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Apunte101
La Epochè: Historia de un padre y de sus dos hijas
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Appunto 101
L'Epochè: Storia di un padre e delle sue due figlie
Petrolio, Einaudi, Torino 1992
Romanzi e racconti, Tomo II, Meridiani Mondadori, Milano 1998
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Apunte101
La Epochè: Historia de un padre y de sus dos hijas
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Situemos nuestra historia –<reanudó> el narrador– aquí, en los alrededores de Roma. Efectivamente, nos ocuparemos de un nombre de la nobleza romana, la llamada aristocracia negra. En el momento en que empieza nuestra historia él contaba cuarenta años y tenía dos hijas de unos dieciocho-veinte años. Vivían juntos (la esposa había muerto tiempo atrás) en un castillo o en una casa palaciega, en el centro de un pueblo del Alto Lacio o de la Tuscia. El pueblo, en aquellos años (unos diez años atrás, aunque parecen muchos más) todavía se mantenía intacto. Se elevaba con sus casas de toba, de grandes paredes y pequeñas ventanas, enclavadas a lo largo de tétricas callejuelas que terminaban luego contra un murete sobre un despeñadero que daba a un valle radioso. No faltaban largos ensanches de las calles con palacetes de escalinatas exteriores en forma de v invertida, el viejo adoquinado, una minúscula iglesia románica que más antigua no se la habría podido imaginar, y, apartada, en el fondo, inacabada la <...> gris iglesia del siglo XVII. También el palacio en que habitaba nuestro protagonista –al que llamaremos, no sin una pizca de parodia, Agustín– era un palacio del siglo XVII. Estaba encajonado entre las casitas del pueblo, por un lado, y, por el otro, contra un verde collado de vides y  olivos, el cual, justamente junto al palacio, terminaba en una pared rocosa donde un escultor ‘bambocciante’ (1) había dado forma a una fuente con personajes míticos a manera de ‘trompe-l’oeil’, alguno de ellos pequeñísimo y algún otro enorme, todos ellos bufonescos. El poroso xxx de que estaban hechos, sin embargo, les confería una extraña autoridad. Un alambicado contrarreformismo provinciano se contaminaba de un espíritu popular en el que el mito era algo real. Bien. Agustín pasaba sus días dentro aquellas habitaciones enormes y bien cuidadas (pese a su falso desorden y vacío de la decadencia). Era un intelectual. Leía, estudiaba, recibía a algunos amigos.
    Se había impuesto esa especie de exilio inmediatamente después de la guerra. Efectivamente, había sido fascista. Pero hay que aclarar en seguida que su fascismo no era en lo más mínimo objetivo, o, ¿cómo decirlo?, normal. Nada de eso, era totalmente aberrante. Se basaba en el equívoco de que éste | el fascismo | fuese una gran Derecha. Tan sólo cuando cayó (y esto coincidió con la mayoría de edad de nuestro héroe) reveló ser, ante una mirada retrospectiva por fin histórica y culta, una simple y siniestra bufonada. Pero Agustín era rico y podía permitirse vivir ‘a la manera de’, precisamente como un exiliado, pagando provocadoramente y con extremada sutileza su propio error. También el mundo del que se mantenía alejado, por otra parte, en sustancia no era más que error. Una democracia fingida ni más ni menos bufonesca que el fascismo. La verdadera gran Derecha estaba más que nunca sin realizar; es más, había declinado abiertamente. El Centro fingía tener objetivos progresistas incluso donde era más miserablemente reaccionario (mafia, gobierno en la sombra, complicidades clandestinas, luchas entre corrientes políticas). Pero, en fin, todo esto lo sabéis mejor que yo. Agustín amaba mucho a sus hijas, pero pasaba poco tiempo con ellas, hasta tal punto que ellas poco a poco habían terminado por convertirse en unas extrañas con las que él representaba –sin siquiera ocultarlo demasiado– la comedia del afecto familiar. Comían juntos, se reunían en el salón de la chimenea cuando había huéspedes, y su recíproco trato se acababa ahí. Un amigo llamado Tertuliano (este también es evidentemente un nombre inventado) fue quien advirtió a Agustín qué estaba ocurriendo. Estábamos a finales de los Años Cincuenta. No se trataba de hechos reales, sino de hechos interiores, y se referían a las dos muchachas. 
    Una de éstas, Laura, de hecho no estaba contenta con la vida que llevaba junto a su padre en Isola Borghese. <...> Sin que nadie se hubiese enterado, todo estaba, por lo tanto, en crisis. Era un asunto enorme: el terreno había cedido bajo los pies silenciosamente y ahora el abismo se había abierto, ya no había nada que hacer. Si se hubiera tratado de una vida, paciencia. Pero se trataba, como os he dicho, de una representación, y por añadidura casi solamente gestual. Agustín había organizado su vida como algunos poetas (pienso en Gottfried Benn) que se convencen de ser nazis y llevan a cabo el ‘gesto’ de escribir versos nazis (también en el caso de Benn, de todas maneras, el nazismo no era sino una refinada y lacónica conciencia decadente). Agustín no escribía poesía. Pero, como la mayor parte de los hombres, se expresaba con su propio cuerpo, con su comportamiento, vale decir, con la acción escénica de su vida. Lo dice San Agustín: “No os unáis con las palabras, sino uníos con la palabra hecha carne” (De spirito et littera) recordando, evidentemente, a San Pablo: “...dado que es evidente que sois una letra de Cristo, redactada por nosotros, que somos sus ministros, y escrita no con tinta, sino con el espíritu de Dios viviente: no sobre tablillas de piedra, sino sobre tablillas que son vuestros corazones de carne” (II Corintios, III, 3). 
    ¿Por qué la hija Laura no estaba contenta con la vida junto a su padre en el palacio-monasterio de Isola Borghese? Tal como informó Tertuliano, se trataba de una razón muy sencilla, casi diría natural. Laura era una muchacha que no contaba casi ni veinte años. Y por lo tanto, precisamente, era más que justo que la aburrida vida de aquel eremitorio del alto Lacio no le agradase. De hecho, soñaba con la vida de la Capital, con todo lo que implicaba. La vocación de su vida era una vocación irresistiblemente mundana, ése es el asunto. 
    Y ello ofendía a Adriana, la otra hermana, algo más joven, que en cambio se declaraba fiel al proyecto, digámoslo así, estilístico del padre, que les convertía la vida en una obra, aunque necesariamente ‘a la manera de...’. Más aún, ella iba aún más allá de los límites ‘estilísticos’ paternos, como veremos dentro de poco. 
    Agustín hizo frente al problema de Laura, que se presentaba, nunca mejor dicho, como un ‘golpe de teatro’. Por otra parte, no abrigaba la menor duda acerca de cómo habría tenido que comportarse. Había decidido –en los orígenes– ser un padre autoritario, y padre autoritario había de seguir siendo. Llamó a Laura  a su presencia, y, si bien con la clase propia de un hombre culto, le comunicó sus <...> decisiones represivas. Nada de Roma, nada de vida mundana, nada de ambiciones, nada de compromisos con la sociedad italiana. En el origen de la vocación mundana de Laura, evidentemente, había la misma ‘teatralidad’ de su padre (efectivamente, se parecían de una manera impresionante): había en ella, por lo tanto, los elementos ideológicos y psicológicos necesarios para aceptar la represión; y también para realizar ese acto heroico –que ha sido un gran valor durante todos los siglos y milenios de la historia humana– que consiste en la resignación y en la consiguiente interiorización de las esperanzas decepcionadas. 
    Pero no bien estuvo resuelto –o lo pareció– el problema de Laura, hete aquí que estalló el problema de Adriana. También en esta ocasión fue Tertuliano quien informó a Agustín, que tampoco en este caso se había percatado de nada. Adriana había sentido repentinamente en su ánimo, justamente durante esos días, una irresistible vocación religiosa. Y hasta había tomado para sus adentros la decisión de convertirse en monja de clausura. Estaba segura de que su padre no desaprobaría tal decisión; sin embargo, temía hablarle al respecto. Más aún, ante la mera idea de hablarle se veía asaltar por un inexplicable terror. 
    También en este asunto Agustín se mostró en seguida radical: nada de clausuras, nada de uniformes eclesiásticos, nada de compromisos con una Iglesia que no había sabido proponerse como cimiento de una gran Derecha (!), y, más aún, en los últimos años se había dado, aunque sólo fuera verbalmente, a necias elucubraciones progresistas (desarrollando en su seno, junto a los viejos cardenales ignorantes como boyeros, unos insoportables católicos de izquierdas no menos pietistas y untuosos). 
    Estuvo a punto de llamar a Adriana y soltarle el mismo discursito represivo que a Laura. Pero, de golpe, cayó sobre él una revolucionaria revelación que lo iluminó. Era el mes de junio: un día estupendo –no desprovisto de nubes cargadas de una lluvia tardía– en que repentinamente había estallado el verano. Si ya caía alguna gota de la ardiente extensión gris del cielo, parecía una gota de sudor. Pero con frecuencia el viento cálido abría grandes desgarrones en el cielo sereno y los oblicuos rayos del sol (era ya bien entrada la tarde) daban a las profundas hondonadas, a las aldeas rústicas, a los encinares, un esplendor ante el cual el presente, siempre tan mísero, parecía indigno. Agustín salió de casa y fue a dar un garbeo detrás del pueblo, donde el silencio era más profundo y nada había cambiado desde la <...> Edad Media. Una dulzura silvestre, a la manera de Ariosto, aleteaba sobre los barrancos profundos, sobre los semicírculos de prados segados contra el verde más sombrío de los bosques mediterráneos. Contrariamente a todos los miembros de la aristocracia romana, Agustín no era ignorante. Todo lo opuesto: era muy culto. Cosa ésta que constituye un caso anómalo, tan anómalo que probablemente hace que sea arbitrario este mi relato. El hecho es que Agustín no sólo poseía una buena cultura clásica, sino también un discreto conocimiento de los textos contemporáneos. Además, aunque sólo fuera en calidad de aficionado, se había especializado en historia de la Iglesia y en historia de las religiones. Hubiera podido profundizar en las características de la vocación monástica de su hija, reconocer a qué tipo de santidad aspirase (también Adriana se le parecía como una gota de agua a otra: por lo tanto, era inevitable que, en caso de tener una vocación religiosa, su finalidad no pudiera menos que ser extrema, vale decir, precisamente, la santidad). 
    Decidió hablar con ella todo el tiempo que fuera necesario. Cosa que hizo el día siguiente y los sucesivos. 
    Al interrogar a Adriana se interrogaba también a sí mismo, dado que la revelación que había caído sobre él, en un resplandor <...> (para disolverse en seguida), lo había vuelto tan nuevo y “problemático” ante sus propios ojos. 
    Las conclusiones a que llegó interrogando a Adriana fueron de alguna manera positivas. El misticismo de su hija era de calidad espiritualmente elevada, vale decir científicamente estimable. El ‘clisé’ cristiano estaba xxx por buenos arquetipos. Adriana estaba atrapada por una regresión real, que solamente su cultura y esa misteriosa cristalización que distingue la esquizofrenia de los santos de la de los locos, impedía que se convirtiera en un síntoma preocupante. Ella revivía la ‘repetición’ fuera de la conciencia que de él tenía como lectora del mejor San Pablo místico (olvidando inocentemente la sospechosa sexofobia y el antifeminismo de éste). La elevada calidad del renunciamiento al mundo asumido por Adriana había de ser tomada en consideración. Pero volvía a poner sobre el tapete el caso de Laura. También había que profundizar en la vocación mundana de ésta. Cosa que Agustín llevó a cabo con diligencia. También para Laura fue positivo el examen; más aún, altamente positivo. Laura no deseaba en lo más mínimo entrar en el mundo por una tonta vanidad y superficialidad de chiquilla. La suya quería ser una intervención entre los hombres propiamente dicha: de su nivel social, ya se entiende, que, sin embargo, aquí ha de entenderse como nivel cultural. 
    ¿En qué consistía pues la revelación que, en ocasión de la crisis de sus dos hijas, había tenido Agustín sobre sí mismo? (...) ¿Por qué –se había preguntado Agustín– durante tantos años se había mantenido lejos del mundo, en un estado de voluntaria impotencia? Y la respuesta que se había dado, fulmínea, constituía precisamente la revelación que había descendido sobre él: “Me he mantenido alejado del mundo en un estado de voluntaria impotencia porque deseo el mundo y tengo sed de poder.” Esta pregunta y esta respuesta que Agustín había formulado acerca de sí mismo tenían su modelo en las preguntas y respuestas que se había visto obligado a plantear sobre los problemas de sus dos hijas. “¿Por qué Laura quiere imponerse al mundo? Probablemente, es más, seguramente porque lo teme y lo detesta.” “Y, ¿por qué quiere Adriana definitivamente renunciar al mundo? Porque seguramente lo ama y se siente tentada por él.” 
    La “sed de poder” que Agustín había vuelto a descubrir dentro de sí –yacente, como un material precioso en una mina abandonada– era por lo menos tan imponente como imponente había sido su sed de impotencia. Y en seguida se desencadenó en él –apenas reconstruida y admitida– con una violencia digna de sus antepasados. 
Su cálculo fue inmediato. Volver a entrar en el mundo y adueñarse de él, confirmando su propio poder. Pero, ¿cómo? (...) La ocasión se le presentó, y mejor que así era imposible de imaginar. Enviaría por delante sus dos hijas: dos mujeres extraordinariamente hermosas, extraordinariamente nobles y, por añadidura, dotadas de vocaciones e intereses culturales reales. En el momento en que obtuvieran el éxito que seguramente conseguirían, la una como mujer de mundo y la otra como santa, entonces aparecería él, el padre. Para remontar la corriente del tiempo perdido no tendría que dar personalmente ni un solo paso. Se encontraría ya de pie sobre el mejor de los pedestales o trampolines posibles. No tiene gran importancia puntualizar cuáles eran, luego, sus proyectos de poder concreto. La fundación de esa gran Derecha que él –caso probablemente único en una sociedad como la italiana– tenía en la cabeza, tan precisa y límpida. Y tal vez las inevitables relaciones con el neofascismo, que él seguía despreciando, pero que, en su estrategia, no podía despreciar. 
    Llamó a sus dos hijas y, una vez más, les impuso su voluntad paterna ‘represiva’.* Efectivamente, su decisión bien determinada e inamovible era que ellas tuvieran** que intercambiar sus papeles: Laura, la hija cautiva de una desesperada vocación mundana, tendría que vestir los hábitos y hacerse monja; en tanto que Adriana, la hija cautiva de una irresistible y sincera vocación religiosa, tendría que ir a establecerse en Roma para realizar allí el más ambicioso y xxx de los proyectos de éxito mundano. 
    Tanto Adriana como Laura aceptaron, bajando la cabeza ante la voluntad paterna. Por otra parte, para Adriana eso no era más que una regla de su sincera santidad; para Laura, en cambio, se trató de un cálculo que la hacía digna de su padre, dado que había adivinado sus intenciones. 
    Pasaron unos diez años (y hemos llegado así poco más o menos a nuestros días). Las previsiones de Agustín se realizaron exactamente. Laura, la mística, se convirtió en una poderosa mujer de mundo. La vida de la Roma culta y rica era inconcebible, a esas alturas, sin ella. La fatua Adriana, por su parte, se convirtió en una monja cuya piedad inmediatamente llamó la atención del mundo entero, y que creció tanto, con los años, como para pretender que esa mujer era una santa. Y, de hecho, hubiera sido imposible, <...> demostrar lo contrario. A la sombra de sus dos hijas, poco a poco Agustín había salido a la luz; y su autoridad, precisamente porque aun oculta y legendaria, empezaba a ser insustituible. 
    Llegó el día en que –reprimiendo su anhelante voluntad de exteriorizarse e imponerse– Agustín consideró oportuno abandonar su exilio de veinte años y volver a aparecer en el escenario del mundo. Todo estaba preparado. El asunto ciertamente no había de producirse sin las repercusiones y los resultados que Agustín se proponía, pero, al mismo tiempo, tenía que evitar rígidamente cualquier forma de retórica. 
 Pero es justamente en la mañana de aquel histórico día cuando nuestro cuento se acaba. O, mejor dicho, se recoge sobre sí mismo, en ese silencio interior de donde había empezado, incluso si ese silencio interior <...> es, a estas alturas, profundamente, impalpablemente distinto.»

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(1) A la manera de Pedro van Laer (1613-1675), pintor holandés apodado «Bamboccio» (fantoche), por las figuras de sus escenas rústicas. 
(N. del T.)
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Appunto 101
L'Epochè: Storia di un padre e delle sue due figlie
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Collochiamo la nostra storia – <riprese> il narratore – qui, nei dintorni di Roma. Infatti ci occuperemo di un uomo della nobiltà romana, cosiddetta nera. Al momento in cui la nostra storia comincia egli aveva quarant’anni e aveva due figlie di circa diciotto-venti anni. Abitavano insieme (la moglie era morta da molto) in un castello o in una casa gentilizia al centro di un paese dell’Alto Lazio o della Tuscia. Il paese, in quegli anni (una decina d’anni fa, anche se sembrano molto di più) era ancora intatto. Sorgeva con le sue case di tufo, dalle grandi pareti e dalle piccole finestre, disposte lungo tetri vicoletti che poi finivano contro un muretto a strapiombo su una radiosa vallata. Non mancavano lunghi slarghi con palazzotti dalle scalinate esterne a v rovesciata, il vecchio acciottolato, una minuta chiesetta romanica, che più antica non si potrebbe immaginare, in disparte, e in fondo, incompleta la <...> grigia chiesa seicentesca. Anche il palazzo dove abitava il nostro protagonista – che chiameremo, non senza una punta di parodia, Agostino – era un palazzo del Seicento. Era incastrato tra le casette del paese da una parte, e, dall’altra, contro un poggio verde di viti e ulivi, che, proprio sotto il palazzo, finiva con una parete rocciosa, in cui uno scultore ‘bambocciante’, aveva ricavato una fontana con dei personaggi mitici a ‘trompe-l’oeil’, qualcuno piccolissimo, qualcun altro enorme, e tutti buffoneschi. Il poroso xxx di cui erano fatti, però, dava loro una strana autorità. Un lambiccato controriformismo di provincia si contaminava con uno spirito popolare in cui il mito era qualcosa di reale. Bene. Agostino passava i suoi giorni dentro quelle stanze enormi e ben tenute (pur nel loro falso disordine e vuoto della decadenza). Era un intellettuale. Leggeva, studiava, riceveva degli amici. <...> 
    Egli si era costretto a quella specie di esilio subito dopo la guerra. Era stato infatti fascista. Bisogna però subito precisare che il suo fascismo non era affatto oggettivo e, come dire, normale. Anzi era del tutto aberrante. Si fondava sull’equivoco che esso | il fascismo | fosse una grande Destra. Soltanto quando fu caduto (e ciò coincise con la maggiore età del nostro eroe) si rivelò a uno sgua:do retrospettivo, finalmente storico e colto, una semplice [sinistra] buffonata. Ma Agostino era ricco, e poteva permettersi di vivere ‘di maniera’, appunto in esilio, pagando provocatoriamente e con [estrema] sottigliezza il proprio errore. Anche il mondo da cui egli si teneva lontano, del resto altro non era in sostanza che errore. Una finta democrazia né più né meno buffonesca che il fascismo. La vera grande Destra era più irrealizzata che mai; anzi, era scopertamente declinata. Il Centro fingeva mire progressiste, anche là dov’era più miserabilmente reazionario (mafia, sottogoverno, intrallazzi, lotte di correnti). Ma insomma tutte queste cose le sapete meglio di me. Agostino amava molto le figlie, ma ci stava poco insieme, tanto che esse un po’ alla volta avevano finito col divenire delle estranee con cui egli recitava – senza neanche troppo nasconderlo – la scena dell’affetto famigliare. Facevano i pasti insieme, quando arrivavano degli ospiti si radunavano insieme nel salone del camino, e la loro frequentazione reciproca era tutta li. Fu un amico di nome Tertulliano (anche questo è evidentemente un nome Inventato) ad avvertire Agostino di quanto stava succedendo. Eravamo verso la fine degli Anni Cinquanta. Non si trattava di fatti reali, ma di fatti interiori, e riguardavano le due ragazze. 
    Una di esse, Laura, non era infatti contenta della vita che conduceva con suo padre a Isola Borghese. <...> A insaputa di tutti, tutto era dunque messo in crisi. Era una cosa enorme: il terreno era franato sotto i piedi silenziosamente, e adesso il baratro si era aperto, e non c’era più niente da fare. Se si fosse trattato di una vita, pazienza. Ma si trattava, come vi ho detto, di una recita; e di una recita, oltre tutto, pressoché soltanto gestuale. Agostino aveva organizzato la propria vita come certi poeti (penso a Gottfried Benn) che si convincono di essere nazisti, e fanno il ‘gesto’ di scrivere versi nazisti (anche nel caso di Benn, comunque, il nazismo altra non era che una raffinata e laconica coscienza decadente). Agostino non scriveva poesie. Ma, come la maggior parte degli uomini, egli si esprimeva con il proprio corpo, con il proprio comportamento, ossia con l’azione scenica della propria vita. Lo dice Sant’Agostino: “Non unitevi con le parole, ma unitevi con la parola fatta carne” (De spiritu et littera), ricordandosi, evidentemente di San Paolo: “... poiché è evidente che siete una lettera di Cristo, redatta da noi suoi ministri e scritta non già con inchiostro, bensì con lo spirito di Dio vivo: non su tavole di pietra, ma su tavole che sono i vostri cuori di carne” (Il Corinti, III, 3). 
    Perché la figlia Laura non era contenta della vita col padre nel palazzo-monastero di Isola Borghese? Come Tertulliano informò si trattava di una ragione molto semplice, direi quasi naturale. Laura era una ragazza di neanche vent’anni. Ed era quindi, appunto, più che giusto che la noiosa vita in quel romitorio dell’alto Lazio non le piacesse. Essa sognava infatti la vita della Capitale, con tutto ciò che implicava. La vocazione della sua vita era una vocazione irresistibilmente mondana, ecco il punto. 
    Ciò offendeva Adriana, l’altra sorella un poco più giovane, che invece si dichiarava fedele al progetto, diciamo cosi, stilistico del padre, che faceva della loro vita un’opera, anche se necessariamente di maniera. Anzi, essa andava ancora più in là dei limiti ‘stilistici’ paterni, come vedremo fra poco. 
    Agostino affrontò il problema di Laura che si presentava, è il caso di dirlo, come un ‘colpo di scena’. Del resto non aveva il minimo dubbio su come avrebbe dovuto comportarsi. Aveva – alle origini – deciso di essere un padre autoritario, e padre autoritario doveva restare. Chiamò [a sé] Laura, e, sia pure con la classe di un uomo colto, le comunicò le sue <...> decisioni repressive. Niente Roma, niente vita mondana, niente ambizioni, niente compromessi con la società italiana. All’origine della vocazione mondana di Laura c’era evidentemente la stessa ‘teatralità’ del padre (i due infatti si assomigliavano in modo impressionante): si trovavano dunque in lei gli elementi psicologici e ideologici necessari ad accettare la repressione; e a compiere quell’atto eroico – che è stato un grande valore per tutti i secoli e i millenni della storia umana – consistente nella rassegnazione, e nella conseguente interiorizzazione delle proprie aspirazioni deluse. 
    Ma non appena fu – o parve – risolto il problema di Laura, ecco scoppiare il problema di Adriana. Anche stavolta fu Tertulliano a informare Agostino, il quale non si era neanche stavolta accorto di nulla. Adriana aveva sentito nel suo animo improvvisamente, proprio in quei giorni, una irresistibile vocazione religiosa. E aveva addirittura preso fra sé la decisione di farsi monaca di clausura. Era certa che il padre non l’avrebbe disapprovata; eppure temeva a parlargliene.
    Anzi, all’idea di parlargliene era presa da un inspiegabile terrore. 
    Anche su questo punto Agostino fu subito radicale; niente clausura, niente uniforme ecclesiastica, niente compromessi con una Chiesa che non aveva saputo porsi come fondamento di una grande Destra (!), e anzi, si era data, sia pure verbalmente, negli ultimi anni a melense farneticazioni progressiste (sviluppando nel suo seno, insieme ai vecchi cardinali ignoranti come vaccari, degli insopportabili cattolici di sinistra non meno pietistici e untuosi). 
    Fu sul punto di chiamare Adriana e farle il discorsetto repressivo che aveva fatto con Laura. Quando, di colpo, ebbe, su di sé, una rivoluzionaria rivelazione, che l’illuminò. Era giugno: una stupenda giornata – non priva di nuvole colme di ritardataria pioggia – in cui l’estate era scoppiata d’improvviso. Se qualche goccia cadeva giù dalla ardente distesa grigia del cielo, pareva una goccia di sudore. Ma spesso il vento caldo apriva grandi squarci di sereno, e i raggi del sole obliqui (era già il tardo pomeriggio) davano alle vallate profonde, ai borghi rustici, ai boschi di querce uno splendore di cui il presente, sempre cosi misero, sembrava indegno. Agostino usci di casa, e andò a fare una passeggiata dietro il paese, dove il silenzio era più profondo e niente era cambiato dal <...> Medioevo. Una dolcezza selvaggia, ariostesca, aleggiava sui borri profondi, sui semicerchi di prati falciati contro il verde più cupo dei boschi mediterranei. Agostino, al contrario di tutti i componenti della nobiltà romana, non era un uomo ignorante. Al contrario, egli era molto colto: cosa, questa, che costituisce un caso anomalo, tanto anomalo da rendere probabilmente arbitrario questo mio racconto. Fatto sta che Agostino non solo aveva una buona cultura classica, ma anche una discreta conoscenza dei testi contemporanei. Inoltre, pur da dilettante, si era specializzato in storia della Chiesa e in storia delle religioni. Egli avrebbe potuto approfondire i caratteri della vocazione monastica di sua figlia: riconoscere a quale tipo di santità essa aspirasse (anche Adriana assomigliava a lui come una goccia d’acqua: quindi era inevitabile che se essa avesse una vocazione religiosa, il suo fine non avrebbe potuto che essere estremo, cioè, appunto, la santità. 
    Decise di parlare per tutto il tempo che fosse necessario con lei. Cosa che fece il giorno dopo e i giorni seguenti. 
    Interrogando Adriana, interrogava anche se stesso, visto che la rivelazione su di sé che gli era balenata <...> (e subito dissolta) lo aveva reso ai suoi occhi cosi nuovo e ‘problematico’. 
    Le conclusioni a cui arrivò interrogando Adriana furono in certo modo positive. Il misticismo della figlia era di qualità spiritualmente alta, cioè scientificamente pregevole. Il ‘cliché’ cristiano era xxx da buoni archetipi. Adriana era preda di una regressione reale, che solo la sua cultura, e quella certa cristallizzazione misteriosa, che distingue la schizofrenia dei santi da quella dei matti, impediva che divenisse un sintomo preoccupante. Essa riviveva la ‘ripetizione’ al di fuori della coscienza che essa ne aveva come lettrice del miglior San Paolo mistico (dimentica innocentemente della sessuofobia sospetta e dell’antifemminismo di costui). L’alta qualità della rinuncia al mondo di Adriana, andava presa in considerazione. Ma rilanciava anche il caso di Laura. Doveva dunque essere approfondita anche la vocazione mondana di quest’ultima. Cosa che Agostino fece diligentemente. Anche per Laura l’esame fu positivo; anzi, altamente positivo. Laura non desiderava affatto entrare nel mondo per una sciocca vanità e superficialità di ragazzina. Il suo voleva essere un vero e proprio intervento tra gli uomini: del suo livello sociale, s’intende, che qui va però inteso come livello culturale. 
    In che cosa dunque consisteva la rivelazione, che, in occasione della crisi delle sue due figlie, Agostino aveva avuto su se stesso? <...> Perché – si era chiesto Agostino – per tanti anni egli si era tenuto lontano dal mondo, in uno stato di volontaria impotenza? E la risposta, fulminea, che si era dato, costituiva appunto la illuminazione che egli aveva avuto su di sé: “Io mi sono tenuto lontano dal mondo in uno stato di volontaria impotenza perché desidero il mondo e ho sete di potere”. Questa domanda e questa risposta che Agostino aveva dato su di sé, avevano il loro modello sulle domande e sulle risposte che egli era stato costretto a dare sui problemi delle due figlie. “Perché Laura vuole imporsi al mondo? Probabilmente, anzi, certamente perché lo teme e lo detesta”. “E perché Adriana vuole definitivamente rinunciare al mondo? Perché sicuramente lo ama e ne è tentata”. 
    La ‘sete di potere’ che Agostino aveva riscoperto in sé – giacente come del materiale prezioso in una miniera abbandonata – era tanto [imponente] almeno quanto era stata [imponente] la sua sete di impotenza. E si scatenò subito in lui – appena riconosciuta e ammessa – con una violenza degna dei suoi avi. 
    Il suo calcolo fu immediato. Rientrare nel mondo e impadronirsene, affermandovi il proprio  potere. Ma come? <...> L’occasione gli si era presentata: e migliore di così era impossibile immaginarla. Avrebbe mandato avanti le figlie: due donne straordinariamente belle, straordinariamente nobili, e per di più dotate di vocazioni e interessi culturali reali. Al momento in cui esse avessero conseguito il successo che certamente avrebbero conseguito, l’una come donna di mondo l’altra come santa, ecco che si sarebbe presentato lui, il padre. Non avrebbe dovuto fare, personalmente, un passo per risalire la corrente del tempo perduto. Si sarebbe trovato già in piedi sul migliore dei piedistalli o trampolini possibili. Non ha molta importanza precisare quali fossero poi i suoi progetti di potere concreto. La fondazione di quella grande Destra che egli – caso probabilmente unico in una società come quella italiana – aveva così precisa e limpida nella testa. E magari gli inevitabili legami col neofascismo, che egli continuava a disprezzare, ma, che, nella sua strategia, non poteva essere ignorato. 
    Chiamò le due figlie, e, ancora una volta, impose loro la sua volontà paterna ‘repressiva’. Infatti la sua decisione ben determinata e incrollabile era che esse dovessero scambiarsi i ruoli: Laura, la figlia <presa> da una disperata vocazione mondana, avrebbe dovuto prendere i veli e farsi monaca; mentre Adriana la figlia <presa> da una irresistibile e sincera vocazione religiosa, avrebbe dovuto andare a stabilirsi a Roma, a realizzarvi il più ambizioso e xxx dei disegni di successo mondano. 
    Sia Adriana che Laura accettarono, chinando la testa davanti alla volontà paterna. Del resto per Adriana questa non era che una regola della sua sincera santità; per Laura si trattò invece di un calcolo che la rendeva degna del padre, visto che aveva divinato le sue intenzioni. 
Passarono circa dieci anni (e siamo così giunti circa ai giorni nostri). Le previsioni di Agostino, si avverarono esattamente. Adriana, la mistica, divenne una potente donna di mondo. La vita della Roma ricca e colta era inconcepibile, ormai, al di fuori di lei. La fatua Laura, dal canto suo, divenne una monaca la cui pietà richiamò subito su di sé l’attenzione del mondo, che tanto crebbe, con gli anni, che finì col pretendere quella donna santa. Ed effettivamente sarebbe stato impossibile, <...> dimostrare il contrario. All’ombra delle due figlie, Agostino piano piano era venuto in luce; e la sua autorità, appunto perché ancora nascosta e leggendaria, cominciava a essere insostituibile. 
    Venne il giorno in cui – reprimendo la sua spasimante volontà di esternarsi e di imporsi – Agostino ritenne opportuno abbandonare il suo esilio ormai ventennale, e riapparire sulla scena del mondo. Tutto era pronto. La cosa non doveva certo avvenire senza le ripercussioni e i risultati che Agostino si riprometteva, ma, nel tempo stesso, doveva essere rigidamente evitata ogni forma di retorica. 
    Ma è proprio alla mattina di quello storico giorno che il nostro racconto cessa. O meglio, ripiega su se stesso, in quel silenzio interiore da cui era incominciato, anche se tale silenzio interiore <...> è ormai profondamente, imparlabilmente diverso.» 



Pier Paolo Pasolini. Palabra de corsario - Madrid 2005
 

Madrid 2005: Exposición - Narrativa: Indice - Pagine corsare: Sumario