ¿Y más en particular aún
en el terreno ideológico de sus conciencias? ¿Hay algo que
pueda resquebrajar el “todo único” que la mente profanadora del
artista -por puro juego- pone en discusión totalmente, ridiculiza
o adora, venera o frustra? ¿Puede el fascismo romper algo en ese
“todo único”? ¿O, por el contrario, puede una revolución
marxista primero separarlo a través de esa oposición fatal
y total que es la lucha de clases, y después transformarlo hasta
hacerlo desaparecer?
Un mensaje
que desde Europa llega a América implica todas estas divisiones,
estos desdoblamientos, estas oposiciones de la realidad: y es misterioso
por eso. Al contrario, un mensaje que desde América llega a Europa
implica indivisibilidad, homogeneidad, compacidad: proviene de una entropía.
Y por eso es aún más misterioso.
Tengo
ante mis ojos las serigrafías y algunas pinturas de Warhol. Mi sensación
es la de estar frente a un fresco ravenés que representa figuras
isocéfalas, todas, se entiende, frontales. Repetidas hasta el punto
de perder su propia identidad y de ser reconocibles, como los gemelos,
sólo por el color de su vestimenta.
El ábside
de la catedral que Warhol construye y luego lanza al viento dispersándola
en los muchos recortes de las figuras isocéfalas y repetidas, es,
en efecto, bizantino.
El arquetipo
de las varias figuras es siempre el mismo: perfectamente ontológico.
Es la
calidad de vida americana que parecería ser el equivalente de la
sacralidad autoritaria de la pintura oficial cristiana de los orígenes:
es decir, proporcionar el modelo metafísico de cada posible figura
viviente. A ese modelo no hay alternativas: sino sólo variaciones.
El hombre americano es único, a pesar del pluralismo efectivo y
reconocido. Es más fuerte, en definitiva, el Modelo que las infinitas
personas reales que pueden pasar por la Calle 42 a las siete de una tarde
de verano. Si además el ambiente «seleccionado» se restringe
al «Golden Grape», nada puede oponerse al Modelo, de no ser
unas variaciones reducidas al mínimo: una repetición obsesiva,
la Obsesión. El nombre y el apellido de los travestidos no bastan,
su filiación es irrelevante; ellos son absorbidos en la unicidad
de la Persona que les prefigura, situándose junto a otras Personas
arquetípicas en el cielo de la Entropía americana. Estamos
frente al Travestido y a la restringida rosa de sus, aunque innumerables,
variaciones. Cuando sepamos que uno de los Travestidos “particulares” se
llama Candy Darling y ha muerto de cáncer en la clínica dando,
el día antes de su fallecimiento, una fiesta en honor a las “amigas”
-fiesta caracterizada por una descabellada cantidad de rosas blancas-,
conoceremos un dato que nada cambia a la Persona apriorística y
única de la serigrafía.
¿En
qué consisten las variaciones? En dos órdenes o estratos
de técnicas: a) la fotografía de los sujetos (aumento, estampado
por serigrafía); b) la coloración del aumento. Como se ve,
se trata de dos “aplicaciones” aplicadas una sobra la otra. Sobre la superficie
blanca se hace estallar primero la realidad (física, psicológica,
sociológica): y después, sobre sus últimos, deteriorados
fragmentos, se pega el affiche fúnebre que lo fija en su
instante inextinguible de pura vitalidad. La segunda operación es
la más propiamente pictórica: las tintas acrílicas
-también, no del todo matéricas- se disponen -sobre la superficie
que contiene la fotografía dilatada- de una manera aparentemente
casual. Pero no se trata de “manchas”, sino de “recortes”, pegados. La
imprenta funde todo en una única superficie. La elección
de las formas del «recorte pegado» y sus colores, se encomienda
a una especie de inspiración calculada y casi automática.
Las formas del recorte pegado juegan con las formas realistas de la fotografía
-desdoblándolas, desequilibrándolas, exaltándolas-
en superposiciones siempre desfasadas respecto a la anatomía pero
siempre subordinadas a la anatomía (privilegiando los ojos, las
bocas, los cabellos y los fondos). La remisión cultural más
directa de tal técnica es a los carteles publicitarios y a los affiches
formalistas, así como a detalles de la pintura fauve.
En cuanto
al primer orden o estrato técnico -el de la fotografía- hay
que observar que la fotografía parece siempre obsesivamente la misma;
siempre frontal o en primer plano, nunca de perfil; siempre “afectada”,
nunca natural; siempre a la manera “Estrellas” cinematográficas,
nunca a la manera de lo cotidiano captado al vuelo. Esto “quema” la psicología:
pero relativamente.
De hecho,
los rasgos o las características personales hablan de por sí
un lenguaje psicológico incluso y a pesar del esfuerzo por autoanularse
(aun antes de ser fotografía o pintura) en un cliché
humano. ¿El esfuerzo que hacen estos Travestidos para mostrarse
triunfalistas no es de una veleidosa y conmovedora humanidad? Pero ellos
no van más allá de este esfuerzo. Se entiende, el “Distinto”
en su ghetto permisivo de New York puede triunfar a costa de no salirse
de un comportamiento que lo haga reconocible y tolerable. La protervia
femínea de estos varones no es más que la mueca de la víctima
que quiere conmover al verdugo con una bufonesca dignidad regia. Y es esa
mueca la que hace a todos estos Travestidos psicológicamente iguales,
como dignatarios bizantinos en un ábside estrellado.
Por lo
tanto, también el universo de Warhol es de algún modo doble,
vive en un drama de oposición. Pero las que se oponen son dos ontologías:
la ontología formal y la ontología psicológica. A
una serie de manchas (recortes coloreados) cuya estructura está
decidida apriorísticamente incluso cuando es parcialmente dejada
al azar, se opone una serie de retratos fotográficos cuyo significado
es igualmente apriorístico y predeterminado.
El mensaje
de Warhol para un intelectual europeo es una unidad esclerótica
del universo, en el que la única libertad es la del artista, que,
despreciándolo sustancialmente, juega con él.
La representación
del mundo excluye toda posible dialéctica. Es, al mismo tiempo,
violentamente agresiva y desesperadamente impotente. Sin embargo, en su
perversidad de “juego” cruel, astuto e insolente, hay una sustancial e
increíble inocencia.
Ladies and gentlemen
Parlando con Man
Ray del mio film Le 120 giornate di Sodoma c’è stato un punto
in cui il mio interlocutore non ha capito. Man Ray è lucido, intelligente,
presente. Il suo manierismo è fresco come quarant’anni fa. Non c’è
nessuna ragione al mondo per cui egli non possa capire qualcosa.
Ma più
che mancanza di comprensione c’era in lui un buio, un vuoto. Di che si
trattava? Io gli avevo detto che avevo ambientato il romanzo di Sade nel
1945 a Salò. Era questo che egli non capiva. Non lo capiva, perché
gli sfuggiva il fatto che il 1945 fosse un anno particolarmente significativo
(la fine di una guerra: ebbene ? Nel 1918 non ne era finita un’altra?),
e soprattutto gli sfuggiva il fatto che Salò fosse stata la capitale
di una piccola repubblica fascista. Anzi addirittura prendeva Salò
per “salaud”, con mia completa soddisfazione, del resto.
Andy
Warhol mi avrebbe capito meglio? Non so se anche Warhol sia, come Man Ray,
un cultore di Sade. I suoi travestiti hanno un commovente ardire che non
è precisamente sadiano. Ma è significativo per Warhol il
1945, e la parola Salò gli dice qualcosa?
È
una domanda un po’ decorativa, lo so. Ma la faccio perché in essa
si coagula una serie o meglio un groviglio di domande. La storia per Warhol
può essere divisa? Può avere un momento in cui un suo modo
di essere finisce e ne comincia un altro? Ci può essere una divisione
storica nell’universo in cui viviamo e, dunque, nel piccolo universo concentrato
e prezioso in cui lavoriamo? Può scorrere una linea divisoria tra
gli uomini? E in particolare nelle loro coscienze? E più in particolare
ancora nel terreno ideologico delle loro coscienze? C’è qualcosa
che possa incrinare il “tutto unico” che la mente dissacratrice dell’artista
– per puro gioco – mette in discussione totalmente – deride o adora, venera
o vanifica? Il fascismo può spezzare qualcosa in quel “tutto unico”?
O al contrario, una rivoluzione marxista può, prima, separarlo attraverso
quella opposizione fatale e totale che è la lotta di classe, e poi
trasformarlo fino a farlo sparire?
Un messaggio
che dall’Europa giunga in America implica tutte queste divisioni, questi
sdoppiamenti, queste opposizioni della realtà: ed è misterioso
per questo. Al contrario un messaggio che dall’America giunga in Europa
implica unitarietà, omogeneità, compattezza: proviene da
un’entropia. Ed è per questo ancora più misterioso.
Ho davanti agli occhi
le serigrafie ed alcuni dipinti di Warhol. L’impressione è di essere
di fronte a un affresco ravennate rappresentante figure isocefale, tutte,
s’intende, frontali. Iterate al punto da perdere la propia identità
e di essere riconoscibili, come i gemelli, dal colore del loro vestito.
L’abside
della cattedrale che Warhol costruisce e poi getta al vento disperdendola
nei tanti ritagli delle figure isocefale e iterate, è in effetti
bizantina.
L’archetipo
delle varie figure è sempre lo stesso: perfettamente ontologico.
È
la qualità di vita americana che sembrerebbe essere l’equivalente
della sacralità autoritaria della pittura ufficiale cristiana delle
origini: fornire cioè il modello metafisico di ogni possibile figura
vivente. A tale modello non ci sono alternative: ma solo varianti. L’uomo
americano è unico, malgrado il pluralismo effettivo e riconosciuto.
È più forte insomma, il Modello, che le infinite persone
reali che possono passare per la 42ma Strada alle ore sette di una sera
d’estate. Se poi l’ambiente « prelevato » si restringe al «Golden
Grape», esso nulla può opporre al Modello, se non delle varianti
ridotte al minimo : una iterazione ossessiva, l’Ossessione. Il nome e il
cognome dei travestiti non bastano, la loro anagrafe è irrilevante;
essi vengono assorbiti nell’unicità della Persona che li prefigura,
accampandosi accanto ad altre Persone archetipe nel cielo dell’Entropia
americana. Siamo di fronte al Travestito e alla ristretta rosa delle
sue, sia pur innumerevoli, varianti. Quando sapremo che uno dei Travestiti
“particolari” si chiama Candy Darling ed è morto di cancro in clinica
dando, il giorno prima della sua morte, una festa in onore delle “amiche”
– festa caratterizzata da una folle quantità di rose bianche – verremo
a conoscenza di un dato che nulla cambia alla Persona aprioristica e unica
della serigrafia.
In cosa
consistono le varianti? In due ordini o strati di tecniche: a) la fotografia
dei soggetti (ingrandimento, stampa serigrafica); b) la colorazione dell’ingrandimento.
Como si vede, si tratta di due “applicazioni” applicate una sull’altra.
Sulla superficie bianca viene fatta prima esplodere la realtà (fisica,
psicologica, sociologica): e poi, sui suoi ultimi, consunti brandelli,
vi viene incollata l’affiche funebre che la fissa nel suo attimo
inestinguibile di pura vitalità. La seconda operazione è
la più propriamente pittorica: le tinte acriliche – pure, del tutto
non materiche – vengono disposte – sulla superficie contenente la fotografia
dilatata – a campitura apparentemente casuale. Ma non si tratta di “macchie”,
bensì di “ritagli”, incollati. La stampa fonde tutto in un’unica
superficie. La scelta delle forme del «ritaglio incollato»
e i suoi colori, è affidata a una sorta di ispirazione calcolata
e quasi automatica. Le forme del ritaglio incollato giocano con le forme
realistiche della fotografia – sdoppiandole, squilibrandole, esaltandole
– in sovrapposizioni sempre sfasate rispetto all’anatomia ma sempre subordinate
all’anatomia (privilegiando gli occhi, le bocche, i capelli e i fondi).
Il richiamo culturale più diretto di tale tecnica è ai cartelli
pubblicitari e alle affiches formalistiche, oltre che a dettagli
di pittura fauve.
Quanto
al primo ordine o strato tecnico – quello della fotografia – c’è
da osservare che la fotografia sembra sempre ossessivamente la stessa;
sempre frontale o di quinta, mai di profilo; sempre “atteggiata”, mai dal
vero; sempre alla maniera “Stelle” cinematografiche, mai alla maniera del
quotidiano colto al volo. Ciò “brucia” la psicologia: ma relativamente.
Infatti
i lineamenti o connotati parlano di per sé un linguaggio psicologico
anche e malgrado lo sforzo di auto-annullarsi (ancor prima di essere fotografia
o dipinto) in un cliché umano. Lo sforzo che fanno questi
Travestiti per mostrarsi trionfalistici non è di una velleitaria
e commovente umanità? Ma oltre a questo sforzo essi non vanno. Si
capisce, il “Diverso” nel suo ghetto permissivo di New York può
trionfare a patto di non uscire da un comportamento che lo renda riconoscibile
e tollerabile. La protervia femminea di questi maschi non è che
la smorfia della vittima che vuol commuovere il carnefice con una buffonesca
dignità regale. Ed è tale smorfia che rende questi Travestiti
tutti
psicologicamente uguali, come dignitari bizantini in un’abside stellata.
Dunque
anche l’universo di Warhol è in qualche modo doppio, vive in dramma
oppositorio. Ma ad opporsi sono due ontologie: l’ontologia formale e l’ontologia
psicologica. A una serie di macchie (ritagli colorati) la cui struttura
è decisa aprioristicamente anche quando è parzialmente lasciata
al caso, si oppone una serie di ritratti fotografici il cui significato
è ugualmente aprioristico e predeterminato.
Il messaggio
di Warhol per un intellettuale europeo è una untità sclerotica
dell’universo, in cui l’unica libertà è quella dell’artista,
che, sostanzialmente disprezzandolo, gioca con esso.
La rappresentazione
del mondo esclude ogni possibile dialettica. È, al tempo stesso,
violentemente aggressiva e disperatamente impotente. C’è dunque,
nella sua perversità di “gioco” crudele, astuto e insolente, una
sostanziale e incredibile innocenza.
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