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Poeta de las cenizas / Poeta delle ceneri
Bestemmia. Tutte le poesie, vol. I, Garzanti, Milano 1993
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Poeta de las cenizas
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Soy uno
que nació en una ciudad llena de pórticos en 1922.
Tengo por tanto cuarenta y cuatro años, que llevo bien
(justo ayer, dos o tres soldados, en un arbolado de putas,
me atribuyeron veinticuatro – pobres chicos,
que confundieron a un niño con un coetáneo);
mi padre murió en el 59,
mi madre está viva.
Todavía lloro, cada vez que pienso 
en mi hermano Guido,
un partisano asesinado por otros partisanos, comunistas
(pertenecía al Partido de Acción, pero porque yo se lo consejé:
él había empezado la Resistencia como comunista),
en los montes, malditos, de una frontera
desierta con leves colinas grises y cumbres prealpinas desconsoladas.
En cuanto a la poesía, empecé a los siete años:
pero no era precoz sino en la voluntad.
He sido un “poeta de siete años”
-como Rimbaud- pero solo en la vida.
Ahora, en un pueblo entre el mar y la montaña
donde se desatan fuertes temporales, en invierno llueve intensamente,
en febrero las montañas se divisan claras como el cristal
apenas más allá de las ramas desnudas, y luego nacen las prímulas
inodoras en las zanjas, y en verano las parcelas, minúsculas, de maíz
intercaladas con las verdescuras de alfalfa
se recortan contra el cielo difuminado
como un paisaje misteriosamente oriental –
ahora, en aquel pueblo,
hay un arquibanco lleno de manuscritos de uno los tantos chicos poetas.

Los más importante en mi vida ha sido mi madre
-se le ha sumado, sólo ahora, Ninetto.
En el 42, en una ciudad en la que mi país es tan él mismo
que parece un país de ensueño, con la gran poesía de lo no-poético,
rebosante de campesino y pequeñas industrias,
mucho bienestar,
buen vino, buena comida,
gente educada y tosca, algo vulgar pero sensible,
en aquella ciudad publiqué mi primer librito de versos,
bajo el título, conformista por entonces, de “Poemas en Casarsa”,
dedicado, por conformismo, a mi padre,
que lo recibió en Kenia.
Estaba prisionero allí, víctima ignorante y complaciente
de la guerra fascista.
Le produjo un placer inmenso recibirlo, lo sé:
éramos grandes enemigos,
pero nuestra enemistad formaba parte del destino, estaba más allá de nosotros.
Y la prueba de nuestro odio, prueba irrefutable,
Prueba para una investigación científica que no falla
-que no puede fallar-
¡aquel libro dedicado a él
Estaba escrito en dialecto friulano!
¡El dialecto de mi madre!
El dialecto de un mundo 
pequeño, que él sólo podía despreciar
-o aceptar, en todo caso, con la paciencia de un padre…
Y esto por una contradicción previa:
¡otra de aquellas que no pueden engañar a los especialistas!
Allá donde se hablaba aquel dialecto, él se había enamorado.
Enamorado de mi madre.
Así, por ella, ese mundo pequeño, inferior,
Campesino, casi negro, que él despreciaba,
lo había convertido en un esclavo:
pero esta vez él tampoco lo sabía.
No sabía que su amo era ese amor
que a través de una mujer niña (¡mi madre!),
bella, de cuello hermoso y un alma demasiado inocente
de ángel incapaz de vivir fuera de un pueblo, o del campo,
había frustrado todas sus certezas morales
de hombre mísero hecho para ser él, el amo.
Por lo que aquel dialecto
resultó ser una cosa diabólica.
Era el centro de miles de contradicciones más.
Siendo la más acuciante de ellas la que no podía ser aceptada: 
(porque) había sido consagrada por la imprenta
y las páginas candorosas de un libro de poesía
cuyo Autor era el hijo de veinte años.
De modo que ni siquiera resultaba posible comenzar el análisis,
dado que no eran admisibles
semejantes contradicciones: que fueron como nubes negras
con truenos atroces, índice de derrota absoluta y de muerte,
en el trasfondo del luminoso horizonte del orgullo de un padre prisionero.
Pues bien, al finalizar la guerra
regresó a Italia, con aquel librito de versos friulanos 
en la maleta.
Reliquia sagrada, recuerdo de familia, declaración de grandeza
incluso futura.
Debo agregar que mi padre aprobaba el fascismo.
(Y he aquí la segunda contradicción, la pública:
el fascismo no toleraba los dialectos, signos
de la unidad truncada de este país en el que nací,
realidades inadmisibles y vergonzosas para el corazón de los nacionalistas.)
Por eso no hubo reseñas de mi libro en las revistas oficiales.
Y Gianfranco Contini tuvo que enviar su crítica
(la mayor alegría literaria de mi vida)
a un periódico de Lugano.
Con el final del fascismo comenzó el final de mi padre.
Lo del fascismo es una excusa, con la que también justifico mi odio,
injusto, hacia ese pobre hombre: debo empero confesar que es un odio
horriblemente mezclado con compasión.
Ahora que tengo inmerecidamente cuarenta y cuatro años,
casi la edad que tenía él en la época de mis primeras poesías,
le veo fuera de mi historia,
en un episodio que me es totalmente ajeno,
y en el que soy un héroe objetivo culpable.
Porque debo recordar
que, junto con el amor inicial por mi madre
ha habido también un amor por él: y de los sentidos.
Debo recordar mis pasitos de niño de tres años,
en una ciudad miserablemente perdida entre los montes,
con un aire ya algo austriaco,
casi en los manantiales de un río con nombre de museo y de guerra 
y de miseria,
un río celeste entre gravas extensas al pie de las montañas,
mis pasitos a la vera de una carretera
azotada por un sol que no era de mi vida
sino de la de mis padres,
hacia el arcén donde mi padre, hombre joven,
orinaba…
Debo agregar aún, para terminar esta historia
-muy irregular en el conjunto de mi poema-
que esos versos friulanos son mis versos más bellos
(junto con los que escribí hasta los veintitrés o veinticuatro años,
publicados más tarde bajo el título “La mejor juventud”,
y junto con los versos italianos de la misma época,
nacidos de aquella honda elegía friulana
de masoquista, exhibicionista y masturbador,
entre las moreras y los viñedos vistos por el ojo más puro del mundo;
esos versos se llaman “El Ruiseñor de la Iglesia Católica”,
y su falsete suena aún como una música sutil
y atroz que, desde allá abajo, me encanta y me atrae).
No puedo deciros nada más
acerca de estancia en aquel pueblo de temporales y prímulas,
un destello de Oriente en la frontera pequeño-burguesa con Austria:
quizá se encarguen de esto los periodistas fascistas italianos,
o simplemente anticomunistas.
Huí con mi madre y una maleta y algunas joyas que resultaron ser falsas,
en un tren lento como un mercancías,
por la llanura friulana cubierta con un manto de nieve delgado y duro.
Íbamos hacia Roma.
Habíamos abandonado a mi padre
junto a una estufita de pobres,
con su viejo abrigo militar
sus iras horribles de cirrótico y sus síndromes paranoicos.
He vivido (…)
esa página de la novela, la única de mi vida:
por lo demás 
siempre he vivido dentro de una lírica, como todo obseso.
Entre mis manuscritos llevaba también mi primera novela: 
era la época de “Ladrones de bicicletas”
y los literatos estaban descubriendo Italia.
(Ahora yo ya no soy un literato,
evito a los demás, no tengo nada que ver
con sus premios y sus prensas.)
Llegamos a Roma,
ayudados por un lindo tío,
que me dio un poco de su sangre:
yo vivía como puede vivir un condenado a muerte
siempre con esa inquietud como una cruz,
-deshonra, paro, miseria-.
Mi madre tuvo que rebajarse a trabajar de criada por un tiempo.
Y ya nunca me curaré de este mal.
Porque soy un pequeño-burgues y no sé sonreír…
como Mozart…
En una película -que titulé “Pajarracos y pajaritos”-
intenté, es cierto, la ópera bufa, la ambición suprema de un escritor,
pero sólo lo conseguí a medias,
porque soy un pequeñoburgués
y tiendo a dramatizarlo todo.

¿Cómo me hice marxista?
Pues bien… andaba yo entre florecitas cándidas y azuladas de primavera,
esas que nacen enseguida después de las prímulas,
-y poco antes de que las acacias se cubran de flores,
fragantes como carne humana, que se descompone al calor sublime
de la estación más bella-
y escribía a la orilla de pequeños estanques
que allá, en el pueblo de mi madre, con uno de esos nombres
intraducibles, llaman “fondas”,
con los chicos, hijos de campesinos,
que se bañaban inocentes
(porque eran impasibles ante sus vidas
mientras yo los creía conscientes de lo que eran),
escribía los poemas del “Ruiseñor de la Iglesia Católica”:
esto ocurría en el 43:
en el 45 todo fue diferente.
Esos hijos de campesinos, ya algo crecidos,
se ataron un día el pañuelo rojo al cuello
y marcharon
hacia la casa del gobierno del cantón, de puertas
y palacetes venecianos.
Así fue como supe que eran peones,
y que por lo tanto había patronos.
Me puse del lado de los peones, y leí a Marx.
[…]
¡Tu espiritualismo es grande, América!
Pero será mayor aún cuando su inocencia sea refutada.
Amo a Ginsberg:
hacía mucho que no leía poesías de un poeta hermano-
creo que desde la época en el pueblo de temporales y prímulas,
cuando leí los cantos griegos de Tommaseo y a Machado.
Ningún artista, en ningún país, es libre.
Es contestación viviente.
A Pound lo encarcelaron como a Siniavsky y a Daniel,
y el señor Lennon ha escandalizado a todos, creo que hasta a los rusos.
[…]
En cuanto a mí,
a un inocente no se le cree nunca
y él, por otra parte, está demasiado ocupado pensando
en un río celeste entre las gravas extensas al pie de las montañas,
que corre bajo el sol de sus padres,
en otras vidas,
en vidas interpretadas de otro modo,
en otro significado de la vida,
que tampoco es el de los sueños,
si nuestra vida no es más que una sombra
sobre nuestra verdadera vida que no conocemos.)
En Roma, desde el 50 hasta hoy, Agosto de 1966,
no he hecho más que sufrir y trabajar vorazmente.
He enseñado, después de aquel año de paro y agonía,
en una escuelita privada por veintisiete dólares al mes:
entre tanto mi padre
nos había alcanzado
y nunca hablamos de nuestra fuga, la de mi madre y la mía.
Fue un hecho normal, un traslado en dos etapas.
Vivimos en una casa sin techo y sin revoque,
una casa de pobres, en el último arrabal, cerca de una prisión.
En verano había un manto de polvo, y un pantano en invierno.
Pero era Italia, una Italia desnuda y alborotada,
con sus chicos, sus mujeres,
sus “olores a jazmín y a sopas pobres”,
los atardeceres sobre los campos del Aniene, las parvas de basura:
y, en cuanto a mí,
mis sueños íntegros de poesía.
Todo, en la poesía, podía encontrar una solución.
Era como si Italia, su descripción y su destino,
dependieran de lo que yo escribía,
en aquellos versos imbuidos de realidad inmediata,
ya nada nostálgica, como si la hubiese conquistado con mi sudor.
<Por cierto, qué importante es, aun en el sentido más miserable,
una situación económica:>
no importaba que fuera rico en cultura y amor,
importaba mucho más que yo, ciertos días,
no tuviera siquiera cien liras para un afeitado:
mi situación económica, aunque inestable y disparatada,
era por entonces, en distintos aspectos,
similar a la de la gente entre la que vivía:
en esto éramos verdaderos hermanos, o por lo menos iguales.
Por eso, creo, pude comprenderlos muy bien.
Y para comprender mis novelas intraducibles,
leed  el prólogo de Oscar Lewis a su novela grabada:
de eso se trata.
[…]
También la burguesía italiana puede, pues, ser racista.
Todavía no había tenido la oportunidad, 
la primera ocasión mínima,
mis novelas,
la sublevaron.
Sentí lo que puede sentir un negro en Chicago:
el terror.
Pero yo olvido pronto,
y todos los terrores
se transforman en una cosa
encima de mí y en mi cuerpo: una cosa especial, esa cosa,
y así, la he apartado y sufrido en mis entrañas:
me ha salido una úlcera,
de la que seguramente tarde o temprano moriré.
¡Qué golpe terrible para el sueño interrumpido de mi juventud!
La burguesía italiana que me rodea es una caterva de asesinos. 
Y desde luego no espero mejor recibimiento de la burguesía americana.
En el mundo del capital la vida es una apuesta
a ganar o perder:
es la condición humana del laicismo burgués.
El que se expone, o se confiesa, o no teme el ridículo,
acaba  mal: es la ley.
Querido americanos, no pacifistas y no espiritualistas,
es decir, enorme mayoría bienpensante,
vuestro Dios es un idiota,
como todo ciudadano medio
que desea con todas sus fuerzas y de todo corazón
ser como todos los demás:
y, por este amor ciego a la igualdad, la odia.
¿Quién de vosotros lloró
por el chico griego condenado a muerte
por objeción de conciencia?
Haced un breve examen de conciencia:
quien no derramó estas lágrimas es un cerdo.
 
 
 

Pero yo sólo estoy haciendo un poema 
bio-bibliográfico, volvamos al tema:
“Ragazzi di vita” y “Una vita violenta”
son los títulos de esas dos novelas mías
que generado el odio racista italiano.
Fueron escritas en plenos años cincuenta.
Mientras que los títulos de mis libros de poemas, 
de esa misma época, son:
“Las cenizas de Gramsci”,
“La religión de mi tiempo”,
“Poesía en forma de rosa”.
Fue en este último donde algo se rompió:
quizá era la presencia, que yo aun no advertía directamente,
de la nueva izquierda americana, <y el obrar lejano de Ginsberg.
Abjuré falsamente del compromiso con ella,
pero porque sé que el compromiso es inderogable,
y hoy más que nunca.>
Y hoy os diré que no hay sólo que comprometerse con la escritura,
sino con la vida:
hay que resistir en el escándalo
y en la rabia, más que nunca,
ingenuos como cabritos en el matadero,
enajenados como víctimas, precisamente:
hay que clamar más fuerte que nunca el desprecio
contra la burguesía, gritar contra su vulgaridad,
escupir contra la irrealidad que aquella ha elegido como realidad,
no ceder ni en un acto ni en una palabra
en el odio absoluto contra ellas sus policías,
sus jueces, sus televisiones, sus periódicos:
y aquí
yo, pequeñoburgués que lo dramatiza todo,
tan bien educado por una madre de dulce y tímida alma
de la moral campesina,
quisiera hacer un elogio
de la inmundicia, la miseria, la droga y el suicidio:
yo, poeta marxista privilegiado,
que posee instrumentos y armas ideológicas para combatir,
y suficiente moralismo para condenar el puro acto de escándalo,
yo, hondamente respetable,
pronuncio este elogio, porque la droga, el asco, la rabia
y el suicidio
son, junto con la religión, la única esperanza que queda:
contestación pura y acción,
con la que se mide la enorme sinrazón del mundo.
No es necesario que una víctima sepa y hable.
Más tarde, en los 60, rodé mi primera película que,
como he dicho, se titula “Accattone”.
¿Por qué me pasé de la literatura al cine?
De las preguntas previsibles de una entrevista,
ésta es inevitable, y lo ha sido.
Respondía siempre que lo hice para cambiar de técnica,
que necesitaba una técnica nueva para decir una cosa nueva,
o bien, al contrario, que siempre decía lo mismo y que por eso
tenía que cambiar de técnica: según las variantes de mi obsesión.
Pero no era del todo sincero al responder así:
la verdad se encontraba en lo que había hecho hasta entonces.
Después me di cuenta
de que no se trataba de una técnica literaria,
perteneciente a la misma lengua con la que se escribe,
sino que era ella misma una lengua…
Entonces confesé las razones oscuras
que presidieron mi elección:
¡cuántas veces, rabiosa e intempestivamente,
declaré querer renunciar a la ciudadanía italiana!
Pues bien, al abandonar la lengua italiana, y con ella,
poco a poco, la literatura,
yo renunciaba a mi nacionalidad.
Decía no a mis orígenes pequeñoburgueses,
huía de todo lo que era italiano,
protestaba, ingenuamente, y escenificaba una abjuración
que, al humillarme y castrarme,
me exaltaba. Pero no era del todo
sincero aún.
Puesto que el cine no sólo es una experiencia lingüística,
sino que, al serlo, es una experiencia filosófica.
Andaba yo un día, como un pez fuera de la red,
en el aire seco,
por los alrededores de un promontorio desierto de almas, enfermo
en el azur,
y ahora os diré lo que me sucedió y cómo realmente ocurrieron las cosas.
Iba aquel día por un carretera seca,
con las manos y el cerebro igualmente secos – os diré
que sólo el vientre estaba vivo, como aquel promontorio en el inútil azor.
Todos los mitos se habían desmoronado y disgregado, pero al menos en el promontorio
alguien vivía.
En suma: impulsado por el vientre palpitante y mi miopía,
conduje en el sol seco,
sobre un poco de asfalto,
entre algunos matorrales de otoño aún estivales,
hasta un caserío solitario al sol,
con dibujos vivaces de viejas paredes, y viejas estacas, y viejas
redes, y viejas tranqueras, azul y blanco
-estamos en Italia- donde el sol mezclado con la lluvia hedía dulcemente.
Allá dentro había un muchacho torvo, con un delantal (creo recordar), el pelo
denso de mujer,
la piel pálida y estirada, una cierta inocencia loca en los ojos,
de santo obstinado, que se quiere igual a su buena madre.
<En fin –lo noté enseguida- un pobre obseso
al que la ignorancia daba tradicionales seguridades,
y transformaba su cadavérica neurosis en rigor
de hijo obediente identificado con los ancestros.>
Cómo te llamas, qué haces, vas a bailar, tienes novia,
ganas bastante,
fueron los pretextos con lo que me retracté del primer arrebato
de la vieja líbido canicular como un pez curado,
tomando una Coca-Cola.
Vosotros habéis visto mi Evangelio.
Habéis visto los rostros de mi Evangelio.
No podía equivocarme, porque a veces, cuando se rueda,
las decisiones hay que tomarlas en pocos minutos:
no me he equivocado nunca con los rostros,
con los rostros <…>
porque mi lujuria y mi timidez
me han obligado a conocer bien a mis semejantes.
A él también lo conocí de inmediato,
el miserable endemoniado del caserío asediaso por el sol.
El invierno venía
a combatir el sol superviviente <…> a las aventuras,
y el invierno venía,
y estaba allí en su rostro,
con sus tinieblas y sus casas silenciosas, su (…) castidad.
Me retiré.
Pero no a tiempo para que él no sintiera, como una mujer,
el terror por el padre no semejante a los padres
que habían constituido el mundo para su obediencia.
Pues bien, primero no sé que modesta autoridad
de aquel promontorio abandonado por los hombres y asaltado
por los burgueses <llegados> de Roma, idiotas y consagrados a la norma,
le creyó.
Luego le creyó no sé que coronel
de cara aplastada por un destino tristemente mundano.
Le creyó un juez instructor
que tenía en los ojos la misma expresión
de macho cabrío blanco que la de los palacetes estilo 1900 de aquella absurda aldea 
en la que trabajaba.
Le creyó finalmente el Presidente del tribunal,
que me condenó,
aunque sólo a veinte o treinta días, formales.
El chico con palidez de santo había contado
que, aquel día de sol, había entrado en su tienda
un maleante con un sombrero negro,
se había puesto unos guantes negros,
había cargado un revólver con una bala de oro,
le había intimado a rendirse
y había sacado de la caja unos tres dólares.
Que después, al irse, le había amenazado,
Ya que él, el agredido, había agarrado un cuchillo para defenderse.
Os he contado esto 
En un estilo no poético
para que tú no me leyeras como se lee a un poeta.
En Italia también existía un tal Salvatore Pagliuca,
senador de no sé qué partido,
vivía por allá, en el Sur de Levi, entre pueblos
que se secan al sol de aluviones,
donde crecen olivos espléndidos
y espléndidas ginestas.
En ayunas de olivos y ginestas,
como yo de su existencia,
este señor Salvatore Pagliuca
vio mi película Accattone, y oyó
que un moro de dientes brillantes, como un lobo feroz 
de coz preciosa,
se llamaba Salvatore Pagliuco.
Se consideró ofendido, me presentó una querella, ganó el juicio
y obtuvo varios millones por daños.
Te he contado esto
En un estilo no poético
para que no me leyeras como se lee a un poeta.
Un día de principios de los años sesenta
(la época en que todo esto aconteció),
entregué a un reyezuelo del cine llamado Amato, y a su compadre Amoroso,
un guión con el título agreste de: “Ricotta”.
Puede que hayáis visto mi película
en el festival de Nueva York, hace algunos años.
En aquel guión,
escrito a la manera de un escritor,
había algunas palabras descomedidas,
y escasa amabilidad con la religión de la burguesía católica de mi país.
Por una de las múltiples razones que tú, crítico cinematográfico, bien conoces,
la película naufragó, Amato murió,
y Amoroso
me llevó a juicio
acusando a mi guión,
escabroso para el público medio,
de haberle impedido realizar su película.
Sería como si el señor Crawther
entregara al señor Levin, a petición del propio Levin,
un manuscrito demasiado enternecedor, idóneo sólo para colegialas,
y el señor Levin, considerándolo mediocre,
por razones personales,
le llevara a juicio porque el excesivo candor
del guión de Crawther, del dulce Crawther,
le ha impedido hacer la película deseada.
Perdí también este juicio y no sé cuántos millones
tendré que desembolsar a ese encantador señor Loving,
arruinado por mi primera versión
de un guión inadecuado para un italiano medio.
Esto también te lo he contado
En un estilo no poético
para que no me leyeras como se lee a un poeta.
Así decayó la estima por la poesía, típica
de las infancias que creen en la eternidad; ilusión
que no borra los nacionalismos, inconscientemente, creyendo
(con pasión infantil) en lo absoluto
de la lengua de una nación; en su uso de canto o de música
(algo totalmente absurdo
una vez pasada la frontera); ilusión
que tampoco entierra la lógica y el clasicismo
(un miserable filólogo puede reconstruir entre una palabra y otra
-aisladas y arrumbadas en el silencio- el discurso cortado,
un pobre discurso
sin ideas, sin más religión que la del culto,
muy poco religioso por lo demás, de la poesía en la literatura).
Pero no sólo decayó
la consideración por esta poesía
que pertenece a la pequeña historia de mi tiempo
(en el que estoy atrapado,
sin poder rescatar un solo rostro, ni siquiera el más extraño,
ni un solo libro, ni el más olvidado);
sino por la poesía misma. No es ella pues la que cuenta, nunca.
Al menos si es concebida como poesía.
La lengua de la acción, de la vida que se representa,
¡es tan infinitamente mucho más fascinante!
Es ella la que se reconstituye –recién cerrado-
a partir de un libro de poesía: ella es antes y después:
en el medio hay un vehículo expresivo
que la evoca, eso es todo. Obra de hechiceros.
Sólo el amor por esta lengua del no-yo que se expresa
con el mismo derecho, con la misma fuerza que el yo,
le otorga al poeta
la habilidad.
Pero la profesión de poeta en cuanto tal
es cada vez más insignificante. ¿Es realmente necesario
introducir esa lengua viva en una lengua convencional,
para que después se libere y vuelva a ser la que es, lengua viva, en el lector?
¿No sabe éste dialogar con la realidad?
¿Consiste el humilde valor del poeta
en volver a evocarla tal como la ve? ¿Pero es serio eso?
¿Por qué no la contempla en silencio,
-santo, y no literato?
Sin embargo, ¿qué hacen
los jóvenes en las noches
de sus ciudades de provincia,
o incluso en las grandes capitales,
sino hablar de literatura?
¿Con sus pasos sofisticados por las calles apenas descubiertas,
saturadas de significados secretos y de historia?
¿Descubriendo a los escritores, como a las putas o los misterios 
de un barrio, o las costumbres de una vida social
que ya es de ellos, aunque todavía pertenezca a sus padres
(que por eso preparan una guerra para mandarlos a morir)?

Mientras me interrogo
a la luz del sol de Agosto de un Manhattan desierto (como os decía),
descubro que
yo (que sólo a través de la literatura he podido ser poeta)
ya no soy un literato.
Me toca en suerte
evocar leves colinas sobre un río
de aguas azules muy transparentes sobre cantos pequeños,
entre gravas como osarios, primero por los arrecifes,
tristemente verdes, después entre viñedos
(locos en verano, de húmedo, difuminado silencio casi oriental)
de las colinas,
y por último entre los campos labrados cuyo olor
desencadena, en dos ojos salvajes
y en un vientre salvajemente puro, el desfallecimiento que atenaza
y da ganas de morir.
En esas míseras colinas –verdaderos cementerios, sin flores-
se luchó contra los fascistas y los Alemanes, y mi hermano,
como os he dicho, dejó allí sus diecinueve años,
como un halcón que apenas sabía volar, y lo hacía tan bien.
Eso que vosotros, con un esbozo de sonrisa irónica pero antipática
(que os demuda el rostro falsamente seguro, de enfermos),
llamáis, con exagerado énfasis, el “compromiso”,
ha vivido, durante casi quince años,
como parásito de la gloria y del dolor de esos cementerios.
Es decir, no ha existido.
Es ahora cuando comienza a existir.
Ahora que esos cementerios sin flores
han florecido también.
<Hasta mi amigo Moravia tiene miedo,
quizá por temor a la impopularidad,
cuando no quiere comprender esto. Y como él, 
y mucho peor que él (que misteriosamente se empecina
en su imperturbable voluntad por comprender) todos los demás
que en Italia
tienen nombre y función de “literatos”.>
Todos reniegan de ese compromiso con la tácita,
neurótica voluntad de adularos: algunos con contrición,
otros sacando pecho como un puta.
Yo no quiero volver a esas colinas,
ni como turista ni como visitante de tumbas, que quede claro.
Yo también, yo también las he olvidado.
¡Y con razón! En su acción y en la ideología
que la dictaba, como una forma de catecismo sublime,
viví mi rebelión de joven.
Quizá también adquirí allí
hábitos indelebles
de moralismo y dignidad.
Pero no volveré a esos lugares, que existen pero <no se ven>:

Llegados a este punto, <¡halt!> No quiero conmoverme con mis razones
es decir, con el hecho
de que no sólo el “compromiso”
no ha terminado, sino que, por el contrario, comienza.
Nunca Italia fue tan odiosa.
Sobre todo por la traición de los intelectuales,
por este revisionismo del Partido Comunista, lobo
que esta vez es realmente cordero – el <compañero>
Longo en el Spiegel tenía la cara obsequiosa del literato
que simula desesperadamente ser actual,
enterrando así toda violencia palingenésica del comunismo:
sí, también el comunista es burgués.
Esta ya es la forma racial de la humanidad.)
Puede que luchar contra todo esto
no signifique escribir como comprometidos,
sino vivir.
En cuanto a mis obras futuras, …
verás a un joven llegar un día
a una casa hermosa
donde un padre, una madre, un hijo y una hija
viven como ricos, en un estado que desconoce la autocrítica,
casi como si fuera un todo, la vida pura y simple;
hay también una criada (de algún pueblo subproletario); llega,
el joven,
hermoso como un americano,
y enseguida la primera, la criada, se enamora de él
y se levanta las faldas. Él le ofrenda la dulce,
pesada rabia de su miembro. Después se enamora
de él el hijo; los dos duermen en la misma habitación
del chico, con los vestigios de su infancia; y al hijo también
él le ofrenda su sedoso miembro, más adulto y vigoroso;
y el mismo don, complaciente y generoso,
porque él es el que da, se lo concederá a la madre,
adoradora de su ropa, los pantalones, la camiseta
y los calzoncillos, abandonados en un chalet
un caluroso día de verano, junto al Tirreno;
y también concederá el mismo don al padre, convirtiéndose
en padre del padre – pues éste, con ambigua dulzura maternal,
es padre sólo de nombre -
al padre despertado al alba
por un dolor en el éstomago que le dobla,
que descubre, al levantarse para ir al baño,
la belleza muda de las cuatro de la mañana
con un sol ya radiante… y descubrirá su amor
con el mismo asombro
con el que ha descubierto ese sol:
un amor como el de Iván Ilitch por su criado
campesino y joven; pero consciente, y dramático,
porque él, el viejo industrial con la cara
de Orson Welles, es un pequeñoburgués, y lo dramatiza todo.
El mismo don del miembro, en las horas
de la enfermedad del padre –y antes que al padre-
se lo concederá a la hija de catorce años, enamorada
de su padre, y que descubre al joven todo amor
a través de los ojos enamorados del padre, precisamente. Después
el joven se va:
la calle por la que desaparece
queda desierta para siempre. 
Y cada uno, en la espera, en el recuerdo,
como apóstoles de un Cristo no crucificado mas perdido,
tiene su destino.
Es un teorema:
y cada destino es una consecuencia.
Ya conoces esos destinos,
son los del mundo donde tú, con tu antipática
sonrisa anticomunista, y yo con mi odio infantil
antiburgués, somos hermanos:
¡los conocemos a la perfección!
Sabemos cómo llega una neurosis de ansiedad
y cómo una pequeña víctima femenina de catorce años
acaba en la cama de un hospital,
con los puños tan apretados que ni siquiera un escalpelo
podría abrirlos,
cómo un chico habla solo como un loco,
pintando e inventando nuevas técnicas,
hasta convertirse
en un Giacometti o un Bacon,
con el espectáculo de sus espectros figurativos
símbolos de la tragedia del mundo en una alma enferma,
que apesta al mezquino rencor del mal; cómo
una mujer de mediana edad, hermosa aún, y cuidada,
no sabe olvidar al Cristo de la Iglesia,
y al mismo tiempo, una vez perdida,
no sabe resistirse al deseo de perderse todavía más,
y vive así entre chicos de la vida y angustias cristianas;
y por último, cómo un padre
que había confundido la vida con la posesión,
una vez poseído,
pierde la vida, la arroja: es decir, regala su posesión
-una fábrica en los suburbios de la gran ciudad-
a sus operarios; y se pierde en el desierto,
como los Hebreos.
Casos de conciencia, todos ellos.
La criada, en cambio, se convierte en una santa loca,
llega al patio de su vieja barraca,
calla, reza y hace milagros,
cura a la gente,
sólo se alimenta de ortigas hasta que el pelo se le pone verde,
y al final, para morir,
se hace enterrar, llorando, por una excavadora,
y sus lágrimas, brotando del barro,
se convierten en una fuente milagrosa.
Antes que el Padre y la Madre,
en el paraíso terrestre, había un Primer Padre,
en cuya intimidad vivimos primero.
Pero después lo importante fue el amor de la madre
con el que nos hemos identificado
porque no podemos vivir
sin identificarnos con alguien. No podemos, por tanto,
concebir un amor que no tenga la dulzura maternal.
Ese primer Padre tiene pues dulzura de Madre.
Pero en una familia burguesa
él sólo es capaz
de desencadenar dramas morales.
La religión, la religión de la relación directa con Dios,
pertenece aún al mundo anterior al de la burguesía.
Los trabajadores observan.

No te diré, amigo, lo que en estásimos y episodios,
y coros en lugar de fundidos,
escribiré sobre el silencio de Pílades
que se tornará rebelión,
y traición,
contra el amigo de la adolescencia, de miembro erecto,
Orestes, el príncipe socialista,
y la decadencia de algunas Furias purificadas
y recluidas en los montes festivos del cielo y en el cielo perdidos:
el retorno de estas Furias retrocedidas al estado primigenio
en la ciudad liberada, con ellas, de la monarquía;
la regresión de Electra,
ella, hija que amó al padre Rey, y ahora es fascista como
se es fascista en la oscura añoranza de orígenes perdidos;
la fuga de Pílades hacia los montes de las Furias convertidas en Euménides,
las diosas de los partisanos
y del amor repentino que une a un partisano con otro partisano;
la preparación de la lucha,
y el regreso a la cabeza de un ejército irregular,
-el misterioso ejército de los montes;
la alianza entre Electra, fascista, y Orestes, liberal
y promotor de reformas,
en la ciudad que se ha vuelto opulenta;
la intervención de Atenas
que protege a Electra y Orestes, hijos de la razón,
y los une, acallando el aullido
de las antiguas Furias que deambulan por la nueva ciudad;
el vacilar de Pílades
frente a la ciudad enriquecida
que ya no le necesita;
su encuentro
la víspera de la batalla
con el viejo amigo de la adolescencia,
que sigue siendo joven
y hermoso como en los tiempos de sus primeros amores
cuando las mujeres eran algo desconocido;
y el modo en que se abandonan a sus discursos sobre el amor y el alma
que nada tienen que ver con la realidad presente,
y que los mancomunan;
y, por último, la soledad de Pílades,
quien al final de la noche,
antes del alba, tendrá que tomar una decisión.
Además, ¿acaso crees tú
posible tener un sueño, olvidarlo,
y cambiar de vida a causa de él?
¿Crees que un padre puede tener un sueño
en el que se ve amando a su hijo,
no sé bajo que apariencia,
si la del propio padre de joven o la de un extraño
que es el padre del padre (de joven)
o la identificación de él mismo con su propia madre… Nadie,
ni siquiera yo, conocerá jamás ese sueño.
Pero al padre le cambiará la vida por completo.
¿Recuerdas a Heracles
que le pide al hijo que llame a todos sus compañeros
más fuertes para que lo lleven a hombros
hasta la cima del monte cercano a la ciudad,
el monte de la ciudad
que es meta de peregrinajes y aventuras de chicos,
como sucede en los mundos preindustriales?
Y, una vez llegados a la cima, ¿deberían el hijo y sus compañeros
prepararle la hoguera
y dejarle morir?
Entra en ese sueño, si eres padre.
Tú, padre, que, acaso inocentemente, eres cómplice
de los padres
que quieren librarse de los hijos
enviándolos a morir en guerras que se combaten
en los lugares de la Coartada, el extremo Oriente de la historia.
Aquí, por una vez,
el padre no quiere la muerte del hijo, sino su amor.
Es él quien se vuelve hijo, y en el hijo, joven, quizás vea al padre,
y lo ama, no quiere darle muerte, sino ser matado por él,
no quiere poseerlo, sino ser poseído por él.
Sí, pero ese padre es un hombre burgués de nuestro mundo,
tiene una fábrica a los pies de los montes de Crianza (festivos en el cielo
y en el cielo perdidos):
¿cómo podrá aceptar las consecuencias de ese sueño
que además ni siquiera recuerda?
Las aceptará tergiversándolas. Sabiendo y no sabiendo.
Hará que el hijo lo sorprenda desnudo sobre la madre.
Buscará pretextos para golpear al hijo,
y, por tanto, hacerse golpear.
Agredirá al hijo
para atraerlo a sí,
para ser el centro de su vida.
Hasta que el hijo, el leve hijo mozartiano,
pacifista y objetor de conciencia, abandone
la casa rica,
tras escuchar una declaración de amor del padre delirante.
El chico –te lo aseguro- no le odiará
(es uno de esos chicos de hoy tan mejores que nosotros),
y, si hubiese podido hacerlo,
le habría dado al padre mendigo todo su oro,
le habría poseído como el chico de pueblo posee,
por pocos dólares, a aquél que no tiene la fuerza de ser hombre
y le invoca entonces como un salvador…
Se va, por los caminos del mundo,
con una chica,
tan sólo una puta, y un amigo:
nunca se sabrá a quien está dirigido su amor,
aunque él, ciertamente, infunde su oro
en el vientre de la chica.
Llega el padre, espía, le encuentra, corrompe a la chica,
observa desde detrás de la puerta el amor de ellos,
descubre lo que el hijo 
posee sin misterio, como cualquiera,
y sin embargo, es en él horrible e insoportablemente misterioso.
El padre ya no puede vivir después de haber visto ese amor,
entra y golpea mortalmente al hijo,
que sale llorando y despidiéndose de la vida,
de la habitación de uno de los mil coitos de su vida.
Muere. Y, sobre él, muerto, el padre se agacha para abrochar
el pantalón abierto sobre el fulgor inmaculado de la camiseta.
Muchos años después, el padre, como en las novelas por entregas,
concluye el largo sueño de su vida
soñando en un andén de una estación
como en un verso de Ginsberg.
Eso es.
Estas son las obras que quisiera hacer,
que son mi vida futura -pero también pasada-
y presente.
Bien sabes –te lo he dicho, viejo amigo, padre
algo intimidado por el hijo, poderoso
huésped alógeno de humildes orígenes-
que nada vale más que la vida.
Por eso yo sólo quisiera vivir,
aún siendo poeta,
porque la vida se expresa también por sí misma.
Quisiera expresarme con ejemplos.
Arrojar mi cuerpo a la lucha.
Pero si las acciones de la vida son expresivas,
también la expresión es acción.
No esta expresión mía, de poeta derrotista
que sólo dice cosas
y usa la lengua igual que tú, pobre, directo instrumento,
sino la expresión apartada de las cosas,
los signos trocados en música,
la poesía cantada y oscura,
que no expresa nada más que a sí misma,
por una bárbara y exquisita idea de que sea misterioso sonido
en los pobres signos orales de una lengua.
Yo les he dejado a mis coetáneos y a los más jóvenes
tan bárbara y exquisita ilusión: y te hablo brutalmente.
Y ya que no puedo volver atrás
y fingirme un joven bárbaro
que considera su lengua la única lengua del mundo,
y en sus sílabas oye misterios de música
que sólo sus compatriotas, semejantes a él por carácter
y literaria locura, pueden oír
- como poeta seré poeta de cosas.
Las acciones de la vida sólo serán comunicadas,
y serán ellas la poesía,
pues, te repito, no hay más poesía que la acción real
(tú tiemblas sólo cuando la encuentras
en los versos o en la prosa,
cuando se evocación es perfecta).
No haré esto con alegría.
Siempre anhelaré aquella poesía
que es acción en sí misma, en su desapego de las cosas,
en su música que no expresa nada
más que su propia árida y sublime pasión por sí misma.
Pues bien, antes de dejarte te confesaré
que me gustaría ser escritor de música,
vivir rodeado de instrumentos
en la torre de Viterbo que no consigo comprar,
en el paisaje más hermoso del mundo, donde Ariosto
habría enloquecido de dicha al verse recreado con tanta
inocencia por robles, colinas, aguas y barrancos;
y allí componer música,
la única acción expresiva
quizá, alta e indefinible como las acciones de la realidad. 

1966-67


Poeta delle ceneri
.
Sono uno
che è nato in una città piena di portici nel 1922. 
Ho dunque quarantaquattro anni, che porto molto bene 
(soltanto ieri due o tre soldati, in un boschetto di puttane, 
me ne hanno attribuiti ventiquattro – poveri ragazzi 
che hanno preso un bambino per un loro coetaneo); 
mio padre è morto nel ’59, 
mia madre è viva. 
Piango ancora, ogni volta che ci penso, 
su mio fratello Guido, 
un partigiano ucciso da altri partigiani, comunisti 
(era del Partito d’Azione, ma su mio consiglio; 
lui, aveva cominciato la Resistenza come comunista), 
sui monti, maledetti, di un confine 
disboscato con piccoli colli grigi e sconsolate prealpi. 
Quanto alla poesia, ho cominciato a sette anni: 
ma non ero precoce se non nella volontà. 
Sono stato un poeta di sette anni 
come Rimbaud – ma solo nella vita. 
Ora, in un paese tra il mare e la montagna, 
dove scoppiano grandi temporali, d’inverno piove molto, 
in Febbraio si vedono le montagne chiare come il vetro, 
appena al di là dei rami umidi, e poi nascono le primule sui fossi 
inodore, e d’estate gli appezzamenti, piccoli, di granoturco 
alternati a quelli verdecupo dell’erba medica 
si disegnano contro il cielo sfumato 
come un paesaggio misteriosamente orientale – 
ora, in quel paese, c’è una cassapanca piena dei manoscritti di uno dei 
tanti ragazzi poeti. 

La cosa più importante della mia vita è stata mia madre 
(le si è aggiunto, solo ora, Ninetto). 
Nel ’42 in una città dove il mio paese è così se stesso 
da sembrare un paese di sogno, con la grande poesia dell’impoeticità, 
formicolante di gente contadina e piccole industrie, 
molto benessere, 
buon vino, buona tavola, 
gente educata e grossolana, un po’ volgare ma sensibile, 
in quella città ho pubblicato il primo libriccino di versi, 
col titolo, per allora, conformista di «Poesie a Casarsa», 
dedicato, per conformismo, a mio padre, 
che l’ha ricevuto nel Kenia, 
– era là prigioniero, vittima ignara e senza critica 
della guerra fascista. 
Gli ha fatto un immenso piacere, lo so, riceverlo: 
eravamo grandi nemici, 
ma la nostra inimicizia faceva parte del destino, era fuori di noi. 
E segno di quel nostro odio, segno ineluttabile, 
segno per un’indagine scientifica che non sbaglia, 
- che non può sbagliare
quel libro dedicato a lui 
era scritto in dialetto friulano! 
Il dialetto di mia madre! 
Il dialetto di un mondo 
piccolo, ch’egli non poteva non disprezzare, 
– o comunque accettare con la pazienza di un padre... 
E ciò per una precedente contraddizione: 
una di quelle, ancora, che non possono tradire gli scienziati! 
Là dove si parlava quel dialetto, egli si era infatti innamorato. 
Innamorato di mia madre. 
Così, attraverso lei, il mondo piccolo, inferiore, 
contadino, quasi negro, ch’egli disprezzava 
l’aveva reso schiavo: 
ma anche stavolta, lui non lo sapeva. 
Non sapeva che il suo padrone era quell’amore 
che attraverso una donna bambina (mia madre!) 
bella, dalla bella gola, dall’anima troppo innocente 
di angelo inadatto a vivere fuori dai paesi, appunto, dai campi, 
aveva vanificato tutte le sue certezze morali 
di misero uomo fatto per essere lui, il padrone. 
Così, ora quel dialetto, 
era una cosa diabolica.
Era il centro di mille altre contraddizioni. 
Di cui la più cocente consisteva nel fatto che non poteva essere ammessa: 
«perché» era consacrata dalla stampa 
e dalle candide pagine di un libro di poesia 
di cui il figlio ventenne era l’Autore. 
Dunque non poteva nemmeno cominciare l’esame, 
dato che non erano ammissibili, 
di quelle contraddizioni, che furono così come nubi nere, 
spaventosi tuoni, indice di totale sconfitta e di morte, 
in fondo all’orizzonte luminoso dell’orgoglio di un padre prigioniero. 
Bene, alla fine della guerra 
è tornato in Italia, con quel libretto di versi friulani nella valigia. 
Cimelio sacro, ricordo di famiglia, attestato di grandezza anche futura. 
Devo aggiungere che mio padre approvava il fascismo. 
«E qui c’è la seconda contraddizione, quella pubblica: 
il fascismo non tollerava i dialetti, segni 
dell’irrealizzata unità di questo paese dove sono nato, 
inammissibili e spudorate realtà nel cuore dei nazionalisti.» 
Per questo quel mio libro non fu recensito nelle riviste ufficiali. 
E Gianfranco Contini dovette inviare la sua recensione 
(la gioia letteraria, quella, più grande della mia vita) 
ad un giornale di Lugano. 
Con la fine del fascismo, cominciò la fine di mio padre. 
Questo del fascismo è un alibi, con cui pure giustifico il mio odio, 
ingiusto, per quel povero uomo: e devo dire tuttavia ch’è un odio, 
orrendamente misto a compassione. 
Ora che ho immeritatamente quarantaquattro anni, 
circa l’età che lui aveva al tempo delle mie prime poesie, 
lo vedo fuori dalla mia storia, 
in una vicenda che mi è totalmente estranea, 
in cui io sono un colpevole eroe oggettivo. 
Perché devo ricordare 
che, col mio amore iniziale per mia madre, 
c’è stato un amore anche per lui: e dei sensi. 
Devo ricordare i miei passetti di ragazzino di tre anni,
in una città perduta miseramente tra i monti, 
dall’aria già un po’ austriaca, 
quasi alle sorgenti di un fiume dal nome di museo e di guerra e di miseria, 
un fiume celeste fra grandi ghiaie pedemontane – 
i miei passetti lungo il ciglio di una strada 
colpita da un sole che non era della mia vita 
ma di quella dei miei genitori, 
verso il ciglio dove mio padre, uomo giovane, 
stava orinando... 
Devo aggiungere, ancora, per finire questa storia – 
molto irregolare nell’insieme del mio poema – 
che quei miei versi friulani sono i miei più belli 
(insieme a quelli scritti fino a ventitré, ventiquattro anni, 
pubblicati più tardi col titolo «La meglio gioventù», 
e insieme anche ai coevi versi italiani, 
nati da quella profonda elegia friulana 
di autolesionista, esibizionista e masturbatore, 
tra i gelsi e le vigne viste con l’occhio più puro del mondo; 
si chiamano, quei versi, «L’Usignolo della Chiesa Cattolica», 
e il loro falsetto è ancora una musica atroce 
e sottile che, da laggiù, mi affascina e mi attira indietro. 
Non posso dirvi altre cose 
del mio soggiorno 
in quel paese di temporali e primule, 
un po’ d’Oriente ai confini piccolo borghesi con l’Austria: 
s’incaricheranno magari dei giornalisti italiani fascisti 
o semplicemente anticomunisti. 
Fuggii con mia madre e una valigia e un po’ di gioie che risultarono false, 
su un treno lento come un merci 
per la pianura friulana coperta da un leggero e duro strato di neve. 
Andavamo verso Roma. 
Avevamo dunque, abbandonato mio padre 
accanto a una stufetta di poveri, 
col suo vecchio pastrano militare 
e le sue orrende furie di malato di cirrosi e sindromi paranoidee. 
Ho vissuto [...] quella pagina di romanzo, l’unica della mia vita: 
per il resto, che volete, 
son vissuto dentro una lirica, come ogni ossesso. 
Avevo tra i miei manoscritti anche il mio primo romanzo: 
erano quelli i tempi di «Ladri di biciclette» 
e i letterati stavano scoprendo l’Italia. 
(Ora io non sono più un letterato, 
evito gli altri, non ho niente a che fare 
coi loro premi e le loro stampe.) 
Arrivammo a Roma, 
aiutati da un mio dolce zio, 
che mi ha dato un po’ del suo sangue: 
io vivevo come può vivere un condannato a morte
sempre con quel pensiero come una cosa addosso, 
– disonore, disoccupazione, miseria. 
Mia madre si ridusse per qualche tempo a fare la serva. 
E io non guarirò mai più di questo male. 
Perché io sono un piccolo borghese, e non so sorridere... 
come Mozart... 
In un film – che ho chiamato «Uccellacci e uccellini» –
ho tentato è vero l’opera buffa, suprema ambizione di uno scrittore, 
– ma ci sono riuscito solo in parte, 
perché io sono un piccolo borghese 
e tendo a drammatizzare tutto. 

Come sono diventato marxista? 
Ebbene...  andavo tra fiorellini candidi e azzurrini di primavera, 
quelli che nascono subito dopo le primule, 
– e poco prima che le acacie si carichino di fiori, 
odorosi come carne umana che si decompone al calore sublime 
della più bella stagione – 
e scrivevo sulle rive di piccoli stagni 
che laggiù, nel paese di mia madre, con uno di quei nomi 
intraducibili si dicono « fonde», 
coi ragazzi figli dei contadini 
che facevano il loro bagno innocente 
(perché erano impassibili di fronte alla loro vita 
mentre io li credevo consapevoli di ciò che erano) 
scrivevo le poesie dell’«Usignolo della Chiesa Cattolica»: 
questo avveniva nel ’43: 
nel ’45 fu tutt’un’altra cosa. 
Quei figli di contadini, divenuti un poco più grandi, 
si erano messi un giorno un fazzoletto rosso al collo 
ed erano marciati 
verso il centro mandamentale, con le sue porte 
e i suoi palazzetti veneziani. 
Fu così che io seppi ch’erano braccianti, 
e che dunque c’erano i padroni. 
Fui dalla parte dei braccianti, e lessi Marx. 
[...] 
Grande è il tuo spiritualismo, America! 
Ma sarà ancora più grande quando sarà sfatata la sua innocenza! 
Io amo Ginsberg: 
era tanto che non leggevo poesie di un poeta fratello – 
credo dai tempi, in quel paese di temporali e di primule, 
in cui ho letto i canti greci di Tommaseo, e Machado. 
Nessun artista in nessun paese è libero. 
Egli è una vivente contestazione. 
Pound va in prigione come Siniavskij e Daniel, 
e il Sig. Lennon ha scandalizzato tutti, credo anche i Russi. 
[...] 
Quanto a me, 
un innocente non è mai creduto, 
ed egli del resto è troppo occupato a pensare 
a un fiume celeste tra grandi ghiaie pedemontane, 
che scorre nel sole dei suoi genitori, 
in altre vite, 
in vite interpretate in altro modo, 
in un significato diverso della vita,
che non è neanche quello dei sogni, 
se la nostra vita non è che un’ombra 
sulla nostra vera vita che non conosciamo. 
A Roma, dal ’50 a oggi, Agosto del 1966, 
non ho fatto altro che soffrire e lavorare voracemente. 
Ho insegnato, dopo quell’anno di disoccupazione e fine della vita, 
in una scuoletta privata, a ventisette dollari al mese: 
frattanto mio padre 
ci aveva raggiunto 
e non parlammo mai della nostra fuga, mia e di mia madre.
Fu un fatto normale, un trasferimento in due tempi. 
Abitammo in una casa senza tetto e senza intonaco, 
una casa di poveri, all’estrema periferia, vicino a un carcere. 
C’era un palmo di polvere d’estate, e la palude d’inverno. 
Ma era l’Italia, l’Italia nuda e formicolante, 
coi suoi ragazzi, le sue donne, 
i suoi «odori di gelsomini e povere minestre», 
i tramonti sui campi dell’Aniene, i mucchi di spazzature: 
e, quanto a me, 
i miei sogni integri di poesia. 
Tutto poteva, nella poesia, avere una soluzione. 
Mi pareva che l’Italia, la sua descrizione e il suo destino, 
dipendesse da quello che io ne scrivevo, 
in quei versi intrisi di realtà immediata, 
non più nostalgica, quasi l’avessi guadagnata col mio sudore. 
Certo, quanto conta, anche nel senso più misero 
una condizione economica: 
non aveva peso il fatto ch’io fossi ricco di cultura e amore, 
aveva molto più peso il fatto che io, certi giorni, 
non spendessi nemmeno le cento lire per farmi radere la barba dal barbiere: 
la mia figura economica, benché instabile e folle, 
era in quel momento, per molti aspetti, 
simile a quella della gente tra cui abitavo: 
in questo eravamo proprio fratelli, o almeno pari. 
Perciò, credo, ho molto potuto capirli. 
E per capire i miei romanzi intraducibili, 
leggete la prefazione di Oscar Lewis al suo romanzo registrato: 
si tratta di quello. 
Anche la borghesia italiana può essere, dunque, razzista. 
Non ne ha avuto finora occasione, 
la prima occasione minima, 
i miei romanzi, 
l’hanno scatenato. 
Ho provato quello che può provare un negro a Chicago, 
il terrore. 
Ma io dimentico presto, 
e tutti i terrori 
non sono divenuti che una cosa 
sopra e addosso a me, una cosa speciale, quella cosa, 
e così l’ho accantonata e sofferta nelle viscere: 
mi si è aperta un’ulcera, 
di cui certamente prima o poi morirò. 
Brutto colpo per il sogno interrotto della mia giovinezza! 
La borghesia italiana intorno a me è una torma di assassini. 
Non spero certo migliore accoglienza dalla borghesia americana. 
Nel mondo del capitale la vita è una scommessa 
da vincere o da perdere: 
è la condizione umana del laicismo borghese. 
Chi si scopre, o si confessa, o non teme il ridicolo, 
finisce male: è la legge. 
Cari Americani, non pacifisti e non spiritualisti, 
ossia enorme maggioranza benpensante, 
il vostro Dio è un idiota 
come ogni cittadino medio 
che desidera con tutte le sue forze e con tutto il suo spirito 
di essere come tutti gli altri: 
ed è per questo suo amore folle per l’uguaglianza, che la odia. 
Chi di voi ha pianto 
per il ragazzo greco condannato a morte 
per obiezione di coscienza? 
Fate un breve esame di coscienza: 
chi non ha versato queste lacrime è un porco. 
[...] 
Ma io non sto facendo che un poema 
bio-bibliografico, torniamo all’argomento: 
«Ragazzi di vita» e «Una vita violenta» 
sono i titoli di quei miei due romanzi 
che hanno spiato l’odio razzista italiano. 
Scritti nel cuore degli Anni Cinquanta. 
Mentre i titoli dei miei libri di versi, 
scritti in gestione contemporanea, sono: 
«Le ceneri di Gramsci», 
«La religione del mio tempo», 
«Poesia in forma di rosa». 
È in quest’ultimo che qualcosa si è rotto: 
forse era la presenza, ancora a me non direttamente nota, 
della nuova sinistra americana, e l’operare lontano di Ginsberg. 
Vi ho falsamente abiurato dall’impegno, 
ma perché so che l’impegno è inderogabile, 
e oggi più che mai. 
E oggi, vi dirò, che non solo bisogna impegnarsi nello scrivere, 
ma nel vivere: 
bisogna resistere nello scandalo 
e nella rabbia, più che mai, 
ingenui come bestie al macello, 
torbidi come vittime, appunto: 
bisogna dire più alto che mai il disprezzo 
verso la borghesia, urlare contro la sua volgarità, 
sputare sopra la sua irrealtà che essa ha eletto a realtà, 
non cedere in un atto e in una parola 
nell’odio totale contro di esse, le sue polizie, 
le sue magistrature, le sue televisioni, i suoi giornali: 
e qui 
io, piccolo borghese che drammatizza tutto, 
così bene educato da una madre nella dolce e timida anima 
[...] della morale contadina, 
vorrei tessere un elogio 
della sporcizia, della miseria, della droga e del suicidio: 
io privilegiato poeta marxista 
che ha strumenti e armi ideologiche per combattere, 
e abbastanza moralismo per condannare il puro atto di scandalo, 
io, profondamente perbene, 
faccio questo elogio, perché, la droga, lo schifo, la rabbia, 
il suicidio 
sono, con la religione, la sola speranza rimasta: 
contestazione pura e azione 
su cui si misura l’enorme torto del mondo [...]. 
Non è necessario che una vittima sappia e parli. 
Nel ’60 ho poi girato il mio primo film, che, 
come ho detto, s’intitola «Accattone». 
Perché sono passato dalla letteratura al cinema? 
Questa è, nelle domande prevedibili in un’intervista, 
una domanda inevitabile, e lo è stata. 
Rispondevo dunque ch’era per cambiare tecnica, 
che io avevo bisogno di una nuova tecnica per dire una cosa nuova, 
o, il contrario, che dicevo la stessa cosa, sempre, e perciò 
dovevo cambiare tecnica: secondo le varianti dell’ossessione. 
Ma ero solo in parte sincero nel dare questa risposta: 
il vero di essa era in quello che avevo fatto fino allora. 
Poi mi accorsi 
che non si trattava di una tecnica letteraria, quasi 
appartenente alla stessa lingua con cui si scrive: 
ma era, essa stessa una lingua... 
E allora dissi le ragioni oscure 
che presiedettero alla mia scelta: 
quante volte rabbiosamente e avventatamente 
avevo detto di voler rinunciare alla mia cittadinanza italiana! 
Ebbene, abbandonando la lingua italiana, e con essa, 
un po’ alla volta, la letteratura, 
io rinunciavo alla mia nazionalità. 
Dicevo no alle mie origini piccolo borghesi, 
voltavo le spalle a tutto ciò che fa italiano, 
protestavo, ingenuamente, inscenando un’abiura 
che, nel momento di umiliarmi e castrarmi, 
mi esaltava. Ma non ero del tutto 
sincero, ancora.
Poiché il cinema non è solo un’esperienza linguistica, 
ma, proprio in quanto ricerca linguistica, è un’esperienza filosofica. 
Un giorno andavo, come un pesce fuori dalla rete, 
nell’aria secca 
nei dintorni di un promontorio vacante d’anime, malato 
nell’azzurro, 
e ora vi dirò cosa mi successe e come realmente andarono le cose. 
Andavo, quel giorno, per una strada secca, 
con le mani altrettanto secche e così il cervello – vi dirò 
che solo il ventre era vivo, come quel promontorio nell’inutile azzurro. 
Tutti i miti erano crollati e decomposti ma almeno nel promontorio 
qualcuno viveva. 
Insomma, spinto dal ventre vivente e dalla mia miopia, 
mi pilotai nel sole secco, 
su un po’ d’asfalto, 
tra alcuni cespugliacci d’autunno ancora estivi, 
contro un casale solo al sole, 
con disegni vivaci di vecchie pareti e vecchi paletti e vecchie 
reti e vecchie stecconate, azzurro e bianco, 
– siamo in Italia – dove il sole misto alla pioggia dolcemente puzzava. 
Là dentro c’era un ragazzo torvo, col grembiule (credo di ricordare), i capelli 
fitti da donna, 
la pelle pallida e tirata, una certa folle innocenza negli occhi, 
di santo ostinato, di figlio che si vuole uguale alla buona madre. 
In pratica – lo vidi subito – un povero ossesso: 
cui l’ignoranza dava tradizionali sicurezze, 
trasformando la sua cadaverica nevrosi di rigore 
d’obbediente figlio identificato coi padri. 
Come ti chiami, che fai, vai a ballare, hai la ragazza, 
guadagni abbastanza, 
furono gli argomenti con cui retrocessi dal primo impeto 
della vecchia libidine della controra come un pesce seccato, 
prendendo la coca cola. 
Voi avete visto il mio Vangelo, 
avete visto i volti del mio Vangelo. 
Non potevo sbagliare, perché talvolta, quando si gira, le decisioni 
dovevano 
avvenire 
in pochi minuti: 
non ho sbagliato mai, nei volti, 
nei volti [...] 
perché la mia libidine e la mia timidezza 
mi hanno costretto a conoscere bene i miei simili. 
Conobbi subito in pochi minuti anche lui, 
il misero indemoniato del casale assediato dal sole. 
L’inverno veniva, 
a contraddire il superstite sole [...] alle avventure, 
e l’inverno veniva 
ed era lì nel suo volto, 
con le sue tenebre le sue case silenziose, la sua [...] castità. 
Mi ritirai. 
Ma non in tempo perché egli non sentisse, come una donna, 
il terrore per il padre non simile ai padri 
che avevano costituito, per la sua obbedienza, il mondo. 
Ebbene, prima non so che piccola autorità
di quel promontorio abbandonato dagli uomini e assalito 
dai borghesi calanti da Roma, idioti e consacrati alla norma, 
gli credette. 
Gli credette poi non so che comandante, 
dal viso pestato da un destino poveramente mondano. 
Gli credette un giudice istruttore 
con negli occhi la stessa espressione 
di bianco caprone dei palazzetti novecento di quel borgo assurdo, 
dove operava. 
Gli credette infine il Presidente del tribunale 
che mi condannò, 
sia pure a venti o trenta giorni, formali. 
Il ragazzo dal pallore di santo aveva raccontato 
che era entrato nella sua bottega, quel giorno di sole, 
un bandito, con un cappello nero, 
il quale si era infilato un paio di guanti neri, 
aveva caricato una pistola con una pallottola d’oro, 
gli aveva intimato la resa 
e aveva sottratto dal suo cassetto circa tre dollari. 
Andandosene, poi, lo aveva minacciato, 
poiché lui, l’aggredito, aveva afferrato, per difendersi, un coltello. 
Vi ho raccontato queste cose 
in uno stile non poetico 
perché tu non mi leggessi come si legge un poeta. 
Esisteva poi in Italia un certo Salvatore Pagliuca, 
senatore di non so che partito, 
esisteva giù, nel sud di Levi, tra villaggi 
secchi al sole delle alluvioni, 
dove crescono splendidi ulivi 
e splendide ginestre. 
A digiuno di ulivi e di ginestre,
come io ero a digiuno della sua esistenza, 
questo Signor Salvatore Pagliuca, 
vide la mia storia sopra Accattone, e sentì 
che un moro dai denti scintillanti, come un lupo feroce 
dal calcio prezioso, 
si chiamava Salvatore Pagliuco. 
Si ritenne offeso, mi fece querela, vinse il processo 
e ottenne molti milioni di danni. 
Ti ho raccontato questa cosa 
in uno stile non poetico 
perché tu non mi leggessi come si legge un poeta. 
Un giorno dei primi Anni Sessanta 
(il periodo in cui tutto questo accadde) 
consegnai a un piccolo re del cinema di nome Amato e al suo compare Amoroso 
una sceneggiatura che porta l’agreste titolo di: «Ricotta». 
Forse avrete visto questo mio film 
al Festival di New York di qualche anno fa. 
In quello scenario 
scritto come scrive uno scrittore, 
c’era qualche parola non lieve, 
e poca grazia verso la religione della borghesia cattolica 
del mio paese. 
Per una delle tante ragioni che tu, critico cinematografico conosci bene, 
il film andò a monte, Loved morì, 
e Loving, 
mi intentò un processo accusando il mio copione 
scabroso per il pubblico medio 
di avergli impedito di fare il suo film. 
Sarebbe come se il Sig. Crawther 
consegnasse a Levin, per richiesta dello stesso Levin,
un manoscritto troppo roseo, buono solo per educande, 
e il Sig. Levin, non trovandolo buono, 
per ragioni sue, 
gli facesse un processo perché l’eccessivo color roseo 
del copione di Crawther, del dolce Crawther, 
gli aveva impedito di realizzare il film ch’egli voleva. 
Ho perso anche questo processo e non so quante decine di milioni 
dovrei sborsare al signor Loving 
rovinato da quella mia prima stesura 
di un copione inadatto agli italiani medi. 
Anche questa cosa te l’ho raccontata 
in uno stile non poetico 
perché tu non mi leggessi come si legge un poeta. 
Così è decaduta la stima per la poesia, tipica 
delle infanzie che credono nell’eterno; illusione 
che non affossa i nazionalismi, inconsciamente, credendo 
(con infantile passione) nell’assolutezza 
della lingua di una nazione; nel suo uso di canto o musica 
(ch’è assolutamente assurda 
appena passata la dogana); illusione 
che non affossa neanche la logica e il classicismo 
(un misero filologo può ricostruire tra parola e parola 
– isolata e confitta nel silenzio – il discorso tagliato, 
un povero discorso 
senza idee, senza religione se non il culto 
assai poco religioso, infine, della poesia nella letteratura).
Ma non solo è caduta 
la stima per questa poesia
che è della storia piccola del mio tempo 
(in cui mi trovo incastrato, 
senza potervi sfilare un solo volto, anche il più estraneo,
un solo libro, anche il più dimenticato), 
ma per la poesia stessa. Non è essa, dunque, che conta, mai. 
Almeno se concepita come poesia. 
La lingua dell’azione, della vita che si rappresenta 
è così infinitamente più affascinante! 
È essa che si ricostituisce – appena chiuso – 
da un libro di versi: essa è prima e dopo
in mezzo c’è un veicolo espressivo 
che la evoca, ecco tutto. Opera di stregoni. 
Solo l’amore per quella lingua del non-io che si esprime 
con pari diritto, pari forza dell’io, 
dà al poeta 
l’abilità. 
Ma la professione di poeta in quanto poeta 
è sempre più insignificante. È proprio necessario 
immettere quella lingua vivente in una lingua di convenzione, 
perché poi si liberi, tornando quella che è, vivente, nel lettore? 
Non sa, egli, dialogare con la realtà? 
L’umile valore del poeta 
è rievocarla così come egli la vede? Ma ciò è serio? 
Perché non la contempla in silenzio, 
santo, e non letterato?
Tuttavia i giovani cosa fanno, 
nelle sere delle loro città di provincia, 
o anche nelle grandi metropoli, 
se non parlare di letteratura? 
Coi loro passi faziosi, lungo le vie appena scoperte 
cariche di sensi segreti e di storia? 
Scoprendo i letterati, come le puttane o i misteri 
di un quartiere, o le abitudini di una vita sociale 
ch’è ormai loro, mentre è ancora dei padri 
(che perciò preparano una guerra per mandarli a morire)? 

Interrogandomi 
alla luce del sole di Agosto a Manhattan deserto (come vi dicevo), 
vengo a sapere che io 
(che solo attraverso la letteratura ho potuto essere poeta) 
non sono più un letterato. 
Io ho in sorte 
di ricordare brevi colli, su un fiume anch’esso 
con acque blu molto trasparenti sui piccoli sassi, 
tra ghiaie come ossari prima tra i magredi, 
tristemente verdi, poi tra i vigneti 
(folli d’estate, di umido, sfumato silenzio quasi orientale) 
dei colli, 
e infine tra bonifiche il cui odore 
basta a scatenare, per due occhi selvaggi 
e un grembo selvaggiamente puro, lo sfinimento che attanaglia 
e fa venir voglia di morire. 
Su quei grami colli – veri cimiteri, senza fiori – 
si lottò contro i fascisti e i tedeschi, e mio fratello, 
come vi ho detto, vi ha lasciato i suoi diciannove anni, 
come un falco che sapeva appena volare, e volava così bene. 
Quello che voi, con una piega di ironico ma antipatico sorriso 
(che vi sforma il volto falsamente sicuro, di malati) 
chiamate, vistosamente sottolineandolo, l’«impegno», 
è, per una quindicina d’anni, 
vissuto da parassita sulla gloria e il dolore di quei cimiteri. 
Cioè, non è stato. 
È ora, che esso comincia a essere. 
Ora che quei cimiteri senza fiori 
hanno anch’essi la loro fioritura. 
Anche il mio amico Moravia ha paura, 
per un’ansia d’impopolarità forse, 
quando non vuol comprendere questo. E con lui, 
e molto peggio di lui (che arcanamente è teso 
in una imperterrita volontà di capire) tutti gli altri 
che in Italia 
hanno il nome e la funzione di «letterati». 
Tutti rinnegano quell’impegno con la taciuta, 
nevrotica volontà di adularvi: chi lo fa con contrizione, 
chi gonfiando il petto come una puttana. 
Io non voglio ritornare a quei colli, 
né come turista né come visitatore di tombe, sia chiaro. 
Anch’io, anch’io li ho dimenticati
E a ragione! Nella loro azione e nell’ideologia 
che la dettava, come una forma di sublime catechismo, 
ebbi la mia ribellione di giovane. 
Vi ho preso forse 
anche abitudini indelebili 
di moralismo e dignità. 
Ma non ci torno, in quei luoghi che ci sono ma sono invisibili. 
... 
A questo punto, non voglio commuovermi sulle mie ragioni, 
cioè sul fatto 
che non solo, l’«impegno», 
non è finito, ma che anzi, incomincia. 
Mai l’Italia fu più odiosa. 
Oltretutto con il tradimento degli intellettuali, 
con questo revisionismo del Partito Comunista, lupo 
che stavolta veramente è agnello, – il compagno 
Longo allo Spiegel aveva una faccia adulatrice di letterato 
che si finge disperatamente in pari coi tempi, 
respingendo così ogni violenza palingenetica del comunismo: 
sì, anche il comunista è un borghese. 
Questa è ormai la forma razziale dell’umanità. 
Forse, impegnarsi contro tutto questo 
non vuol dire scrivere, da impegnati, 
direi, ma vivere. 
Quanto alle mie opere future, ... 
vedrai ... un giovane arrivare un giorno 
in una bella casa 
dove un padre, una madre, un figlio e una figlia, 
vivono da ricchi, in uno stato che non critica se stesso, 
quasi fosse un tutto, la vita pura e semplice; 
c’è anche una serva (di paesi sottoproletari); viene, 
il giovane, bello come un americano, 
e subito, per prima, la serva si innamora di lui, 
e si tira su le sottane. Egli le dà la dolce 
pesante rabbia del suo membro. S’innamora, poi, 
di lui, il figlio; dormono i due, nella stessa camera 
del ragazzo, coi resti dell’infanzia; ed anche al figlio 
egli dona il suo membro di seta, più adulto e potente; 
e lo stesso dono, accondiscendente e generoso, 
perché egli è colui che dà, egli farà alla madre, 
adoratrice delle sue vesti, i calzoni, la maglietta, 
gli slip, lasciati in uno chalet 
in un caldo giorno d’estate, sul Tirreno; 
e ancora lo stesso dono egli farà al padre, divenendo 
padre del padre – poiché egli, con ambigua dolcezza materna, 
e, per nome, padre – 
al padre svegliato all’alba 
da un dolore che lo taglia a metà, 
alla pancia, e scopre, alzandosi per andare in bagno 
la bellezza muta delle quattro del mattino 
col sole già folgorante... e scoprirà il suo amore 
con la stessa meraviglia 
con cui ha scoperto quel sole: 
un amore come quello di Ilja Ilic per il suo servo 
contadino e ragazzo; ma cosciente, e drammatico 
perché egli il vecchio industriale con la faccia 
di Orson Welles, è un piccolo borghese, e drammatizza tutto. 
Lo stesso dono del membro, durante le ore 
della malattia del padre – e prima che al padre – 
egli farà alla figlia quattordicenne, innamorata 
di suo padre, e che lo scopre, il giovane tutto amore, 
attraverso gli occhi innamorati, appunto, del padre. Poi 
il giovane se ne va: 
la strada in fondo a cui scompare 
resta deserta per sempre. 
E ognuno, nell’attesa, nel ricordo, 
come apostolo di un Cristo non crocefisso ma perduto, 
ha la sua sorte. 
E un teorema: 
e ogni sorte è un corollario. 
Le sorti sono quelle che sai, 
quelle del mondo dove tu col tuo antipatico 
sorriso anticomunista, e io col mio infantile odio 
antiborghese, siamo fratelli: 
ne sappiamo tutto! 
Come prende una nevrosi d’ansia 
e come una piccola vittima femmina di quattordici anni, 
finisca nel letto di una clinica, coi pugni così stretti che nemmeno uno scalpello 
potrebbe scalzarli, come un ragazzo parli tra sé come un matto 
dipingendo e inventando nuove tecniche, 
fino a diventare 
un Giacometti, un Bacon, 
con lo spettacolo dei suoi spettri figurativi 
simboli della tragedia del mondo in un’anima malata 
maleodorante del livore meschino del male; come 
una donna di mezza età, bella ancora, e curata 
non sappia dimenticare il Cristo della Chiesa 
e insieme, una volta perduta, 
non sappia resistere al desiderio di perdersi, ancora, 
e così viva tra ragazzi facili e angoscie cristiane; 
e come infine un padre 
che aveva confuso la vita col possesso, 
una volta posseduto, 
perda la vita, la butti via: doni cioè il suo possesso 
– una fabbrica alla periferia della grande città – 
ai suoi operai; e si perda nel deserto, 
come gli Ebrei. 
Casi di coscienza, tutti questi. 
Ma la serva diventa, invece, una santa matta, 
va nel cortile della sua vecchia casa sottoproletaria, 
tace, prega, e fa miracoli, 
guarisce gente, 
mangia ortiche soltanto, finché i capelli le divengono verdi, 
e infine, per morire, 
si fa seppellire piangendo da una scavatrice, 
e le sue lacrime rampollando dal fango 
divengono una fonte miracolosa. 
Prima del Padre e della Madre, 
nel paradiso terrestre, c’era un Primo Padre, 
è nella sua intimità che, primamente, siamo vissuti. 
Ma poi, l’importante è stato l’amore della madre 
con cui ci siamo identificati 
perché non possiamo vivere 
se non identificandoci con qualcuno. Non possiamo, quindi, 
concepire amore che non abbia la dolcezza materna. 
Quel primo Padre ha così dolcezza di Madre. 
Ma in una famiglia borghese 
egli non è più in grado 
che di scatenare drammi morali. 
La religione, la religione del rapporto diretto con Dio 
è ancora nel mondo anteriore a quello borghese. 
Gli operai stanno a guardare. 
... 
Ti tacerò, amico, quello che, in stasimi e episodi, 
e cori al luogo delle dissolvenze 
scriverò sul silenzio di Pilade, 
che diverrà rivolta, 
e tradimento, 
contro l’amico della sensuale adolescenza, dal membro eretto, 
Oreste, il principe socialista, 
e il degenerare di alcune delle Furie purificate 
e segregate sui monti festosi nel cielo e nel cielo perduti: 
il ritorno di queste Furie regredite al vecchio stato 
nella città liberata, con loro, dalla monarchia; 
la regressione di Elettra, 
lei figlia, che amò il padre Re, e ora è fascista come 
si è fascisti nel cupo rimpianto di errate origini; 
la fuga di Pilade nei monti delle furie divenute Eumenidi, 
le dee dei partigiani 
e dell’amore improvviso che lega un partigiano a un altro partigiano; 
la preparazione della lotta, 
e il ritorno a capo di un esercito irregolare. 
– il misterioso esercito dei monti; 
l’alleanza tra Elettra fascista e Oreste liberale 
e fautore di riforme, 
nella città divenuta opulenta; 
l’intervento di Atena 
che protegge Elettra e Oreste figli della ragione 
e li unisce, mettendo a tacere l’ululato 
delle Furie antiche che vagano per la nuova città; 
l’incertezza di Pilade 
di fronte alla città arricchita 
che non ha più bisogno di lui; 
il suo incontro 
nella notte della vigilia che precede la battaglia 
col vecchio amico dell’adolescenza, 
rimasto giovane, 
bello come ai tempi dei loro primi amori 
quando le donne erano sconosciute; 
e il loro abbandonarsi a discorsi sull’amore e sull’anima 
che nulla hanno a che fare con la realtà presente, 
e che li accomuna; 
e, infine, la solitudine di Pilade, 
alla fine della notte, 
che, prima dell’alba, dovrà pur prendere una decisione. 
E poi, tu credi, 
che si possa fare un sogno, non ricordarlo, 
e avere da questo sogno, mutata la vita? 
Tu credi che un padre possa fare un sogno, in cui 
veda se stesso amare suo figlio, 
non so sotto che vesti, 
se del padre stesso ragazzo, o di un estraneo 
che è il padre del padre (ragazzo) 
o l’identificazione a sé della propria madre... Nessuno, 
neanche io, saprà mai quel sogno. 
Ma il padre ne avrà mutata tutta la vita. 
Ricordi Eracle 
che chiede al figlio di chiamare tutti i suoi compagni 
più forti, e di portarlo sulle spalle, 
in cima al monte vicino alla città, 
il monte della città 
quello ch’è meta di pellegrinaggi e di avventure di ragazzi 
come succede nei mondi preindustriali?
E giunti lì in cima, il figlio e gli altri ragazzi, 
avrebbero dovuto preparargli il rogo, 
e farlo morire? 
Entra in quel sogno, se sei padre. 
Tu, padre, che magari innocentemente, sei complice 
dei padri 
che vogliono liberarsi dei figli 
mandandoli a morire in guerre che si combattono 
nei luoghi dell’Alibi, l’estremo Oriente della storia. 
Qui, per una volta, 
il padre non vuole la morte del figlio, ma il suo amore. 
Diviene lui il figlio, e nel figlio, ragazzo, vede forse il padre, 
e lo ama, non vuole ucciderlo, ma esserne ucciso, 
non possederlo, ma esserne posseduto. 
Si, ma quel padre è un uomo borghese del nostro mondo, 
ha un’industria sotto i monti della Brianza (festosi nel cielo 
e nel cielo perduti): 
come potrà accettare le conseguenze di quel sogno, del resto, 
non ricordato? 

Le accetterà stravolgendole. Sapendo e non sapendo. 
Si farà cogliere dal figlio nudo sopra la madre. 
Cercherà dei pretesti per colpire il figlio, 
e, quindi, farsi colpire. 
Aggredirà il figlio 
per attirarlo su lui, 
per essere il centro della sua vita. 
Finché il figlio, il lieve figlio mozartiano, 
pacifista e obiettore di coscienza, se ne andrà 
dalla casa ricca, 
avendo ascoltato dal padre delirante una dichiarazione d’amore. 
Non lo odierà – ti dico – il ragazzo 
(uno di quei ragazzi nuovi, tanto migliori di noi), 
e, se avesse potuto farlo, 
avrebbe dato al padre mendicante tutto il suo oro, 
l’avrebbe posseduto come il ragazzo del popolo 
possiede, per pochi dollari, colui che non ha forza d’essere uomo 
e lo invoca dunque come un salvatore... 
Se ne va, per le vie del mondo, 
con una ragazza, 
nient’altro che una puttana, e un amico: 
né si saprà mai a chi vada il suo amore 
benché egli, certamente, profonda il suo oro 
sul grembo della ragazza. 
Viene il padre, spia, lo trova, corrompe la ragazza, 
sta a guardare dietro alla porta il loro amore, 
scopre quello che il figlio 
ha senza mistero, come ognuno ha, 
eppure è in lui orrendamente insopportabilmente misterioso. 
Non può il padre, vivere dopo aver visto quell’amore, 
entra e colpisce a morte il figlio, 
che esce piangendo e salutando la vita 
dalla stanza di uno dei mille coiti della sua vita. 
Muore. E su lui morto il padre si china ad abbottonare 
i calzoni aperti sul fulgore immacolato della canottiera. 
Il padre, dopo tanti anni, come nei romanzi d’appendice, 
conclude il lungo sogno della sua vita 
sognando sul terrapieno di una stazione 
come in un verso di Ginsberg. 
Ecco. 
Ecco, queste sono le opere che vorrei fare, 
che sono la mia vita futura – ma anche passata 
– e presente. 
Tu sai, tuttavia te l’ho detto, anziano amico, padre 
un po’ intimidito dal figlio, ospite 
alloglotta potente dalle umili origini, 
che nulla vale la vita. 
Perciò io vorrei soltanto vivere 
pur essendo poeta 
perché la vita si esprime anche solo con se stessa. 
Vorrei esprimermi con gli esempi. 
Gettare il mio corpo nella lotta. 
Ma se le azioni della vita sono espressive, 
anche l’espressione è azione. 
Non questa mia espressione di poeta rinunciatario, 
che dice solo cose, 
e usa la lingua come te, povero, diretto strumento; 
ma l’espressione staccata dalle cose, 
i segni fatti musica, 
la poesia cantata e oscura, 
che non esprime nulla se non se stessa, 
per una barbara e squisita idea ch’essa sia misterioso suono 
nei poveri segni orali di una lingua. 
Io ho abbandonato ai miei coetanei e anche ai più giovani 
tale barbara e squisita illusione: e ti parlo brutalmente. 
E, poiché non posso tornare indietro, 
a fingermi un ragazzo barbaro, 
che crede la sua lingua l’unica lingua del mondo, 
e nelle sue sillabe sente misteri di musica 
che solo i suoi connazionali, simili a lui per carattere 
e letteraria follia, possono sentire 
– in quanto poeta sarò poeta di cose. 
Le azioni della vita saranno solo comunicate, 
e saranno esse, la poesia, 
poiché, ti ripeto, non c’è altra poesia che l’azione reale 
(tu tremi solo quando la ritrovi 
nei versi, o nelle pagine in prosa, 
quando la loro evocazione è perfetta). 
Non farò questo con gioia. 
Avrò sempre il rimpianto di quella poesia 
che è azione essa stessa, nel suo distacco dalle cose, 
nella sua musica che non esprime nulla 
se non la propria arida e sublime passione per se stessa. 
Ebbene, ti confiderò, prima di lasciarti, 
che io vorrei essere scrittore di musica, 
vivere con degli strumenti 
dentro la torre di Viterbo che non riesco a comprare, 
nel paesaggio più bello del mondo, dove l’Ariosto 
sarebbe impazzito di gioia nel vedersi ricreato con tanta 
innocenza di querce, colli, acque e botri, 
e lì comporre musica
l’unica azione espressiva
forse, alta, e indefinibile come le azioni della realtà.

[1966-67] 


Pier Paolo Pasolini. Palabra de corsario - Madrid 2005

Madrid 2005: Exposición - Poemas: Indice - Pagine corsare: Sumario