A un muchacho / A un ragazzo
(1956-57)
La religione del mio tempo, 1961
. Tutte le poesie, Tomo I, Meridiani Mondadori, Milano 2003
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Nella foto sopra: Elsa Morante, Bernardo Bertolucci, Adriana Asti e Pier Paolo Pasolini.
Sotto: Bernardo Bertolucci e Pasolini.

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Il ragazzo della poesia è Bernardo Bertolucci. Ma Pasolini ricorda anche il fratello Guido, morto ancora ragazzo...
[La muerte del hermano Guido]
[La morte del fratello Guido]


 


 
 


























 

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A un muchacho

Tan nuevo en la luz de estos meses nuevos
que vuelven sobre Roma y que a nosotros, anclados

en otra parte a una luz de otros tiempos,
nos parecen traídos por vientos vanos,

tú, con fresco pudor e ingenuamente
despiadado descubres para tí y para nosotros tu presencia.

Con la sonrisa turbada de quien soporta
timidez y juventud con alegría,

vienes entre los amigos adultos y con humilde
orgullo, ardientemente mudo, te sientas atento

a nuestras ironías, a nuestras pasiones.
Te dispones a imitarnos y a mantenerte distante

avergonzándote casi de tu corazón festivo…
¡Te gusta este mundo! Acaso no por nuevo

sino porque existe: para tí, para que seas
nuevo testigo, dulce-contento por ello…

Te quedas con nosotros unos minutos, discreto,
y aunque tímido hablas apuntando la agudeza

de la jovial, paterna y precoz sabiduría.
Expones orgulloso tu debilidad

de adolescente, herido apenas por el ridículo
que tiene la humildad excesiva en un mundo enemigo…

En el momento justo nos dejas, regresas
a la secreta luz de tus primeros días:

a la luz que a buen seguro tú puedes contar
ni nosotros recordar, una luz de abril

en que la conciencia roza con sus brotes
tan sólo la vida, aún no la historia.

Tú quieres SABER, de nosotros: aunque no preguntes
o preguntes callando, ya apartado y de pie,

o plantees alguna pregunta con ojos vergonzosos,
sabiendo tu corazón que es vano tu atrevimiento

si de nosotros quieres saber lo que a tus ojos
somos, si quieres que las perdidas noches

del nuestro tiempo sean como pretende
tu fantasía, y que tan heroica como ella sea

la parte de vida que hemos consumido
como muchachos desesperados en una patria afrentada.

Quieres saber los miedos mudos y los inmaduros actos
-entre escombros, cárceles y calles vacías-

de nuestras figuras para tí ya remotas.
Quieres saber, y el rostro infantil se te incendia,

tú tan puro, el mal, tan límpido el odio
que está en los recuerdos reavivados donde clavas

el ojo herido, tomando partido, enteramente,
por quien luchaba en nombre del sentimiento verdadero.

Quieres saber qué hemos ganado
con aquella aventura, en qué ha cambiado

el espíritu de esta pobre nación
donde sientes entre nosotros tu primera pasión;

esperando que todo lo que te precede, Iglesia
y Estado, Riqueza y Pobreza, encuentren 

entendimiento en tu dulce deseo de vida…
Quieres saber el origen de tu pudorosa

ansia de saber, si ésta ya dio prueba
de tanta vida en nosotros y ahora incuba

nueva vida en tí, en tus coetáneos.
Quieres saber qué es la oscura libertad

descubierta por nosostros y encontrada por tí,
gracia también ésta, en la tierra renacida.

Quieres SABER. No hay pregunta sobre un hecho
para el que no hay respuesta: que sólo tiembla en el pecho.

La respuesta, si la hay, está en el puro
aire del crepúsculo, encendido sobre las tapias

del Vascello, a lo largo de los edificios
apiñados en el corazón del sol que declina.

Las tardes desesperadas por la excesiva tibieza
que en los fríos otoños olvidada muere

u olvidada en nuevas primaveras
de pronto vuelve -las exasperadas tardes

en las que tú, feliz por tu ropa nueva
o por la inminente cita con jóvenes sencillos

como tú, felices, sales ligero de casa
mientras en el barrio suena la tarde invadida

por el último sol- pienso en aquel serio, candoroso
muchacho, cuyo silencio está en tu pregunta.

Sólo él, en verdad, podría responderte
si en él fue, como en ti, pura esperanza el mundo.

Era una mañana en la que soñaba inconsciente
una luz de mar en el horizonte rosado:

cada brizna de hierba, crecida a duras penas,
era una brizna de ese esplendor opaco e inmenso.

Veníamos callados por el talud escondido,
a lo largo de la vía del tren, ligeros y aún cálidos

de nuestro último sueño común en el desnudo
granero entre los campos que era nuestro refugio.

Al fondo Casarsa alboreaba sin aliento
con el terror de la última proclama de Graziani;

y la estación, golpeada por el sol contra la sombra
de los montes, estaba vacía: más allá de los ralos troncos

de moreras y de zarzas, solo en la hierba
de la vía, esperaba el tren de Spilimbergo…

Le vi alejarse con su maletita
en la que, dentro de un libro de Montale, apretado

entre un poco de ropa, estaba su revólver; le vi alejarse
en el blanco color del aire y de la tierra.

Los hombros un poco justos en la americana
que había sido mía, la nuca jovencita…

Volví por el camino ardiente,
por la hierba de marzo bajo el benigno sol;

entre fango verde de ortigas, la acequia
callaba en una paz de antiguas primaveras,

y los renacidos rábanos que exhalaban
un olor apagado y agudo de rocío

cubrían el dorso de la vieja escarpadura,
grande como la tierra en el aire caliente.

Después torcía el sendero hacia el corazón del campo:
libres en el orden humilde, locos en la cristiana

paz del trabajo, mudos en el amor elocuente,
callaban las moreras, bosquecillos de alisos y saúcos,

viñas y caseríos azules de sulfato
en el viejo mediodía de la viva creación.

Demandando saber, tú nos quieres atrás
ligados a ese dolor que aún empaña el pecho.

Nos quitas esta luz que para ti brilla entera,
pues es de la nueva juventud cada nueva tarde…

Nosotros, envejecidos, ya no damos más
que doloroso amor a tu risueño hambre.

Incluso tu piedad ¿qué dice
sino que la vida sólo en ti es feliz?

Pues por suerte ese pasado nuestro,
real, mas como un sueño, está en tu corazón agradecido.

En realidad no existe, eres libre de él y buscas
en él tan sólo lo que puede servirte ahora…

En tu vida nueva no ha existido nunca
fascismo o antifascismo: nada de lo que sabes

porque quieres saber: en ti existe sólo,
como una cruel y dulce flor, el presente.

Que todo realmente ha renacido -y que todo
está acabado- está escrito en tu sonrisa amiga.

Es vicio recordar, aunque es deber;
a esas mañanas muertas, a esas muertas tardes

de hace doce años, no sabes si es más
el rencor o la nostalgia lo que ata nuestro corazón…

¡Fuese conciencia abstracta la sombra que nos envejece,
voz que contradice la presencia vital!

¡Fuese, como es en ti, despiadada alegría
de saber y no la amargura de saber que hay en nosotros!

Lo que podíamos responderte se ha perdido.
Sólo puede hablarte -si tú, muchacho, conoces el mudo

nuevo lenguaje suyo de muchacho- quien
allá quedó, en la luz del llanto…

Ya casi era verano y los colores más bellos
ardían en el suave sol de Friuli.

El maíz ya alto era una bandera
desplegada en la tierra, y el viento la movía

entre las tiernas luces, reaparecidas para henchir
de antigua fiesta el aire entre los montes y el mar.

Todos estaban llenos de desesperada alegría:
sobre el tibio polvo de las calles, galerías

y balcones tremolaban de pañuelos rojos
y trapos tricolores; por los senderos, por las zanjas,

pandillas de muchachos iban felices
de una comarca a otra, salidos a un nuevo mundo.

Mi hermano no estaba y yo no podía
gritar de dolor, era demasiado corto

el camino al granero perdido en los campos, donde
durante un año la ingenua, eternamente joven,

pobre madre nuestra había esperado, y ahora
seguía esperando, bajo el templado sol…

Pero tiene razón la vida que está en ti: la muerte,
que está en tu coetáneo y en nosotros, se equivoca.

Nosotros deberíamos preguntar, como haces tú, deberíamos
querer saber con tu corazón que florece.

Pero la sombra que está ya dentro de nosotros
gana cada vez más tiempo, afloja todo lazo

con la vida que, aún, una fuerza amarga
nos anima en vano a vivir y comprender…

Ay, lo que tú quieres saber, jovencito,
acabará sin ser preguntado, se perderá no dicho.
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A un ragazzo

Così nuovo alla luce di questi mesi nuovi 
che tornano su Roma, e che a noi altrove

ancorati a una luce d’altri tempi,
sembrano portati da inutili venti,

tu, con fresco pudore, e ingenuamente senza 
pietà, scopri per te, per noi, la tua presenza.

Col sorriso confuso di chi la timidezza 
e l’acerbità sopporta con allegrezza,

vieni tra gli amici adulti e fieramente 
umile, ardentemente muto, siedi attento

alle nostre ironie, alle nostre passioni. 
Ad imitarci, e a esserci lontano, ti disponi,

vergognandoti quasi del tuo cuore festoso... 
Ti piace, questo mondo! Non forse perché è nuovo,

ma perché esiste: per te, perché tu sia 
nuovo testimone, dolce-contento al quia...

Rimani tra noi, discreto per pochi minuti 
e, benché timido, parli, con i modi già acuti

dell’ilare, paterna e precoce saggezza. 
Esponi, orgoglioso, la tua debolezza

di adolescente, leso appena al ridicolo 
che ha la troppa umiltà in un mondo nemico...

Al giusto momento, ci lasci, ritorni 
alla segreta luce dei tuoi primi giorni:

alla luce che certo tu non puoi dire 
né, noi, ricordare, una luce d’aprile

in cui la coscienza con le sue gemme sfiora 
solo la vita, non la storia ancora.

Tu vuoi SAPERE, da noi: anche se non chiedi 
o chiedi tacendo, già appartato e in piedi,

o tenti qualche domanda, gli occhi vergognosi, 
ben sentendo in cuore ch’è vano ciò che osi,

se di noi vuoi sapere ciò che noi ai tuoi occhi 
ormai siamo, vuoi che le perdute notti

del nostro tempo siano come la tua fantasia 
pretende, che eroica, com’è eroica essa, sia

la parte di vita che noi abbiamo spesa 
disperati ragazzi in una patria offesa.

Vuoi sapere le mute paure e le immature azioni
-  tra macerie, strade deserte e prigioni - 

delle nostre figure per te ormai remote. 
Vuoi sapere, e il viso infantile ti si infuoca,

tu, così puro, il male, così limpido l’odio, 
ch’è nei riaccesi ricordi su cui inchiodi

l’occhio ferito, parteggiando intero 
per chi lottava in nome del sentimento vero.

Vuoi sapere che cosa abbiamo ricavato 
da quell’avventura, in che cosa è mutato

lo spirito di questa povera nazione 
dove provi tra noi la tua prima passione;

sperando che ogni atto che ti preesiste, Chiesa 
e Stato, Ricchezza e Povertà, intesa

trovino nel tuo dolce desiderio di vita... 
Vuoi sapere l’origine della tua pudica

voglia di sapere, s’essa ha già dato prova 
di tanta vita in noi, e adesso cova

già nuova vita in te, nei tuoi coetanei. 
Vuoi sapere cos’è l’oscura libertà,

da noi scoperta e da te trovata,
grazia anch’essa, nella terra rinata.

Vuoi SAPERE. Non hai domanda su un oggetto 
su cui non c’è risposta: che trema solo in petto.

La risposta, se c’è, è nella pura 
aria del crepuscolo, accesa sulle mura

del Vascello, lungo le palazzine
assiepate nel cuore del sole che declina.

Le sere disperate per il troppo tepore 
che nei freddi autunni, dimenticato muore,

o, dimenticato, in nuove primavere 
torna improvviso -  le disperate sere

in cui, tu, felice pei tuoi abiti freschi, 
o il fresco appuntamento con giovani modesti

come te, e felici, esci svelto di casa, 
mentre nel rione suona la sera invasa

dall’ultimo sole -  penso a quel serio, candido 
ragazzo, il cui silenzio è nella tua domanda.

Certo soltanto lui ti potrebbe rispondere, 
se fu in lui, com’è in te, pura speranza il mondo.

Era un mattino in cui sognava ignara 
nei rósi orizzonti una luce di mare:

ogni filo d’erba come cresciuto a stento 
era un filo di quello splendore opaco e immenso.

Venivamo in silenzio per il nascosto argine 
lungo la ferrovia, leggeri e ancora caldi

del nostro ultimo sonno in comune nel nudo 
granaio tra i campi ch’era il nostro rifugio.

In fondo Casarsa biancheggiava esanime 
nel terrore dell’ultimo proclama di Graziani;

e, colpita dal sole contro l’ombra dei monti, 
la stazione era vuota: oltre i radi tronchi

dei gelsi e gli sterpi, solo sopra l’erba 
del binario, attendeva il treno di Spilimbergo...

L’ho visto allontanarsi con la sua valigetta, 
dove dentro un libro di Montale era stretta

tra pochi panni, la sua rivoltella, 
nel bianco colore dell’aria e della terra.

Le spalle un po’ strette dentro la giacchetta 
ch’era stata mia, la nuca giovinetta...

Ritornai indietro per la strada ardente 
sull’erba del marzo nel sole innocente;

la roggia tra il fango verde d’ortiche 
taceva a una pace di primavere antiche,

e i rinati radicchi da cui vaporava 
un odore spento e acuto di rugiada,

coprivano il dorso della vecchia scarpata 
grande come la terra nell’aria riscaldata.

Poi svoltava il sentiero in cuore alla campagna:
liberi nell’umile ordine, folli nella cristiana

pace del lavoro, nel parlante amore muti,
tacevano gelseti, macchie d’alni e sambuchi,

vigne e casolari azzurri di solfato, -
nel vecchio mezzogiorno del vivido creato.

Chiedendo di sapere tu ci vuoi indietro, 
legati a quel dolore che ancora oscura il petto.

Ci togli questa luce che a te splende intera, 
ch’è della nuova gioventù ogni nuova sera...

Noi invecchiati ora nient’altro diamo 
che doloroso amore alla tua lieta fame.

Anche la tua stessa pietà, che cosa dice 
se non che la vita solo in te è felice?

Perché, per fortuna, quel nostro passato, 
vero, ma come un sogno, è nel tuo cuore grato.

In realtà non esiste, ne sei libero e cerchi 
di esso solo quanto può adesso valerti...

Nella tua nuova vita non è esistito mai 
fascismo o antifascismo: nulla, di ciò che sai

perché vuoi sapere: esiste solamente 
in te come un crudele dolce fiore il presente.

Che tutto sia davvero rinato -  e finito –
sia tutto -  è scritto nel tuo sorriso amico.

È vizio il ricordare, anche se è dovere; 
a quei morti mattini, a quelle morte sere

di dodici anni or sono, non sai se più rancore 
o nostalgia, leghi il nostro cuore...

L’ombra che ci invecchia fosse astratta coscienza, 
voce che contraddice la vitale presenza!

Fosse, com’è in te, la spietata gioia
di sapere, non l’amarezza di sapere ch’è in noi!

Ciò che potevamo risponderti è perduto. 
Può parlarti -  se, tu ragazzo, sai il muto

suo nuovo linguaggio di ragazzo -  soltanto 
chi è rimasto laggiù, nella luce del pianto...

Era ormai quasi estate, e i più bei colori
ardevano nel mite, friulano sole.

Il grano già alto era una bandiera 
stesa sulla terra, e il vento la muoveva

fra le tenere luci, riapparse a ricolmare 
di festa antica l’aria tra i monti e il mare.

Tutti erano pieni di disperata gioia:
sulla tiepida polvere delle vie ballatoi

e balconi tremavano di fazzoletti rossi 
e stracci tricolori; pei sentieri, pei fossi

bande di ragazzi andavano felici
da un paese all’altro, nel nuovo mondo usciti.

Mio fratello non c’era, e io non potevo 
urlare di dolore, era troppo breve

la strada verso il granaio perso nei campi, dove 
per un anno l’ingenua, eternamente giovane,

povera nostra mamma aveva atteso, e ora 
era lì che attendeva, sotto il tiepido sole...

Ma ha ragione la vita che è in te: la morte, 
ch’è nel tuo coetaneo e in noi, ha torto.

Noi dovremmo chiedere, come fai tu, dovremmo 
voler sapere col tuo cuore che si ingemma.

Ma l’ombra che è ormai dentro di noi guadagna 
sempre più tempo, allenta ogni legame

con la vita che, ancora, un’amara forza 
a vivere e capire invano ci conforta...

Ah, ciò che tu vuoi sapere, giovinetto, 
finirà non chiesto, si perderà non detto.
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Nelle foto sopra e sotto: Guido Pasolini
 
 













 


Pier Paolo Pasolini. Palabra de corsario - Madrid 2005

Madrid 2005: Exposición - Poemas: Indice - Pagine corsare: Sumario